martes, 5 de febrero de 2013

MATASANOS


CAPÍTULO 3

Jueves 13 marzo 2008

Despertó bruscamente.

Al momento sintió muchísimo frío y un ruido penetrante de movimiento a su alrededor. La luz intensa del lugar le cegaba y le impedía abrir los ojos para ver dónde se hallaba. Se sentía como si hubiera caído de golpe en el mundo, del calor protector del inconsciente a la gélida realidad. Poco a poco pudo empezar a abrir los ojos y tratando de acostumbrarlos se le saltaron un par de lágrimas. Fue entonces que intentó moverse para evitar la iluminación del fluorescente que tenía encima y se dio cuenta de que no podía girar el cuello.



Lo tenían inmovilizado en una camilla y con una especie de armazón en la cabeza que le impedía moverla a un lado y a otro. Recordó en ese momento lo que le había pasado; el potente ruido mientras el coche se acercaba a gran velocidad dando vueltas de campana, el miedo que se le subía a la cabeza como una ola de calor, el no saber hacia dónde moverse, el dolor en el pecho al ser embestido… Veía el accidente como si sólo hubiera durado un par de angustiosos segundos y sin embargo, ahora tendido en la camilla, recordaba haber pensado mientras volaba por los aires que iba a morir.

Algo en su instinto le obligó a cerciorarse de que podía mover los dedos de las manos y de los pies, primero los unos y luego los otros, comprobando satisfecho que así era, lo que supuso un pequeño alivio después de todo. No notaba ningún malestar demasiado intenso, salvo un latente dolor de cabeza que crecía cuando sin poder evitarlo miraba el fluorescente del techo. Pensó que quizás le habían administrado un calmante fuerte y por eso no notaba nada magullado. Pudiera tener una pierna o un brazo roto e igualmente no sentirlo. No dejaba de preguntarse si tendría algo grave que él no llegaba a comprender, de pensar en múltiples lesiones o problemas internos y ante la idea de no saber nada empezó a invadirle la ansiedad.

Pudo ver por el rabillo del ojo a hombres con batas blancas que pasaban a su lado corriendo por un amplio pasillo en el que él se encontraba. “Estoy en un hospital” se dijo. Pero la idea de poder ser atendido en cualquier momento por un doctor no mermaba su impaciencia y estaba cada vez más nervioso.

En su campo de visión apareció un tipo. Se podría decir que era todo lo contrario a una figura alentadora.

Pese a estar tumbado, Hans se dio cuenta de que aquel hombre era muy alto, enorme y corpulento. Tenía la cara surcada por algunas arrugas profundas y, aunque parecía algo mayor se diría que estaba en buena forma y no aparentaba tener mucho más de cuarenta años. La piel gruesa y perilla rojiza, el pelo largo pelirrojo recogido en una coleta, los ojos grises, crueles. El hombre le dedico una media sonrisa sombría.

—Tranquilo chico, estas en buenas manos. — le dijo en un perfecto castellano que Hans entendió.

Pese a sus palabras no parecía muy interesado en calmarle y desde luego no lo consiguió. Se quedó de pie a su lado mirándole fijamente a los ojos, sin que todo el barullo de la sala le inmutase. Estuvo alrededor de un minuto mirándole antes de que Hans callera en la cuenta de que aquello no era normal y empezara a alterarse. No entendía lo que quería aquel hombre, ni que hacía allí intimidándole de esa forma. Bastante tenía el chico con estar amarrado a una camilla que ahora un tipo siniestro no paraba de mirarle. Alguien gritó de repente y muchos médicos en tropel pasaron corriendo a su lado arrastrando una camilla como si les fuera la vida en ello. Pero el hombre no se movió. Hans cayó entonces en la cuenta de que llevaba uniforme de policía.

¿Qué clase de policía apabulla a un adolescente indefenso en una camilla? ¿Estaría loco? Pero no quería saberlo, únicamente deseaba que aquel individuo que le daba tan mala espina se largara. Justo cuando estaba a punto de preguntarle muy enfadado qué quería una voz sonó a sus espaldas.

—¡Ey, Ghul! ¿Qué tal? ¿Cómo va eso? — dijo de pronto una voz que sacó al policía de su extraño cometido.

—Te traigo el regalo de tu vida — y con una sonrisa señaló a Hans como el que señala una cabra que se ha perdido.

El otro hombre apareció en su campo de visión. Llevaba una bata de médico y era un hombre joven de unos treinta años, atractivo, de aspecto cuidado y mirada afilada. Cuando se acercó tenía una leve sonrisa en la comisura de los labios pero, a medida que observaba a Hans detenidamente, aquella sonrisa fue desapareciendo.

—No me jodas… — murmuró casi sin aliento — ¿De dónde lo has sacado?

—Ha habido un accidente en el centro hace un par de horas.

—Oh, sí, el accidente.

Aquel médico parecía consternado. Tenía la mirada perdida en el pecho de Hans y cuando hablaba esa casi como si le costase exhalar cada palabra que decía. ¿Qué habrían visto en él? ¿De qué iba todo aquello?

El policía sonreía. Perecía muy satisfecho de sí mismo, como si de verdad hubiera acertado con un regalo en la mañana de Navidad. Al ver la consternación de su compañero que apenas reaccionaba el policía carraspeó.

—Había un tío, — dijo rascándose la perilla— un poli. Uno de esos con sentido del deber, ya sabes… Dijo que había tomado los datos y que quería que lo llevaran al hospital de La Paz para llevar el caso él mismo. Se me ha puesto un poco chulo, pero bueno. De todos modos le he dicho al de la ambulancia que lo trajera aquí.

—¿Y dices que el poli le ha tomado los datos? — Preguntó el otro sorprendido.

—Los ha cogido, — contestó encogiéndose de hombros— ¿y qué? Mañana ni se va a acordar y si se acuerda ya lo solucionaré. Tú por eso no te preocupes.

El médico volvió a mirar a Hans que no se perdía detalle de la conversación. Le parecía increíble que estuvieran hablando de todo aquello sin prestarle atención, como si fuera un mueble. Y lo peor es que, no estaba seguro del todo, pero tal y como hablaban aquellos hombres no parecía que fueran a tramar nada bueno.

El médico apretó un poco una clavija del aparato que sujetaba su cabeza y que le provocó un pequeño pellizco en una oreja bastante desagradable. Soltó un quejido.

—¡Qué buena suerte! — dijo el médico cabeceando —Y está casi sin desarrollar ¡es impresionante! — el otro rio mientras que a Hans se le pusieron los ojos como platos. Estuvo tentado de preguntar qué era tan impresionante pero el médico muy emocionado le cortó — Voy a hacerle una radiografía.

El policía extrañado se volvió a mirarle.

—¿Para qué?

—¡La voy a enmarcar! — se puso en la cabecera de la camilla y empujó—. Voy a pedir el quirófano seis por si quieres verlo.

—Si, ahora voy. — contestó el otro riéndose al ver a su amigo tan contento.

Hans perdió de vista al policía mientras uno tras otro los focos de luz del pasillo se sucedían sobre su cabeza. No entendía nada y estaba muerto de miedo. ¿Quirófano para él? ¿Por qué? ¿Qué es lo que se suponía que debía ver ese tal Ghul que era policía y allí no pintaba nada?

A Hans todo esto le parecía surrealista, como una pesadilla totalmente real que no tenía ni pies ni cabeza. Pensó si tal vez aquello no sería el producto de alguna conmoción cerebral.

—Oiga — apenas podía mover la mandíbula ni articular las palabras — ¿a dónde me lleva?

—No deberías hablar.

—Me duele un poco la cabeza. ¿No me podría dar un calmante o algo?

—No. —dijo con una sonrisa ácida.

Su respuesta fue tan cortante, tan frívola y seria a un tiempo que a Hans le entraron escalofríos. No sabía muy bien por qué pero aquel médico no era buena persona. Empezó a temblar de forma involuntaria, incluso le castañeaban los dientes aunque no sentía nada de frío. No quería estar allí, no quería mirar a aquel hombre pero como tenía fija la cabeza mientras le empujaba no podía mirar otra cosa más que su cara y aquellos malditos fluorescentes. El tipo sonreía de satisfacción y Hans se revolvía por dentro queriendo estar lo más lejos posible de él.

Llegaron a una sala y le encargó quedamente a una enfermera unas radiografías de tórax.

—Mientras yo iré a pedir el quirófano.

—¿Quirófano para qué? —estalló Hans alarmado— ¿Qué me van a hacer? ¿Qué tengo?

—Tranquilo —le dijo suave la enfermera. — Podrías hacerte daño. Deja que te hagamos esas radiografías y veremos qué te pasa ¿de acuerdo? Estate muy quieto ¿vale?

—Pero, pero…

No pudo evitarlo y se le saltaron un par de lágrimas de angustia. Aún así el doctor había desaparecido y eso a Hans le relajó un poco. Le resultó chocante la tranquilidad que sentía al lado de la enfermera en comparación con los nervios que el policía y el médico le habían generado. De algún modo las diferencias en la calidez del trato le parecían abismales. La siguiente media hora la pasó con aquella mujer, ya madura que le recordaba un poco a su madre, tan amable y comprensiva.

Sus padres. Debían avisar a sus padres.

—Dios mío — murmuró muy bajito la mujer cuando volvió con las radiografías en la mano.

Miraba a Hans y miraba a las radiografías intermitentemente. Él pudo adivinar en su mirada y en su tono de voz que algo no debía ir muy bien.

—¿Qué? ¿Qué me pasa? — preguntó ansioso — ¿Qué tengo? ¿Es muy malo?

En ese momento apareció otra vez el médico de antes. Ahora Hans pudo verlo bien sin tenerlo necesariamente tan cerca como cuando llevaba la camilla. Tenía el pelo castaño y ojos oscuros, su mirada era tan fría que a los ojos de Hans lo hacía odioso.

El hombre tomó las radiografías de la mano de la enfermera y soltó un silbido.

—¡Preciosas! ¡Han quedado preciosas! — dijo risueño.

—¡Doctor! — se escandalizó la enfermera señalando al paciente.

—¿Qué tengo? — insistió Hans.

—Ahora te lo enseño.

La enfermera se quedó plantada mientras veía como se llevaban a aquel pobre chico sin saber muy bien qué era lo que le había asombrado mas de este capítulo; si la actitud frívola del médico o las radiografías que había tomado. Hablaría bastantes días de aquello antes de que se le olvidara.

—Por favor. — lloró Hans mientras atravesaban pasillos y salas — Por favor, — repitió— me puede explicar…

—Oye, cállate y deja de hacer preguntas.

—Pero… — no esperaba recibir un trato semejante por parte de nadie y menos aún de un médico.

Las lágrimas resbalaban por su cara enrojecida, comprimida por aquella armadura, se acumulaban en el interior de sus orejas y en las cuencas de los ojos incomodándolo y dándole una sensación aún más claustrofóbica.

Entraron en una sala de quirófano donde Hans pudo distinguir a tres personas más, entre ellas el policía de la entrada que ahora se había cambiado de ropa y vestía con bata blanca. También había otro hombre joven y una mujer muy delgada. Todos ellos le ponían los pelos de punta y ninguno tenía el aspecto del típico médico. O bien parecían muy jóvenes o bien su aspecto era demasiado informal cómo para dar confianza.

Sencillamente parecían no encajar allí.

El médico que había llevado la camilla se dirigió entonces a una pantalla de luz para mirar radiografías y colocó en un gesto brusco las dos placas que le habían tomado. Mientras tanto, la delgada enfermera se acercó a él y sin mediar palabra empezó a quitarle las sujeciones que mantenían rígido su cuello. Notó que aquella mujer tenía lo dedos fríos y rígidos. Eran tan huesudos que cada vez que le tocaba para incorporarlo un poco se le clavaban en la carne.

Los tres hombres reunidos murmuraban en pequeño comité al fondo de la habitación y Hans pudo oír claramente como uno de ellos decía: “lo hemos pillado en el mejor momento”. Sobresaltado y ya libre de ataduras intentó incorporarse, pero a mitad de camino las garras heladas de la mujer lo volvieron a tumbar con brusquedad.

—Ahora levántate despacio si no quieres hacerte daño — le ordenó con sequedad— Y después quítate la ropa.

—¿Qué? ¿Por qué?

La mujer en principio no contestó. Se limito a mirarle fríamente con sus bonitos y aterradores ojos verdes. En otras circunstancias Hans la habría considerado guapa pero en ese momento le daba mucho miedo.

—¿Pero que me van a hacer? — lloró— ¿Quieren operarme?

—Estas en un quirófano — le sonrió fríamente la chica sin efecto alentador—. Es obvio que te van a operar. Por favor, quítate la ropa.
Hans, obedeciendo a un impulso irracional, hizo caso quedándose desnudo en mitad de la sala mientras los demás empezaban a moverse por allí muy atareados.

Estaba siendo la peor experiencia de su vida.

Al cabo de unos minutos de estar allí de pie, sin nada de ropa y sintiéndose terriblemente indefenso, la mujer le ofreció una especie de camisón que se ataba al cuello y en la parte baja de la espalda, dejando esta al descubierto y con el trasero al aire.

Hans no se sintió mucho mejor que cuando no llevaba nada. La enfermera recogió su ropa y sus cosas que se habían caído de los bolsillos y las metió en una bolsa de basura. Fue entonces cuando se fijó en las placas colgadas en la pantalla.

Él no había visto muchas radiografías y aquella era la primera que le hacían de su caja torácica. Aún así, aunque él no sabía interpretarlas, si que podía entender el dibujo de una anomalía cuando era demasiado evidente. Y en aquella placa y dentro de lo que él entendía como normal en una radiografía de un tronco humano, había por llamarlas de algún modo dos extrañas formas alargadas, dos partes blancas con los bordes bien definidos que se reflejaban casi paralelas a lo largo de la columna, y ligeramente inclinadas una hacia la otra en su parte superior.

Y eran muy grandes, de aproximadamente veinticinco centímetros de largo por cinco de ancho.

—¿Tengo cáncer? — balbuceó.

De algún modo la contemplación de aquello le había hecho olvidar por un momento a la gente que le rodeaba. Pasó de tener un miedo casi irracional por esas personas a tener auténtico terror por la enfermedad que presentía crecer en su interior. Ese era un miedo lógico y a la vez más terrible que ningún otro, porque no lo podía parar, no podía huir de él por muy rápido que echara a correr. A los médicos podía mandarlos a la mierda, pero a su propio cuerpo no.

—Veras Hans. — dijo el primer doctor poniéndole una mano en el hombro — Esta es la movida: tienes dos tumores muy jodidos que debemos quitarte cuanto antes. Es como un parásito; te está invadiendo poco a poco y debemos deshacernos de él antes de que el problema ya no tenga arreglo ¿lo entiendes verdad?

Al chico aquel lenguaje no le parecía muy profesional, pero se consoló pensando que quizás aquel tío era como la mayoría de los adultos que tratan de ganarse a los adolescentes usando jerga de la calle. Aunque eso era lo de menos.

—¿Me curaré? — preguntó asustado — ¿Si me los quita me curaré?

El médico le miró sin ninguna expresión en el rostro.

—Lo más probable es que no sirva de nada lo que yo haga ¡Ojalá! — anheló sin entusiasmo — pero para eso te pondremos después en tratamiento. Un tratamiento muy especial...

—¿Y en qué consiste eso? ¿De qué se trata?

—Ya te lo explicaremos más adelante… con el tiempo. Ahora túmbate. — lo apremió.

—¿Qué? ¿Ya me van a operar? ¿Aquí y ahora?

—¿Tú qué crees?

—¿Pero y mis padres? ¿Han llamado a mis padres? ¡Ellos no saben lo que me van a hacer! — lo encaró casi histérico.

—A tus padres ya les han llamado. — contestó resoplando con impaciencia— Pero esto es una operación de urgencia y no podemos esperarles. — parecía que lo iba a dejar ahí pero añadió — ¿O es que acaso quieres morirte antes de que lleguen?

Hans no supo qué contestar. Las palabras tan duras de aquel hombre, la actitud de todas esas personas… Se volvió a los otros médicos que andaban ocupados colocando material, moviéndose de un lado para otro de la sala mientras preparaban cosas para la operación. El policía que había conocido en la entrada estaba al fondo de la habitación de brazos cruzados y mirándole fijamente.

La experiencia le decía a Hans que se podía confiar en los médicos, pero el sentido común dictaba que aquellos tipos eran como una manada de lobos hambrientos.

Y como todo ser humano sometido al miedo, Hans no hizo caso del sentido común.

—No, claro que no. No quiero morir.

—Buen chico, ahora túmbate.

Se dio cuenta de que la camilla que estaban preparando tenía una abertura a la altura de la cabeza así que se sintió confuso sobre cómo ponerse.

—Túmbate boca arriba. — le invitó la enfermera.

Acto seguido le inyectó bruscamente una aguja en la vena del brazo. Después acopló un tubo y lo conectó a una bolsa de suero. La falta de delicadeza brillaba por su ausencia.

—Tranquilo — dijo el médico— te presento a mi amigo el doctor Eduard Crow, él será tu anestesista.

El tal Eduard Crow debía rondar la edad del primer médico pero tenía un aspecto bien distinto. Este era corpulento, con mucho músculo, el pelo rapado y su cara, aunque ligeramente aniñada por sus labios gruesos y los ojos claros, parecía también más embrutecida, algo así como la de un luchador de boxeo con muy mala leche.

—¿Cómo estás? — saludó Crow con sarcasmo a través de una mascarilla.

—Y ella es Mia la enfermera y mi colega, — señaló al policía — el… doctor Marcus Ghul. Yo soy Giovanni Buer. — añadió con falsa amabilidad— Ahora que sabes cómo nos llamamos podrás darnos las gracias cuando despiertes ¿eh?

Aquella presentación le pareció a Hans un poco extraña ¿lo haría acaso para tranquilizarle? Pero el tono seguía siendo el mismo que al principio, cortante y frívolo. De igual forma el chico no tenía más remedio que confiar en esa gente, dejarse llevar y esperar que todo saliera bien.
De repente tenía a todos alrededor mirándole fijamente, igual que ese tal Ghul cuando se acercó a él mientras estaba atado a la camilla en el pasillo.
—Bien —dijo el doctor Crow poniéndole una mascarilla en la cara. — ahora respira hondo… muy bien, sigue respirando hondo. — el hombre se acercó con una jeringuilla y le inyectó el liquido en la vía que tenía acoplada en el brazo. — ahora ve contando hacia atrás desde diez.

Hans empezó:

—Diez, nueve, ocho… siete… se… is…


* * * * * * * * * * *


Estaba en la parte de atrás de un coche. Veía a su madre sentada en el asiento del copiloto mientras estaba discutiendo con su padre. No les entendía y no sabía por qué si él podía comprender todos los idiomas. Él era muy pequeño e iba sentadito en su silla de bebé. Llegó a la conclusión de que si su padre seguía vivo era porque él debía tener como mucho tres o cuatro años. En un momento dado llegaron a la casa de campo de sus abuelos, su padre aparcaba y Hans abría la puerta y salía por su propio pie. Entonces sus padres le decían adiós con la mano y se marchaban otra vez con el coche. De pronto ya era mayor, volvía a tener su edad actual cuando entraba por la puerta de la casa. En ella estaba Stella, la chica que le gustaba, que le reprochaba no haberse emborrachado con ella la noche anterior.

—Es que no pude, ¡ahora sé hablar japonés!

Entonces Stella se encogía de hombros y empezaba a besarle. Era un beso dulce y Stella le atraía hacia sí, arrastrándolo hacia el sofá en la sala de estar. Hans se tumbaba sobre ella y mientras seguía besándola sentía como si estuviera en mala postura y se estaba haciendo daño.

—Normal, — le decía ella— es que este sofá es muy incomodo para estar boca abajo.

—¿Tú crees?

—Seguro. Además tienes algo metido en la garganta.

Aquella afirmación le parecía absurda y a la vez muy cierta. Trató de tragar pero algo le causaba quemazón en el interior de la garganta. Poco a poco la voz de Stella se perdía en un eco mientras ella le pedía que se quedase a su lado. Oyó la voz de la enfermera.

—Menos mal, esto empezaba a darme nauseas.

—Crow, —y Hans reconoció la dura voz de Ghul— te juro que como te vuelvas a pasar con las benzodiacepinas te abro en canal.

Pudo oír como el tal Crow se reía. También se dio cuenta de que podía oler el aséptico quirófano y que tal y como le había dicho Stella tenía un tubo en la boca. No podía moverse ni veía nada y estaba tumbado boca abajo.

—Pásame esas pinzas Mia. —y oyó como la enfermera cogía las pinzas — Sujeta aquí, justo aquí en el pliegue.

—Ya tiene la parte de atrás de las costillas hundidas. ¿Cuánto le quedaría? — dijo la chica.

—Mmmm… por las radiografías yo creo que una semana — dijo Crow.

—Algo menos, — convino Buer — quizá cinco días.

—¿Tan poco? — preguntó Ghul.

—Sí, probablemente. Mia, pásame el escalpelo a ver si… — se oyó una especie de succión y Hans notó como si tiraran de sus costillas desde dentro. — ¡Dios, quiero quitar esta mierda ya! Gracias. — dijo cuando le pasaron lo que había pedido.

¿Cinco días para qué? ¿Para morirse? El olor a sangre y desinfectante, la sensación de mareo… notaba la presión de una serie de cojines o algo parecido que debían haberle puesto alrededor de la cara y por debajo del torso. No sentía dolor aunque sí una ligera molestia allá donde lo estaban operando. Intentó hablar para preguntar si aquello era normal pero no podía.

—El cabrón es preguntón hasta cuando no puede hablar. — gruñó la enfermera.

—Ya le conoces… Tú déjale, y no le animes. — contestó el cirujano y luego añadió con tono feliz— ¡aquí lo tenemos!

—Qué asco. — dijo la mujer.

—Toma Mia, tíralo por ahí. —Hubo un silencio que pareció provocado por las dudas de su ayudante para hacer lo que le ordenaban — Eres enfermera, ¿lo sabes, no?

—Sí… lo que tu digas. — contestó con desgana.

Se oyó como Crow y Ghul se reían.

—Callaos idiotas. – los reprendió ella riéndose también. — ¡Qué asco!

Hans se preguntaba si lo que tenía en la espalda era tan espeluznante como para que una enfermera sintiera tanta aversión.

—Pásame el hilo y la aguja.

Durante los siguientes diez minutos Hans empezó a desarrollar una especie de claustrofobia, como si se sintiera atrapado en sí mismo. Notaba cada puntada del médico, como penetraba en la carne y cuando salía el hilo al atravesarle, lo sentía caliente e incluso empezó a notar un escozor, primero en la piel y luego más profundo, que comenzaba a doler. Probablemente estuvieran terminando así que se serenó y aguantó las costuras que parecían recorrer la espalda de arriba a abajo.

—Bien, listo. — Y se oyó como cortaba el hilo con las tijeras — ahora vamos con el otro lado.

“¡El otro lado! ¿Qué otro lado?”

La sensibilidad estaba volviendo y ya empezaba a sentir el dolor de la operación que acababan de hacerle. Era una pesadilla, aquello era demasiado horrible para ser real. Empezó a ponerse nervioso e intentó moverse y hablar pero no podía.

“Aguantaré un poco más, ni siquiera me duele. Tranquilo”

Hans no podía ver lo que pasaba detrás de él pero visto desde fuera todo tenía un aire irreal. Era una sala de quirófano y en él cuatro médicos sonrientes miraban impasibles, estáticos, el cuerpo medio mutilado del chico, con una herida aún sangrante en la espalda. Tenían los ojos extraños, negros insondables con un pequeño pero intenso brillo de codicia. Estaban como hipnotizados, muy quietos, como cuervos que esperan en rededor de un cadáver.

Buer estaba con el bisturí en la mano, pero dejó de contemplar al chico tendido en la camilla y miró la herramienta como si la acabase de ver por primera vez, como un niño pequeño que ha descubierto un juguete nuevo. Alargó el brazo y clavó un poco la hoja en la marca que indicaba donde debía empezar la nueva incisión.

El pequeño corte empezó a sangrar en seguida.

Retiró el bisturí y despacio, muy despacio, se inclinó para susurrarle a Hans al oído.

—Duele mucho ¿verdad?

En el silencio del quirófano todos contenían el aliento con expectación mientras poco a poco, como quien ejecuta con mimo un ritual sagrado, Buer  iba seccionando la espalda del muchacho, de arriba abajo, mutilando la piel y la carne.

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