sábado, 2 de febrero de 2013

¿TRADUCTORES PARA QUÉ?


CAPÍTULO 2

La humedad y el frio invadían la calle, se colaban a través del abrigo del desdichado transeúnte y se metían por la nariz y de ahí, implacables, llegaban hasta los huesos. A las seis de la mañana el ser humano desespera, llueva o haga sol, cualquiera que sea el orden climatológico nos volvemos huraños y esquivos, las personas actuamos como zombis, quizá unos más alegres si nos vamos a casa a dormir, otros taciturnos que vamos a trabajar, pero en el fondo todos a esa hora somos el mismo melancólico vulgo. Esta podría ser la situación de cualquier peatón madrugador en una calle cualquiera.



Hans caminaba con desgana, con los pies pesados en dirección al hotel donde se alojaban para intentar dormir un poco. Había pasado gran parte de la noche sentado en un banco, muerto de frío, con la cabeza totalmente abotagada por el alcohol y pensamientos funestos, dejando que el tiempo pasara sin prestarle atención. Ahora, con las manos en los bolsillos, recapitulaba sobre todo lo ocurrido mientras dejaba atrás la céntrica Puerta del Sol madrileña y ascendía por una de sus calles laterales llena de tiendas cerradas y los transportistas malhumorados que las abastecían. Recordaba como en una ensoñación lo fascinado que se había sentido el primer día cuando llegó a Madrid, la belleza de sus fachadas, la animosidad de sus gentes, el sol maravilloso que aún haciendo frío iluminaba con gusto…

Ahora entornaba sus ojos castaños, dando la espalda al sol, con las ganas del que quiere llorar y no puede.

Habían pasado tres días desde que diese comienzo el esperado viaje de fin de curso. La idea de los responsables en el instituto de Ámsterdam era incentivar el intercambio cultural mandando a varios grupos, cada uno a un país distinto, para luego contrastar impresiones. Todo había sido por sorteo y de los dos equipos formados en su clase al de Hans le había tocado ir a España. Lo prefería a Grecia en cualquier caso, que como decía él “le daba mal rollo”.

Así pues llegaron desde Holanda un equipo de quince alumnos y dos profesores, los primeros, dispuestos a pasarlo bien, y los segundos a intentar impartir un poco de sabiduría popular a una algarabía de adolescentes locos por no hacer nada más que su santa voluntad.

- Pórtate bien, no hagas tonterías. – le había dicho su madre.

Hans no era un chico demasiado rebelde. Procuraba ser simpático y a veces incluso obediente. Sus profesores siempre le decían que era muy listo, que si quisiera no tendría porque conformarse con sacar una nota media en todas las asignaturas. Pero la primera idea que paseó por su mente cuando supo que se iba de viaje no fue precisamente la de estudiar historia de España o el arte barroco de Velázquez y Murillo. Su principal dilema era averiguar cómo meter el whisky de su madre en la maleta sin que ella se diese cuenta. La palabra “fiesta” rebotaba en su cabeza y en la de sus compañeros como una bola de billar, caramboleando arriba y abajo, pidiendo frenéticamente que le den otro empujón.

Pero ahí estaba él, tres días más tarde y preocupado por problemas realmente importantes, sin acordarse de fiestas, chicas, borracheras y minucias cuando, de repente, el mundo no parecía tener sentido y las cosas se habían puesto feas. Realmente feas.

Sus quebraderos de cabeza empezaron el día anterior en una excursión. Teniendo en cuenta el sprint maratoniano de la jornada cultural intensiva que les acechaba por delante, uno de sus profesores tuvo una genial idea: acelerar las visitas mediante un autobús turístico. De ese modo recorrerían los principales puntos monumentales de Madrid en algo menos de tres horas. Visitarían la ciudad más rápido y ampliarían el tiempo libre que aquella caterva de chavales llevaba pidiendo a gritos desde hacía dos días. Más o menos como cultura en lata y metida a presión en el cerebro.
El recorrido seguramente era interesante, y Hans no lo habría discutido aunque se hubiera enterado de algo. Porque seamos honestos, ¿quién presta verdadera atención a algo en una excursión que no sea al mero hecho de no estar en clase? Desde luego Frank, Bert y él tenían en mente una misión más interesante y arriesgada desde el mismo momento en que se sentaron en el autobús.

La hazaña consistía en intentar colar bolitas de papel del panfleto turístico entre las grandes tetazas de Henrietta “Dos Barbillas” que ese día se había puesto un escote sobradamente desproporcionado. Todo iba bien, la broma no parecía ir más allá de tirarles papelitos a las chicas para llamar su atención, cosa que ellas recibían entre risitas y cuchicheos. Todo empeoró cuando uno de los proyectiles hizo diana en el escote y los chicos estallaron a reír mientras Henrietta lo buscaba sin resultado entre pliegues de licra y carne. La muchacha iracunda se levanto y zurró a Bert sin miramientos, que era el que tenía más a mano. Montaron tanto alboroto que el profesor los castigó mandando a cada uno a una punta del autobús. A Hans le tocó la peor parte. Tuvo que sentarse delante de su tutora y al lado de una japonesa saca-fotos que no paraba de sonreírle.

La excursión podía haber sido un desastre y hasta educativa de no ser por un detalle.

Acoplados a la espalda del asiento de delante del suyo Hans tenía unos auriculares en los que se podía escuchar una guía de la visita en ocho idiomas distintos. Resignado a tener que aprender algo sobre la ciudad, Hans se puso los cascos con la intención de escuchar la guía en ingles. No estaba prestando mucha atención mientras oía como una azafata con sinusitis hablaba sobre los Borbones y el Palacio Real, pero le pareció interesante algo que dijo sobre una antigua ejecución y trato de subir el volumen. Fue en ese momento, al manipular el pequeño ordenador, cuando se dio cuenta de que estaba escuchándolo en italiano.

Le dio un vuelco el corazón. ¿Era posible que en la pantalla pusiera italiano y lo estuviera oyendo en inglés? No. No era eso. “Sabía” perfectamente que lo que oía era italiano.

Contra toda ley de probabilidad aceptable en la que se dijese que un idioma que no se ha estudiado no se puede comprender, Hans entendía el italiano, incluso estaba seguro de poder hablarlo. Angustiado y excitado al mismo tiempo toco el botón y cambió al japonés, y “claro” se dijo, “lógico, como no”, lo entendía también. Miró a la chica japonesa que tenía al lado y le entraron ganas de charlar con ella para probar si realmente podía defenderse en la conversación pero se contuvo. Aquello llamaría la atención de sus compañeros y profesores y no habría sabido qué contestar. Pasó el resto del viaje cambiando del japonés al ruso, francés, español, portugués… todos los entendía como si fuese nativo. No sabía que pensar y estaba empezando a asustarse.

Pasó el resto de la tarde con aspecto apagado y taciturno. Sus amigos lo veían muy callado y él no sabía decirles el por qué. Cuando todo el grupo salió por la noche a divertirse ni siquiera se molestó en intentar ligar con Stella, la chica que le gustaba. Tenía la cabeza llena de ideas disparatadas y todas le llevaban a pensar en posesiones demoniacas o experimentos científicos de algún gobierno corrupto. A media noche cogió de la fiesta lo que quedaba de la botella de whisky y se marchó sin decir nada a nadie.

Desde entonces había estado deambulando por ahí, pensando, bebiendo.

Cuando el alcohol se acabó ya estaba borracho pero no lo suficiente como para olvidar los problemas. Incluso cuando intentaba fijar su mente en otra cosa encontraba algo que le devolvía a la extraña realidad; un cartel en un bar, una conversación ajena, un periódico abandonado en un banco… Todo le recordaba que en esta Torre de Babel él podía entender al mundo.

Había llegado a la Gran Vía, esa calle imitación a Broadway, siempre atestada de coches y de multitudes cosmopolitas. Se había parado delante de un cine abandonado con indecibles ganas de llorar. “¿Cómo se lo diré a mamá?” se repetía una y otra vez.

Entonces algo lo sacó de golpe de sus pensamientos.

Inesperadamente un coche se salió del asfalto y dando vueltas de campana se llevó a varios peatones por delante a unos veinte metros de él. El vehículo se aproximó tan rápido que Hans apenas pudo reaccionar y retroceder dos pasos antes de que lo alcanzara. El impulso lo empujó contra un cartel del cine y el chico quedó inconsciente en la acera.

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