viernes, 1 de febrero de 2013

UN SUEÑO TRASCENDENTAL


CAPÍTULO 1


Kaspar Malov había tenido un sueño inquietante. Y lo peor es que, desde el primer momento en que abrió los ojos, las imágenes del mismo se sucedían en su mente una y otra vez sin poder refrenarlo, como un tren al que se quiere parar con las manos. Suspendido en el letargo, miraba al techo de la habitación tal que si fuese una pantalla de cine y su mente el proyector incansable. Podía oír con total claridad el sonido amplificado de cada cosa del sueño, veía todos los detalles de los objetos, los colores, los números de serie, las imperfecciones, las frases escritas… No es que lo recordara todo con nitidez, es que lo sabía todo de esta escena como una antigua lección aprendida de memoria. Recordaba cada detalle de aquel sueño como si lo tuviera ante sus ojos.



Y en realidad no había nada en él que se saliera de lo mundano. Una sucesión de escenas cortas con imágenes y sonidos de cosas que cualquiera podía encontrarse cada día.

La primera imagen era la de un pomo; grande, redondo y lustroso, de latón, sin nada particular, en el que se centraba su atención. Al momento aparecía su propia mano en el ángulo de visión y agarraba el pomo temblorosamente para después girarlo. Tenía el ruido del picaporte al girar, como de muelle, grabado en su cabeza con todo detalle. Un sonido característico que le hacía recordar los viejos muelles de su cama en casa de sus padres. De repente, la escena cambia bruscamente y se encuentra en una plaza en un día nublado. Dicha plaza era pequeña, con las aceras mal cuidadas y una antigua fuente desvencijada en el centro. En frente del observador se alzaba un edificio de oficinas más alto que el resto de inmuebles y en él, un gran letrero en el que ponía IPSAT con llamativas letras rojas coronaba el tejado como un faro. En el sueño, justo cuando se acababa de dar cuenta de la presencia de aquel letrero, escucha los gritos de unos niños que salen de una escuela cercana. Ahora, como si el alboroto de los chiquillos lo hubiese desorientado, volvía a cambiar el escenario. Estaba en un despacho amplio y con cristaleras que cubrían toda una pared. Daba sensación de pulcritud, los suelos blancos al igual que las paredes y unos pocos muebles de madera oscura que no alcanzaban a llenar la sala. A la izquierda una mesa redonda con cuatro sillas oscuras y justo delante un escritorio exageradamente grande con papeles y cartas desperdigados sin orden aparente. Hay un calendario electrónico encima del escritorio que marca el 20 de octubre de 1984. Detrás del mismo un televisor encendido y en él puede verse un reportaje como de telediario, mucha gente que habla en un idioma extraño, pero que curiosamente puede entender, contesta a las preguntas del periodista, la mayoría son mujeres y parecen muy alteradas, al fondo puede verse un edificio en llamas rodeado de lo que podría ser un patio de recreo. Está seguro de que es un colegio.

A primera vista era un sueño muy simple pero tenía dos cosas que hacían que Kaspar no pudiera quitárselo de la cabeza. La primera era que cada detalle, por complicado que pareciera, podía recitarlo como si lo tuviera delante de sus ojos: las matriculas de los coches, los nombres en los babis de los niños, un teléfono apuntado en una libreta, incluso todas y cada una de las caras que aparecían en el vídeo del incendio podría reconocerlas si se volvía a cruzar con ellas. Todo, por nimio o difícil de recordar que pudiese parecer, podía recordarlo.

La segunda idea que lo hacía tan inquietante era que estaba absolutamente convencido de que aquellas cosas iban a pasar.

Casi medio año después Kaspar Malov había olvidado aquel sueño por completo. Lo olvidó todo.

La insistencia de su mujer para que sentara la cabeza y se ocupara de los problemas inminentes, como mejorar el trabajo de contable en la fabrica de un viejo amigo, crear un hogar, tener hijos… y las circunstancias en general, le apremiaron a seguir con su vida humilde y ya de por sí bastante complicada.

En Moscú todo era bastante complicado.

Pero los problemas no se alejaron con el olvido sino que empeoraron. A raíz de su visión no había logrado dormir más de dos horas por noche. Los remedios caseros basados en vodka y aspirinas lejos de añadirle horas al sueño sólo conseguían hacer de la vigilia una pesadilla plagada de mareos y difusas escapadas al bar.

Kaspar era un hombre joven que aún no había alcanzado la treintena. Los quilos que había engordado últimamente empezaban a notarse aunque él nunca hubiese sido muy atlético, y sus ojos azules, caídos por las comisuras, le daban un aire tristón que se había acentuado con el paso de los meses gracias a unas populosas ojeras hinchadas.

Un día hablaba con su amigo Dmitri y estaba tan borracho que no tuvo ningún reparo en contarle que hacía meses que no hacía el amor con su mujer debido al cansancio por el insomnio. Kaspar pese a su carácter reservado se echó a llorar. Había pasado meses semiinconsciente, deprimido, con accesos de mal humor y largas rachas de tristeza. Ahora tenía miedo  porque sospechaba que su esposa estaba pensando en dejarle. Su amigo Dmitri, que estaba casi tan borracho como él, no sabía en qué modo podía consolarlo.  Nunca nadie le había pedido consejo y por lo tanto en toda su vida no se había enterado de que una situación así podría resolverse al encontrar las palabras acertadas. Se limitó a darle unas palmaditas en la espalda lo que provocó en Kaspar unas fuertes arcadas.

No recordaba haber ido nunca al baño de aquel bar pero intuía que seguramente había estado allí al menos media docena de veces. Aquel día era consciente por primera vez del olor a letrina y la sensación de inmundicia que provocaba aún más sus reflejos vomitivos. Se lavó la cara pensando que el agua era lo único antiséptico que se podría encontrar en aquella habitación después de mirar con aprensión una mohosa pastilla de jabón. Cuando quiso salir del baño no pudo, la puerta estaba atascada porque el pomo no quería girar del todo. Después de tirar varias veces de la puerta como un energúmeno y de pegar un par de gritos y una sarta de blasfemias, se quedó mirando el picaporte como si fuera la primera vez que veía uno.

El pomo.

Incluso se puso a su altura para mirarlo bien. Es seguro que si alguien hubiera entrado en aquel momento lo más probable era que le rompieran la nariz.

Ahí estaba el maldito pomo de su sueño y ahí estaba él mirándolo como si fuera lo más aterrador que había visto en su vida.
Se incorporó de golpe e hizo lo que probablemente sería el acopio de valor más grande que llegaría a hacer jamás. Estiró la mano y giró el picaporte.

Los goznes y muelles del interior se le hicieron ensordecedores. Ni la música del bar ni el jaleo hacían tanto ruido en su mente como aquel tirador al girar, reproduciendo uno a uno los chasquidos que él tan bien se conocía. Lo rodó del todo, hasta el máximo y tiró de la puerta que se abrió ligera como si nada.

Cuando volvió a la mesa parecía mucho más viejo y nervioso de lo que Dmitri lo había visto nunca. Empezó un monólogo desordenado y confuso sobre un sueño y el pomo de una puerta que su amigo no acababa de entender. Al final la única pista que tenía Dmitri de lo que le pasaba a su amigo era que al parecer todo su insomnio se debía a un preocupante sueño premonitorio que había tenido hacía unos meses. Borracho como una cuba y convencido de que las palmaditas en la espalda no eran la mejor solución para el consuelo de su amigo solo le hizo una pregunta.

- ¿Has ido a ese sitio… como se llame, que aparece en tu sueño?

- ¿La plaza? No.

- ¡Aja! – dijo emocionado como si fuera la solución a un complicado rompecabezas.

Kaspar Malov se fue aquella noche a su casa con dos ideas bien claras. La primera era que no volvería a beber vodka en una temporada y la segunda, por supuesto, que buscaría la empresa IPSAT por la mañana.

A partir de entonces volvió a dormir como un bebe.

Era una nublada tarde del 12 de abril de 1983 cuando Kaspar llegó a una conocida plaza, frente a un conocido edificio al lado de un conocido colegio. Todo se sucedió con la misma sincronía que en el sueño, del mismo modo que cuando se encontró con el pomo de la puerta en aquel bar de mala muerte. Los niños no le conocían de nada y pasaban a su lado dispuestos a seguir con sus vidas, mientras que él miraba sus caritas sonrientes como el que ve a un viejo amigo. Paseaba por una acera casi solitaria, reconociendo coches y escaparates de tiendas, rostros, arbustos, la fuente, el edificio… Aquel edificio no tenía nada de particular, tan solo le había llamado la atención el letrero con el nombre de la empresa, la ese del centro más destacable que las demás letras, en grandes luminiscentes rojos colocados sobre el tejado. Se asomó a la puerta y miró con curiosidad hacia el interior, encontrándose con una joven empleada algo marchita detrás de un mostrador. No parecía un edificio alegre, ni podría decirse por su aspecto en qué trabajaban allí. Tampoco lo ponía en ningún sitio. Normalmente unas grandes oficinas tienen panfletos, carteles o letreritos donde pone una idea general de los negocios de la empresa. Kaspar no vio nada de eso, solo de cuando en cuando salía o entraba personal con aires ejecutivos.

Ya se iba a marchar cuando al darse la vuelta se encontró con un hombre que le observaba con interés. El tipo tenia buena planta, cercano a los cincuenta, traje cruzado y la mirada más escrutadora y descarada que Kaspar hubiese visto nunca. Tenía una cara afilada y con mandíbula angulosa. Destacaba en su aspecto elegante una media melena negra y lisa suelta por los hombros, los labios finos estaban curvados y ligeramente abiertos en una “o” pensativa, y sus ojos, negros y agudos, lo miraban con el ceño fruncido como si hubiera hecho algo grave. Kaspar se preguntaba si realmente le estaba mirando a él y por qué. Echó una ojeada a su alrededor pero por allí no había nadie más.

- Kaspar Malov – dijo el desconocido mientras se acercaba a estrecharle la mano lentamente- Soy su nuevo jefe.

Aquel hombre no le dio muchos detalles, y ni siquiera dejó que Kaspar hablara demasiado. IPSAT era una empresa prospera y necesitaba contables como él.

Contables, muchos contables.

Al día siguiente los contratos con su antigua empresa estaban finiquitados y formaba parte de la nueva plantilla cobrando un sueldo muy lucrativo. Kaspar no tenía más compañeros en su planta que le molestasen. De vez en cuando aparecía la mujer de la limpieza que era arisca y gordinflona, y también la atractiva y estirada secretaria de su jefe. Nunca había sido muy hablador así que se sentía a gusto con el puesto. El único problema que se le presentaba casi a diario era con las cuentas. Estas no sólo eran extrañas e incongruentes sino que además le levantaban fuertes dolores de cabeza y le hacían perder la noción del tiempo. Muchos días volvía tarde a casa después de haberse pasado de largo la hora de cierre y sin haber cuadrado la mitad de los balances del día. De todos modos nunca tuvo quejas de sus superiores, a los que por cierto no conoció jamás, exceptuando quizá al misterioso hombre del traje negro que prefería que le llamaran simplemente Sam, y su secretaria de la que nunca llegó a saber su nombre.

Los días pasaron, y también los meses. Su joven mujer le dejó porque siempre llegaba tarde a casa y a menudo tan cansado que su vida matrimonial se había desintegrado casi por completo. Llegado un punto en el verano de 1984, Kaspar solo vivía por y para el momento en el que debía completarse su visión. Era como si ese punto de inflexión en su vida fuera un punto y final, como si no fuera a haber nada más adelante. En ocasiones miraba su cuenta corriente, cada vez mas llena de dinero de su magnífico sueldo y se preguntaba por qué no lo gastaba, qué estaba haciendo con su vida. Todos esos planes que había tenido con su esposa, antes y después de casarse, el sueño de tener hijos nunca realizado. Al principio por falta de recursos, al final por falta de ganas. Había sido como un autómata, se levantaba, se iba a trabajar, se acostaba, se levantaba… Estaba tan cansado cuando su mujer dijo que se marchaba que él apenas la prestó atención, ni siquiera intentó detenerla. Era como una pesadilla ajena, ella lloraba y él no sabía cómo consolarla. Se marchó y no hubo lágrimas. Nada. Hacía meses que él no estaba y que apenas se veían así que el cambio no fue tan brusco, la casa estaba más sucia, la comida era de restaurante.

Los meses de Agosto y Septiembre estuvo hecho un manojo de nervios. Tomaba notas sobre cualquier cosa que pudiera recordar acerca de la última parte del sueño, casi no podía dormir y no se concentraba en el trabajo. Pese a todo nunca tuvo quejas.

Llegó el 20 de octubre de 1984 y sin saber muy bien el por qué, Kaspar Malov se vistió para su funeral. No entendía cómo pero tenía la sensación de que cuando todo terminara iría derecho a un ataúd. Quizá fuesen los meses de abandono, el hecho de que su vida, todo lo que había intentado construir había desaparecido, la idea de que la autodestrucción debía tener un único final y aunque su sueño no dijera nada de todo esto, temía que con la llegada del final de su visión se acabarían sus objetivos por cumplir en la vida. Ya no le quedaba nada.

Fue al trabajo vestido con su mejor traje y corbata y se sentó en su despacho sin saber muy bien qué hacer. Sabía que todo debía suceder allí pero el dónde concretamente no tenía ni idea. Nunca había visitado el edificio entero, alguna vez pasó por la segunda planta por equivocación que estaba llena de secretarias y operadoras. En realidad no sabía muy bien a que se dedicaba su empresa, quizás algo que ver con servicios informáticos. Él no preguntaba, solo hacía las cuentas y al final de mes cobraba el cheque que le llevaba la secretaria estirada. Pero nunca había investigado nada más, ni siquiera la planta en la que trabajaba. Iba del ascensor a su despacho por un largo pasillo en el que no se veía a ningún otro empleado. Todo eran puertas cerradas que nunca encontraba abiertas. La entrevista de admisión la había hecho en su propio despacho y ni siquiera había sido una entrevista como tal. El misterioso Sam se había limitado a enseñarle su despacho y a decirle cuanto iba a cobrar. Era curioso como ahora que lo pensaba no recordaba que le hubieran dado un horario de trabajo, y ni siquiera recordaba haber firmado ningún contrato… ¿lo habría hecho?

De repente sonó el teléfono. Era la secretaria estirada que le decía que Sam quería que fuera a su despacho. Tuvo que preguntarle donde estaba tal despacho porque él no había ido nunca. Al final del pasillo, por supuesto.

Las ocho y veinte de la mañana y se dirigía al despacho del jefe, en el que sabía de sobra lo que se iba a encontrar. La primera vez que visitaba otra instancia que no fuera la de todos los días no podía ser una coincidencia, tendría que ser la habitación que salía en su sueño.

Aquel pasillo claustrofóbico sin ventanas sólo iluminado con algunas lámparas de pie en las esquinas. Las paredes y el suelo eran de madera oscura, casi parecía que hubieran usado el mismo material para ambos. Había cuadros, quizá dos o tres, muy pequeños y muy alejados de los puntos de luz como para poder admirar nada de ellos, solo manchas borrosas.

Antes de que llamara a la puerta ésta se abrió y se encontró de frente a la secretaria estirada. Era una mujer fría y atractiva, bastante joven, con el pelo negro muy recto y largo alisado como una tabla y recogido en una cola de caballo. En su bonita cara no había ningún gesto de serenidad o alegría, era toda de una impersonal rectitud y pose adecuada a las circunstancias.

Kaspar pasó del oscuro pasillo al blanco níveo de la habitación. No sabía porqué pero incluso con el cambio de luz aquella estancia inmaculada y minimalista no le ofrecía más calma que la oscuridad de donde provenía. Era el vivo ejemplo de que no siempre un espacio bien iluminado puede ser acogedor. Era, por supuesto, el despacho que aparecía en su sueño.

- Hola Kaspar – le saludó familiar aquel hombre, Sam. Estaba delante del escritorio junto a un archivador manipulando lo que parecía un mando a distancia. – Verás, me he comprado este televisor nuevo y no tengo mucha idea de cómo funciona. ¿Crees que puedes ayudarme?
Siempre había pensado que su jefe no tenía pinta de llamarse Sam, es decir; Sam parecía un nombre que se le daba a un americano rechoncho y jovial no a un ejecutivo moscovita con aire siniestro. La forma en que aquel hombre le tendía el mando parecía inquieta, apremiante. Él lo aceptó y se fijó en que la secretaria seguía al fondo de la sala, apoyada en una pared.

- Bueno, - dijo- yo tampoco tengo mucha idea, ¿Qué quiere saber?

- Oh, nada importante. Solo que me digas como cambiar de canal y esas cosas. Lo que se te ocurra.

Y ahí estaba él, con su oportunidad de manipular aquel televisor en el que debía aparecer su futuro y convertirse en presente. Encendió el televisor.

- Pues… pulsando los diferentes números aparecen los canales. Depende de cómo lo haya sintonizado claro, ¿lo ha sintonizado?

- Lo ha hecho el técnico. – respondió secamente.

- Ah, pues… - en ese momento estaba muy concentrado en mirar cada canal, cada imagen, no se paró a pensar en que estaba ante su jefe y la secretaria, le daba igual que le llamasen la atención, el sólo buscaba. Encontró un canal de noticias y lo dejó ahí con la esperanza de que dijeran algo sobre un incendio.

Pasó los siguientes cinco minutos explicando a su jefe como subir y bajar el volumen y las infinitas posibilidades del mute para, por ejemplo, cuando llamaban al teléfono o como solía hacer él, que se ponía a leer un libro con las imágenes de fondo que le daban cierta tranquilidad. Ya no sabía que más añadir ni de qué seguir hablando.

- Bueno, gracias. – dijo Sam – Me has ayudado mucho. Si tengo otra duda te llamaré.

- Sí… gracias señor. - ¿gracias? ¿Por qué le daba las gracias si era él quien le había ayudado?

Volvió a su despacho. Pasó toda la mañana sin hacer nada, deprimido y decepcionado. Había estado frente a ese televisor y no había encontrado nada, ni siquiera un indicio de que hubiera habido un incendio. Se sentía arruinado y triste. ¿Qué clase de vida era esa en la que los sueños premonitorios se cumplían a medias? Durante dos años sufrió el devastador efecto de aquel sueño. Había llegado a odiarlo y a odiarse a sí mismo. Su mujer le abandonó, sus esperanzas se rompieron, su vida estaba en un callejón sin salida. Todo con lo que contaba el día anterior  era con que se cumpliera aquel sueño, nada más. ¿Acaso era demasiado pedir que la vida terminase con aquella meta? No es que planeara suicidarse pero su vida carecía tanto de sentido que no esperaba nada más de ella que morir.

El teléfono suena.

- Señor Malov – era Sam - ¿Puede venir a mi despacho?

Parecía muy serio, más que de costumbre si cabía. Siempre usaba con él un tono jovial y distendido aunque altanero, y sin embargo en ese momento era sombrío incluso por teléfono.

Cuando entró en el despacho la secretaria seguía en el mismo sitio y lo miraba inexpresiva. Sam estaba de espaldas al televisor encendido y  miraba fijamente a su empleado. Antes de que Kaspar preguntara qué quería, el hombre levantó una mano en la que tenía otro mando diferente al del televisor y apretó un botón. Junto al televisor se puso en marcha un reproductor de vídeo y la imagen en la pantalla de unos dibujos animados desapareció, para dar paso a un incendio.

Kaspar se acercó muy despacio mientras un escalofrío le recorría la espalda. Era un incendio a primera hora de la mañana, un reportaje de una cadena extranjera a juzgar por los titulares y las entrevistas que no entendía. Gente que lloraba y gente que pasaba de largo. Era su incendio. Se lo conocía al dedillo.

- Dígame que ve.

La voz profunda y rota de Sam le sobresaltó. Estaba tan ensimismado mirando la pantalla que se había olvidado por completo de donde estaba.

- Pues… un incendio. Parece horrible, un colegio o algo así y…

- Ya sé lo que veo yo Kaspar – le cortó Sam tajante– quiero decir lo que ves tú. Hay algún detalle en ese video que lo hace especial. Tú y sólo tú puedes decirme que es lo que falla.

- ¿Yo? – balbuceó Kaspar - ¿Por qué yo?

- Has soñado con él.

- ¿Cómo… cómo lo sabe? – había empezado a temblar y tenía los pelos de punta.

- Lo sé, sólo lo sé. – el hombre estaba muy serio, casi parecía enfadado en contraposición al pobre Kaspar que estaba muerto de miedo. Sam trató de suavizar el tono y decidió mentir para calmarle. – Soñé contigo, con que nos conoceríamos a la entrada del edificio. Sé que has soñado con esto porque en mi sueño me lo contabas. Entiendo que esto es muy raro, pero necesito que me digas lo que ves en él, si hay algo extraño, algo que no concuerda con lo que tú viste…

Sam se dio la vuelta y rebobinó la cinta hasta donde empezaba el reportaje y le dio al play. Las mismas imágenes, una detrás de la otra, las caras de los bomberos manchadas de hollín, las lágrimas, rostros de gente preocupada, el cristal de una ventana que se rompe, las mangueras con agua. Todo era igual.

Pasaron la mañana allí, rebobinando el vídeo y volviéndolo a pasar. Una fría capa de sudor empezaba a impregnar el cuerpo de Kaspar pero a él no le importaba, aquello era divertido, casi como un trabajo de detective. Podía imaginar a Sam como su compañero investigador, tan emocionado como él tratando de desvelar el misterio. Incluso la secretaria se había quedado, sin decir una palabra y siempre apoyada contra la pared al fondo de la sala.

- Creo que no tiene nada de especial Sam, es solo un vídeo y ya está, no creo que sea…

- Una vez más. – insistía muy serio y concentrado.

Kaspar no sabía lo que debía ver. Estaba claro que lo más importante estaba ahí, era haber encontrado el video, no creía que tuviera más significado que las dos imágenes anteriores en su sueño, la del pomo y la de la plaza. Salvo, quizá, que aquellas dos escenas le habían conducido a donde estaba sentado en ese momento. Volvía a ver el fuego, una entrevista a los bomberos… literalmente él no debería entender nada de lo que decían en aquel idioma extraño, pero en su sueño sí lo había entendido y ahora podía comprender aquella lengua casi como si la hubiera estudiado, algo que le parecía fascinante y aterrador al mismo tiempo. Después había una entrevista a una señora que estaba rodeada de más gente.

Y entonces lo vio.

- ¡Para, para, rebobina! – Sam hizo caso y pasó hacia atrás la película. Kaspar no lo podía creer, ¡su jefe llevaba razón! Tenía algo la película que era diferente de su sueño y él había estado tan ciego que no lo veía. Tan ilusionado estaba con la idea de encontrar por fin el vídeo que él, que se conocía al dedillo cada escena, no había visto lo que tenía delante, lo que fallaba. – Es esa mujer. – Sam dio a la pausa y Kaspar se acercó a la pantalla pasando por detrás del escritorio para señalar a una mujer menuda, con una camiseta a rallas verdes y blancas que trataba de pasar entre la gente, tan preocupada parecía que no se daba cuenta de que tenía una cámara delante filmando. – Justo ésta mujer de aquí, en mi sueño no era la misma, no tenía la misma cara.

- Entiendo…

- No era ella, seguro. Recuerdo a la mujer de mi sueño, tenía el pelo moreno y rizado más largo que el de la que sale aquí y también era más guapa. ¡Dios mío si lo estoy viendo! No sé cómo no me di cuenta antes.

- ¿Había algo más?

- Sí, recuerdo que llevaba la misma ropa que esta. Era una chica muy guapa y en la camiseta había una especie de grafiti, ponía… – cerró los ojos con fuerza para ayudarse a recordar – AP12. Y no es esta mujer, ¡ni por asomo! Y en la camiseta de esta no pone nada, solo un muñequito o un logotipo aquí arriba. ¡Increíble! – exclamó sonriendo a la pantalla. No se dio cuenta del intercambio de miradas entre la secretaria y su jefe.

- ¿También estaba embarazada? – preguntó Sam

- ¿Eh? – y miró el vídeo – Sí, sí… también. No me acordaba de ese detalle pero sí. Todo era igual salvo porque la chica del sueño era otra y tenía un dibujo en la camiseta. ¡Ah! También recuerdo que en un momento del vídeo  o sea del vídeo en mi sueño, miraba a la cámara y sonreía, era un poco misteriosa, pasa por delante y se va. Qué raro…

- Bien… gracias Kaspar. Te diría que te lo llevases para echarle otro vistazo, ya sabes… por si se te ocurre algo más. Pero creo que es un vídeo documental de un proyecto y no te lo puedo dejar.

- ¿Qué cree que significa? – dijo aún animado.

- No lo sé. – respondió el otro tajante y muy serio. A Kaspar se le borró la sonrisa del rostro.

La amabilidad de su jefe se había esfumado dejando paso a una mirada apremiante que a todas luces quería decir que Kaspar ya había hecho su trabajo y ahora sobraba.

- Si es tan amable señor Malov – interrumpió la secretaria – le acompañaré a su despacho.

- Sí, claro, por supuesto. Supongo que hay que ponerse a trabajar.

- Sí.

- Entiendo.

La secretaria apenas le acompañó hasta el pasillo y volvió a entrar en la estancia para cerrar tras ella la puerta. Kaspar tuvo la tentación de acercarse a escuchar lo que estaban hablando pero no quiso arriesgarse a que le pillaran, así que volvió alicaído a su despacho.

No cabía duda de que la mañana había sido emocionante pero el trato recibido al final por su compañero detectivesco le había dejado un mal sabor de boca, gusto a rechazo. Estaba claro que aquel era su jefe, que quizá no debía haberse tomado tantas confianzas, ¡pero es que estaba tan emocionado!

Había tomado una decisión. Cuando saliera y de camino a su casa se pararía por la biblioteca para buscar todo lo que encontrase sobre los sueños y premoniciones. Quizá no volviese a pasarle nunca más pero aquello le había dado una nueva meta.

Una razón de vivir.

* * * * * * * * *

- ¿Qué crees que quiere decir? ¿Entiendes algo? – preguntó ella.

Estaba repantingado en la silla, tirado de cualquier manera como si se hubiera escurrido. La postura era más digna de un niño aburrido que de un serio y trajeado empresario. Se balanceaba de un lado a otro haciendo girar la silla sobre sí misma, mirando la pantalla pausada. Miraba a la mujer de la camiseta a rallas.

- ¿Belhor?

- ¿De quién es este vídeo?- preguntó sin mirarla.

- Pues… ¿lo has sacado de aquí? – dijo señalando un gran sobre marrón que había encima de la mesa. Sacó un libreto y unos folios sueltos y leyó estos últimos – Es de Buer. Me dijo que los mandaría. Es sobre su proyecto… que gracioso. – dijo con una media sonrisa - Aquí lo llama proyecto de contención. Dice que ese lugar es el mejor sitio para hacerlo. Al parecer murieron 87 personas el 17 de diciembre del año pasado. Un colegio de primaria. En la carta pone que ya ha comprado el solar pero que le faltan subvenciones… - Recalcó la última palabra con sarcasmo - Estoy por jurar que le prendió fuego él mismo.

- Hablé con él hace tres meses y le dije que no le prometía nada. Demasiado riesgo. – se enderezó en la silla – Pero visto lo visto me parece que va a haber que pagárselo.

- ¿Por? ¿Crees que tiene algo que ver con la visión de ese tipo?- y le tendió los folios.

- Desde luego que sí, y lo que no voy a hacer es ignorarlo. Quiere construir un hospital… pues que lo haga – la chica se echó a reír fríamente pero él estaba preocupado – Ese chico es brillante Lil, siempre tiene buenas ideas…

Se recostó sobre la mesa y escondió el rostro entre las manos. Ella se sentó delante.

- Es brillante, pero a veces sus proyectos llaman mucho la atención. – terció ella.

- Lo que quieras, pero es bueno en su trabajo. Igualmente le ayudaré a construirlo, pero tendrá que ser bajo mis condiciones.

- ¿Crees que las va a respetar? – dijo socarrona.

- Más le vale. –y ella que no lo creía volvió a reír cantarina.

- ¿Y la visión? ¿Qué significa?

Belhor la miró un momento con tristeza y después miró la pantalla unos segundos.

- ¿Me creerías si te dijera que tengo ganas de llorar?

- ¡Bel! – exclamó asustada.

- Lo sé, perdona. Es solo que incluso a mi hay cosas que se me escapan de las manos. Me esfuerzo por hilar fino, de que todo salga perfecto y según lo planeado… – se recostó en el asiento y cerró los ojos – Solo puedo prepararme, ser el primero en mover ficha y esperar que todo vaya bien.

- Perdona cariño pero no sé de qué me hablas y me estás asustando. ¿Te importaría…?

- Da igual Lil. Llama a Buer y dile que aceptamos su proyecto. Se buena chica y déjame pensar.

Ella se acercó y le dio un beso cariñoso en la frente, después salió de la habitación.

Empezaba a caer la tarde y Belhor seguía dando vueltas en su sillón, observando de hito en hito la imagen estática en la pantalla. Una ira ciega se acumulaba en su rostro cada vez que miraba a aquella mujer bajita y rechoncha, extraño espejismo de la otra que aparecía en el sueño de su empleado. ¿Por qué aquella mujer y no otra? Había un extraño parecido físico entre las dos; el pelo, la forma de la cara, la estatura… ¿tal vez la del sueño era la niña no nata del vídeo  Entonces… ¿qué había en el vientre de la mujer del sueño? Pero él ya lo sabía muy bien. Él lo estaba esperando.
AP12… una ira que iba en aumento junto con una profunda pena. Quería gritar y tirar el televisor por la ventana. No le hacía falta esforzarse para verla reflejada en la mente de Kaspar. Una joven sonriente y burlona.

- Maldita zorra.


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