domingo, 28 de abril de 2013

HACE FALTA UN ALIADO




CAPÍTULO 7

Hans le resumió a Verónica todo lo que le había pasado en el hospital mientras ella ponía rumbo de nuevo hacia su casa. A él se le hacía un nudo en la garganta cuando  le contaba cómo lo habían engañado para que se quedase desnudo en aquel quirófano, cómo siguieron rajando su espalda a sabiendas de que él estaba consciente.



- ¿Cómo iban a saber que estabas consciente? —inquirió ella extrañada— Eso es imposible, a no ser claro que  lo vieran en tu pulso o algo así. De todos modos yo creo que lo normal si te despiertas en una operación es que te desmayes o te mueras literalmente del dolor. ¡Sería imposible, tu corazón no aguantaría tanto, se pararía! ¿no?

- No tengo ni idea de verdad — dijo con languidez mirando por la ventanilla—. Sólo sé lo que yo pasé y te aseguro que estaba muy despierto. Muy, muy despierto.

A Hans le entraban escalofríos cada vez que recordaba el dolor tan terrible que sufría cuando la hoja del bisturí se hundía en su cuerpo, el crujir de su piel al ceder, la impotencia de no poder parar aquel metal que le abría las carnes sin compasión...

Se le revolvió el estómago al recordarlo.

- También podría pasar que tu cerebro acabara por colapsarse – prosiguió ella sin hacerle caso – Pero en ese caso te desmayarías.

- No lo sé —suspiró.

Empezaban a saltársele las lágrimas otra vez y el hecho de que le doliera terriblemente la espalda le hacía sentir aún más miserable. Se resistía a repetir en voz alta las humillaciones del quirófano, las cosas que le decían, todo lo que le hicieron.

- Vamos… no llores —le animó ella en tono maternal—. Entiendo que tiene que haber sido algo horrible pero no puedes seguir dándole vueltas o te sentirás peor. Piensa que ya has salido de allí. Además deberías llamar a tus padres, puedes coger mi móvil de mi bolso si quieres.

- Bueno, eso quizá puede ser un problema. - contestó apesadumbrado – Mis padres sólo están en casa por la noche cuando vuelven del trabajo y no me acuerdo de ninguno de sus móviles.

- ¿Ni el de un amigo, un familiar o alguien? – Hans negó con la cabeza – Bueno, eso también se puede solucionar. Dime la dirección de alguien que te conozca y yo te llevo.

- Soy holandés Verónica, a menos que tengas un jet privado lo veo difícil.

Ella se sobresaltó y casi dio un volantazo. Parecía como si se le hubiera activado un resorte y de repente estuviera terriblemente enfadada.

- ¿Me estás tomando el pelo? — gritó ella mirándolo muy seria—. No me estarás dando largas para que no llame a tus padres o algo así. ¡No te habrás escapado de casa!

Hans la miró alarmado. No había caído en la cuenta de que ella pudiera desconfiar de esa manera pero claro, era un holandés en pleno Madrid que hablaba muy bien el castellano. Apenas se acordaba ya de aquel misterioso don. Habían pasado tantas cosas terribles que las minucias como esa se habían quedado atrás.

- ¡Soy de Ámsterdam te lo juro! Estoy de vacaciones en Madrid con un grupo del colegio. Nadie sabía que estaba en el hospital porque salí a dar una vuelta temprano antes de que todos despertaran y luego tuve el accidente.

- Pues hablas muy bien mi idioma para ser extranjero.

Ahí estaba la pregunta temida. No podía contarle la verdad porque entonces sí que desconfiaría de él. Sabía que su relación con esa chica terminaría pronto, en cuanto hablara con sus padres o  se consiguiese poner en contacto con alguno de los profesores con los que había viajado. Pero igualmente no quería que ella pensase que era un lunático. Por ahora no tenía ninguna ayuda más y Verónica le caía bien. Decidió mentirle a su pesar.

- Porque mi padre era español, - dijo algo afligido- cuando era pequeño me hablaban en castellano junto con el inglés y el neerlandés.

- Ya pues no tienes acento de ningún tipo. – replicó mirándole con recelo.

- Venimos aquí de vacaciones todos los años por eso tengo el idioma tan al día. Oye, de verdad que no te miento – dijo irritado -. Te puedo dar el número de teléfono de mi casa y llamas luego… Aunque no les vayas a entender nada, por lo menos verás que te digo la verdad.

- Vale, vale… de acuerdo — dijo no muy convencida de su sinceridad–. Pero si tu padre es español podría hablar con él ¿no?

- Mi padre murió cuando yo tenía 4 años, con quien vivo ahora es con mi madre y mi padrastro.

- Y si murió cuando eras tan pequeño ¿cómo puedes tener tan buen acento?

- Por mi abuela… oye ¿vas a seguir interrogándome? Si no te fías de mí no estás obligada a llevarme a ninguna parte.

- Está bien, - cedió ella a disgusto- no te pregunto más.

Pero aún así Verónica no parecía convencida. Hans la miraba de reojo mientras ella conducía con el ceño fruncido y se mordía el labio inferior con nerviosismo. Había visto conducir a su madre con ese mismo gesto y por lo general antes o después Hans sabía que se iba a llevar una bronca… pero esta vez no estaba seguro de poder soportarlo. Hans estaba dolorido, triste y cansado. Parecía que su aguante estaba llegando al límite, que aquella situación le había llevado a un extremo psicológica y físicamente tan desesperante, que si Verónica lo dejase en la cuneta en ese mismo momento ya no tendría fuerzas para luchar y se dejaría morir allí mismo.

- Me estoy mareando —anunció.

Hans estaba sudando y parecía que le costase respirar. Ella alargó la mano y le tocó la frente. Estaba ardiendo.

- Tienes fiebre. No sé, creo que debería llevarte a un hospital.

- ¿Qué? – se sobresaltó él.

- “Otro” hospital – aclaró -. Tiene que verte un medico, que vean si estás enfermo de verdad o sólo tienes fiebre por el destrozo que te han hecho en la espalda. Además esas heridas tienen que curarlas en condiciones, los puntos son un estropicio y así te quedarán unas cicatrices horribles.

Él negaba tajantemente con la cabeza.

- Ya me han visto muchos médicos y no vuelvo a un hospital ni atado. Sólo necesito una ducha y aspirinas. Como tengas intención de llevarme a un hospital lo llevas claro. – terminó tajante.

- Entiendo tu miedo Hans, de verdad que lo entiendo. Pero tarde o temprano tendrás que ir a un hospital a que te vea un médico.

- No te ofendas pero prefiero que sea con mis padres al lado. Ahora mismo lo único que quiero es que las personas que me conocen sepan dónde estoy. No me siento seguro yendo por ahí sin documentación y sin nadie que me conozca.

- Vale. – contestó resignada y algo molesta.

- En serio, no te lo tomes a mal. – trató de disculparse – Además también lo digo por ti. No hay nadie que sepa que estás aquí conmigo y esa gente… no sé, todo esto tiene algo de mafia.

- ¿Mafia de qué? —le increpó ella como si fuera ridículo.

- Pues no sé. Tráfico de órganos o algo así. Recuerda que te he contado que entre el grupo de médicos había un policía, o al menos iba vestido como un policía. Y no es por nada pero el hecho de que un grupo de médicos puedan hacer estas cosas en un hospital público… - Hans se estremeció al pensarlo – Yo no sé a ti pero a mí me da muy mala espina.

Verónica pensó en lo que le decía y tenía razón. Existen los médicos clandestinos, los carniceros, matasanos y traficantes de órganos, pero nunca antes había oído hablar de ninguno de ellos que operase en un hospital público, al menos no en España.

- Vale, está bien. Por ahora no iremos a un hospital, nos centraremos en contactar con tus padres o con alguien de tu colegio que esté en Madrid. – suspiró - De todos modos necesitamos pasar por una farmacia. Trataré yo misma de curarte eso lo mejor que pueda.

- Mmmm… - Verónica le miró. Él estaba recostado en el asiento, con los ojos cerrados y muy mala cara.

- De verdad que no sé qué hacer. – dijo ella mordiéndose el labio con preocupación.

- Hospital no, hospital malo…

- Vale… vamos a una farmacia.


* * * *

- Y deme un termómetro por favor.

- Tiene mala cara. -el tono de la dependienta era engreído.- Debería llevarle al médico.

Verónica se volvió para observarle. Estaba en una silla colocada entre una báscula y una vitrina llena de medicamentos. Le decía que no con la cabeza.

- Ésta así por un mal médico. —dijo mirando a la mujer con un mohín.

- Sí, bueno. - contestó arrogante la dependienta - Pero no estamos en la edad media. Llévelo a otro médico.

Aquella farmacéutica era el vivo retrato de la mujer moderna y estirada de clase media- alta. Pelo rubio teñido, perfectamente liso y colocado, pendientes y collar de perlas y maquillada como una puerta. Observaba a la chica de arriba abajo midiendo su vestuario y despreciando el poco dinero que se había gastado en él. Verónica rechinó los dientes y decidió contener su lengua.

- ¿Me deja el termómetro por favor?

- Tome. - Puso la caja del termómetro con tal fuerza en el mostrador que Verónica pensó que si no era eléctrico probablemente estaría roto ¿Qué le había hecho a esa mujer para que fuera tan desagradable?

- Levanta el brazo, - le dijo a Hans con ternura - eso es. No te muevas.

- Me duele.

El chico estaba tieso como un palo y curvaba la espalda hacia atrás todo lo que podía.

- Debería llevarlo al médico — insistió la mujer.

- ¿Es usted medico? — preguntó ella.

- No, claro que no — contestó afilada—. Los médicos están en los hospitales.

- Vale… — dijo paciente—. Pero necesito analgésicos y un protector del estómago si es tan amable.

- Con eso no lo va a arreglar.

- ¡Me puede dar el puto analgésico! - Gritó Hans de pura rabia, sobresaltando a las dos mujeres y mirando a la dependienta con los ojos enrojecidos.

- Tranquilo Hans, así no —le susurró Verónica mientras le acariciaba el pelo—. Calma ¿vale?

La farmacéutica se había ido pero volvió a aparecer en seguida.

- Tenga —Y dio otro golpe con las cajas de medicamentos—. Son nueve euros.

- Verá, —le susurró Verónica a la dependienta acercándose a ella todo lo que pudo— no se lo tome en cuenta por favor, le rajaron la espalda con una navaja cuando le atracaron y en el hospital lo han empeorado poniéndole mal los puntos. Si usted viera como tiene la espalda comprendería que esté tan enfadado, eso es una carnicería. —A la farmacéutica le cambió la cara. De enfado a sorpresa en un instante—. He intentado convencerle de que vayamos a otro hospital pero dice que no quiere, prefiere tener una horrenda cicatriz de por vida a volver a pisar una clínica, y yo le entiendo, pobrecito. No es que esté enfermo es que eso es una masacre y le duele muchísimo.

- Entiendo… — dijo ahora un poco más comprensiva. Aún así su cara de estirada no había cambiado un ápice— A mi hermana le hicieron una operación de estómago — dijo inexpresiva—, perdió cincuenta quilos pero le quedó una cicatriz como el remate de una alfombra.

El silencio se hizo en la tienda mientras la mujer, mirando al mostrador con los ojos muy abiertos, parecía recrear en su mente las consecuencias que habían supuesto para ella la traumática operación de su hermana. No hizo ni un mohín de tristeza, pero por cómo actuó  parecía que había comprendido por fin la situación en la que aquel muchacho se encontraba.

- ¿Tenéis gasas y antisépticos? — dijo de pronto.

- Pues no… Menos mal que me lo ha dicho si no…

- Mira… De ahí puedes coger un vasito de agua — dijo señalando un dispensador— para que se tome las pastillas. Pero te voy a dar paracetamol además del ibuprofeno porque así le bajará un poco la fiebre. Espera… — y se fue a la trastienda.

Verónica se volvió para mirar a Hans con extrañeza. Parecía que la amabilidad y el tono confidencial habían surtido un efecto positivo en aquella mujer.

- A ver… — dijo cuando volvió. Traía muchas cosas en los brazos—. Toma, dale dos de estas y el protector para el estómago. Y aquí te dejo gasas para limpiarle y un par de botes de iodo, tanto en pomada como líquido ¿de acuerdo? Que se lave bien con agua antes de cambiarle la compresa. Te traigo ahora recambios y te doy también antiinflamatorio en pomada – y gritó de nuevo perdida en la trastienda - ¡pero es importante que no toque la herida! ¿vale?

- Sí, sí. Descuide. – contestó ella asombrada por su repentina cooperación. Aunque seguía teniendo ese tono seco y frío en la voz sus ganas de ayudar habían mejorado radicalmente.

- ¿Es muy grande la herida? – dijo asomándose de nuevo.

- Toda la espalda. - colaboró Hans.

- Entonces estas no valen – y volvió a darse la vuelta para llevarse las gasas pequeñas que traía - Te daré compresas grandes, tendréis que cortarlas con unas tijeras si os sobra demasiado. Y esparadrapos. ¿Quieres algunas vendas gruesas para cubrir todo el torso? De ese modo te aseguras de que no se despeguen las compresas.

- Sí, démelo todo. Lo que sea necesario por ahora.

Y la mujer volvió a desaparecer. Verónica abrió la caja de paracetamol y la del protector de estómago y le tendió Hans un par de pastillas de cada una junto con el vasito de agua.

- ¿No me das de las otras? Del ibu… ibu…

- Ibuprofeno. – dictó – No, de esas te he dado antes en el hospital y te has tomado cuatro ¿recuerdas?

Hans asintió. Él no tenía ni idea de lo que le estaban dando aunque bien mirado la automedicación en su casa solía ser lo habitual. De todas las enfermedades que había pasado, su madre sólo le llevó al hospital una vez para ponerle una vacuna. Pensó que en cualquier caso aquello no podía ser peor de lo que ya le habían hecho. Se fiaba más de Verónica y de la farmacéutica bipolar que de los médicos titulados que le habían rajado la espalda.

- Esa mujer parece poseída. — le susurró a Verónica cuando ella se acercó.

- Y que lo digas. – admitió riendo.

- Recuérdame que sea amable el resto de mi vida. – bromeó.

- Haré un esfuerzo por recordarlo yo.



* * * * * * * * *

- Deberías llamar a tus padres. Al menos dejarles un mensaje en el contestador para que sepan que estás bien.

Habían salido ya de la farmacia cargados con dos bolsas llenas de vendas, pastillas y pomadas. Verónica estaba decidida a llevarle a su casa para curarle antes de seguir con la tarea de buscar a alguien que se ocupase de él.

- ¿No te importa que lo haga cuando lleguemos a tu casa? Ahora estoy muy mareado y no me encuentro nada bien.

Estaba recostado con los ojos cerrados. Tenía la cara pálida y pequeñas gotas de sudor le caían a los lados de las sienes o se acumulaban en sus mejillas.

Pasaron los siguientes diez minutos sin hablar mientras Hans trataba de descansar en el asiento del copiloto como buenamente podía. Cuando se ponía de lado la piel de la espalda le quedaba tirante y era insoportable, pero cuando estaba derecho era aún peor porque le rozaban las heridas con el respaldo, como un hielo punzante que al momento ardía. Al final encontró una postura medio ladeada y se relajó como pudo, con la respiración entrecortada, mirando a la carretera húmeda hacia un Madrid que como turista él no conocía.

A los extranjeros solo les enseñan la parte antigua, lo que viene popularmente a llamarse la parte bonita. Las carreteras en obras y los barrios colindantes, más modernos y humildes, quedan alejados de la mirada inocente y crítica del visitante. No se pueden comparar con el centro de Madrid en cuanto a arquitectura, comercio o monumentos; eso es impensable, pero en toda ciudad hay lugares como tesoros ocultos y Hans lo sabía. En su propia ciudad había jardines y barriadas apartadas del centro turístico que eran un mundo aparte y se preguntaba donde estarían esos sitios en Madrid. En ese momento recorrían una zona de carretera en obras y de vez en cuando Verónica maldecía, tanto a los conductores como a otro tipo que debía de ser el alcalde. Después se internaron en la ciudad propiamente dicha, bloques de edificios y algunas calles estrechas con casas más bajas. Nada que ver con el centro de Madrid.

Pronto llegaron a una callejuela pequeña y angosta con coches aparcados a la derecha y casi subidos a la acera. Esta era perpendicular a la vía donde vivía Verónica, y desde la esquina donde se encontraban parados, un cruce entre las dos calles, ella podía ver su portal a unos cien metros de allí.

- Mierda — saltó ella.

Había encontrado un hueco para aparcar en esa esquina, de ahí que estuviesen parados, y estaba maniobrando marcha atrás cuando vio aquello que le llamó la atención. Hans salió de su letargo y le dirigió una mirada.

- ¿Qué ocurre?

- Mira allí — dijo señalando hacia su portal.

Justo en frente de la desvencijada puerta de aluminio había aparcado un coche de policía. No parecía que hubiese nadie dentro.
Verónica se llevó las manos a la cabeza y exhaló un profundo suspiro.

- ¿Vives ahí?– Verónica no contestó- ¿Crees que han venido a buscarte por lo del hospital? A lo mejor no tiene nada que ver contigo y vienen a ver a otro.

- No lo sé Hans, no puedo pensar.

Y era verdad. Un barullo de pensamientos se agolpaban en su cabeza, la mayoría escusas o razonamientos que pudieran justificar su actitud con el chico y el hecho de haberlo sacado del hospital después de lanzar a un médico por la ventana. Sabía que su proceder había sido impulsivo y desacertado. Que lo que tendría que haber hecho era esperar a que la policía llegase al hospital para contarles lo sucedido. ¿Cómo podía haber sido tan idiota? Pero algo en su fuero interno le decía en todo momento que hacía lo correcto. ¿No es así como actúa la gente a la desesperada? A veces se toman malas decisiones cuando se está bajo mucha presión, cuando piensas que no hay más alternativa que hacer una locura. Llegó a la conclusión de que si las autoridades competentes le preguntaban por lo sucedido les diría precisamente eso; que pensaba que no tenía otra opción. Ya se estaba imaginando esposada y haciendo ganchillo en una celda, cuando se abrió la puerta del zaguán y salió a la calle un policía.

- ¡Es él! – se atragantó Hans - ¡El policía del hospital que luego se disfrazó de médico!

El hombre era alto y fornido. Tenía el pelo rojo oscuro recogido en una coleta bajo la gorra y algo en la mirada que acentuaba sus facciones y lo hacía parecer un tanto siniestro.

- ¿Estás seguro? – preguntó ella consternada.

- Totalmente. ¡Qué me muera ahora mismo si no es él! – contestó muy nervioso – Vamos, arranca y vámonos de aquí.

- No estoy muy segura de que debamos Hans.

- ¿Qué? – gritó histérico- Si te quedas aquí nos va a ver y si nos ve… — sacudió la cabeza para alejar la idea— ¡Me llevará de vuelta a ese infierno, Verónica!

- ¿Pero y si es un policía de verdad? ¿Cómo se yo que no me has mentido y no conoces a ese tío de nada? ¡Me estoy metiendo en un buen lío! ¿lo entiendes?

- Piénsalo, - dijo roncamente Hans tratando de bajar el tono - ¿desde cuándo has visto tú a un policía que vaya sólo a buscar a alguien? Yo he visto documentales sobre eso. ¿No se supone que van en parejas? – vio dudar a Verónica. – ¿Y desde cuando se tarda tan poco tiempo en buscar la dirección de alguien? Un sospechoso o lo que sea… La policía no es tan rápida en decidir a quién deben ir a buscar — tenía los ojos húmedos y empezaba a parecer desesperado—. Ni siquiera sabían tu nombre en el hospital y no creo que en una investigación policial fueran a tomar declaración a toda la gente, culparte y buscar tus datos de donde quiera que los hayan sacado en menos de una hora. Verónica, si ese tío no está comprado puedes ir y entregarme tú misma, pero antes piensa si tengo o no razón, te lo suplico.

Ella no dejaba de mirar al policía que se había subido a su coche y parecía estar hablando por teléfono con alguien. Algo en aquella actitud tan desenfadada y en su gesto severo, añadido a las palabras que Hans decía mientras tiraba de su manga, le hicieron ponerse en marcha con un repentino vuelco en el corazón. No atravesó el cruce sino que dio marcha atrás y salió por una calle paralela a la suya. Se maldijo por no ser más rápida y porque el coche no hiciera menos ruido. Era ridículo no fiarse de la angustia de Hans viendo lo que le habían hecho en la espalda. Se hubiese escapado o no de casa, esos médicos estaban empeñados en mantenerlo escondido tras un biombo y sedado para que no diera problemas. Querían evitar que hablara con alguien y llamara la atención. ¿Cómo si no se explicaba que no hubiera ningún familiar con él en el hospital? Hacía ya veinticuatro horas que Hans había tenido el accidente, tiempo de sobra para que llamaran a sus padres o a sus profesores en Madrid y estuvieran con él en el hospital. Y ahora, si él no mentía y ese policía había estado presente en el quirófano, entonces podía deducirse que lo que habían hecho con él era algo ilegal y querían recuperarlo a toda costa antes de que diera la alarma.

Verónica puso la radio mientras conducía y sintonizó una emisora de noticias para ver si decían algo. A su lado Hans estaba desconsolado. Lloraba en silencio únicamente por la idea de que pudieran volver a llevarlo a ese hospital. Le dolía que su compañera no se fiara de él y por primera vez en su vida se encontraba totalmente solo y rodeado de problemas.

Sin darse cuenta Verónica había estado conduciendo hacia una dirección concreta de forma automática. Era lógico para ella teniendo en cuenta que siempre iba allí buscando un poco de relax. Aparcó sin problemas frente a un parque de pequeños montículos con césped, y más allá un paisaje que a Hans le pareció impresionante.

Se veía todo Madrid.

- Que vista tan bonita. – murmuró taciturno.

- Sí, - contestó ella tras una pausa - como vivo cerca suelo venir a menudo a leer… cuando hace buen tiempo, claro. Si no lloviera te llevaría a una de las montañas, se ve todo mucho mejor y da la sensación de que lo controlas todo. – pasaron un minuto sin hablar, contemplando, tratando de olvidarse de los problemas. – Los de por aquí lo llamamos “Parque de las siete tetas”  —dijo riendo mientras Hans la miraba sorprendido—. En realidad no se llama así aunque nunca he sabido su verdadero nombre. Recuerdo – dijo con nostalgia- que cuando mi madre me traía aquí de pequeña a veces yo me disfrazaba de princesa a propósito para venir. Jugaba a que ese era mi reino y yo la princesa que lo gobernaba desde mi trono que estaba en lo alto de la montañita. Supongo que da una especie de sensación de poder cuando lo miras todo desde arriba.

Se quedaron en silencio mirando por la ventana del coche. Hans trataba de imaginarse a una pequeña Verónica trotando con su vestidito rosa y unos mofletes grandes pintados de rojo, dando órdenes a unos sirvientes imaginarios y servilmente esclavizados.

- Que yo sepa las princesas no gobiernan, eso lo hacen los reyes — puntualizó él con sorna.

- No te enteras de nada Hans, las chicas no podemos ser reinas, eso es de viejos, lo guay es ser princesa y que te rescate un príncipe cachas. – él soltó una carcajada- Nosotras reinamos pero con otro título que suene menos… no sé, carcamal. Nadie quiere sufrir el engorro de ser viejo como un rey sólo por tener la ventaja de hacer lo que te dé la gana.

Aquella conversación estaba teniendo el efecto que Verónica esperaba. Necesitaba a toda costa alejar el malestar de lo que había ocurrido durante la mañana. Serenar el ánimo entre los dos para poder pensar con claridad y dar correctamente el siguiente paso.

- No sé por qué los sitios así no los sacan en las guías turísticas. – dijo evocando sus pensamientos sobre los bonitos lugares ocultos de las ciudades.

- Bueno, esto está lejos del centro, lejos de lo que da dinero al turismo. Y también hay que tener en cuenta que el barrio no tiene muy buena fama que digamos y su reputación es bastante mala. Puede ser un cúmulo de todas esas cosas pero si te digo la verdad yo creo que Vallecas ha cambiado mucho y ahora es como cualquier otro barrio. Pero ya sabes: cría fama y échate a dormir. – se encogió de hombros - Casi mejor, así el parque está menos lleno de gente y es más tranquilo.

- ¿Qué vamos a hacer? – preguntó él al cabo de un minuto.

Verónica tenía infinidad de dudas con respecto a lo que a ella pudiese pasarle, pero por primera vez se daba cuenta de que la vida de Hans podía estar en peligro. Era un desconocido que había subido a su coche, un chico que podía no ser trigo limpio después de todo, pero había visto maldad en los ojos de aquel médico, una determinación cruel en el solitario policía cuando hablaba por el móvil y un montón de cosas que parecían no encajar en ninguna parte. Hiciera lo que hiciese no se sentiría a salvo con ninguna opción. Si lo entregaba no estaba segura de que Hans fuese a estar bien. Si seguía protegiéndole podría ir a la cárcel por secuestro o algo peor.

Se dijo que debía tomar una decisión y llevarla a cabo con determinación hasta el final, pasara lo que pasase.

- Hans...

- ¿Sí?

- Si hay algo que no me has contado tienes que decírmelo ahora. Entiende que me estoy jugando el cuello por ti. Tanto si es verdad lo que dices y nos enfrentamos a una especie de mafia médica, como si me estás mintiendo. Porque Hans, si me estás mintiendo puedo ir a la cárcel ¿entiendes?

- Sí, te juro que no te miento.

- Y si no me estás mintiendo… — suspiró cansada— Entonces esto es peor  porque nos hemos metido en un lío con gente muy peligrosa. Podríamos acabar muy mal ¿lo sabes, verdad?

- No te he mentido en nada, te juro que no sé quién es esa gente. Y no quiero meterte en ningún lío. – dijo empezando a sollozar – Lo único que quiero es irme a mi casa.

- Vale, tranquilo. Escúchame bien. No voy a volver a dudar de ti ¿de acuerdo? Estoy decidida a hacer todo lo posible para que no te ocurra nada malo. Y para eso lo mejor es ponerte en contacto con tu familia cuanto antes. Pero primero hay que curarte esas heridas.

El móvil de Verónica comenzó a emitir una musiquilla en ese momento. En seguida vio el nombre de Ismael parpadear intermite en la pequeña pantalla y resopló agobiada. No se había acordado de él en ningún momento ni había pensado en cómo iba a disculparse. Ni siquiera tenía preparada la perfecta excusa que debía poner dado que la situación era un tanto inverosímil. Estaba claro que no llegaría a tiempo a Barcelona y no tenía muy seguro si podría ir ese día o el siguiente o el otro. Improvisó un motivo y salió del coche mientras contestaba al teléfono.

- Hola Isma — dijo algo apenada—, me parece que no voy a poder ir a verte.

Hans mientras tanto, miraba por la ventanilla cómo caían las finas gotitas de  lluvia, y se dio cuenta entonces de cómo el pelo de Verónica empezaba a rizarse por la humedad.

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