viernes, 26 de abril de 2013

IM- PACIENTE




CAPÍTULO 6


Verónica tenía programado el despertador en el teléfono móvil y llevaba un buen rato apagándolo cada cinco minutos. Ella creía en el mito de que en el mundo había gente capaz de despertarse de buen humor en cuanto sonaba el despertador, pero esa era una creencia que había relegado al ámbito de lo paranormal y de las leyendas urbanas; la existencia de tales súper personas era sólo un rumor.



Desde que era una niña se le hacía un infierno despertarse, a veces, sobre todo si era invierno, hasta lloraba, arrastraba lánguidamente los pies hasta el baño y murmuraba palabras feas mientras hacía pis.

Eran las siete y media y ya no podía demorarlo más. Asomó con recelo la nariz entre las sábanas, miró de refilón por la ventana y comprobó que fuera seguía lloviendo. Hacía frío y quería dormir. Lloriqueó. Le ponía de mal humor salir del calor entre los edredones, pero si llovía era aún peor; se volvía huraña y durante una o dos horas no quería hablar con nadie.

Cada mañana se resistía a desayunar. Tomara lo que tomase le hacía sentir pesada, la leche incluso le revolvía el estómago y aunque tuviese hambre prefería esperar un par de horas para almorzar un tentempié.  Aquel día en cambio le pareció que si tenía que conducir toda la mañana lo mejor sería comer algo en el hospital y llevarse un sándwich para el camino.

Se dio una ducha muy caliente y después trató de hacer la mejor combinación de comodidad y sensualidad a la hora de vestir. No era la persona con mejor gusto del mundo y lo sabía. Su ropero se nutría con un par de vaqueros, unos pantalones de vestir, dos chándal, algunas faldas viejas que apenas usaba, y también sus jerséis y camisetas que podían contarse con los dedos de las manos. Sencilla, muy sencilla.
Resolvió ponerse unos pantalones de chándal de un negro discreto y un jersey rosa chicle bastante ceñido. No era muy alta, apenas llegaba al metro sesenta, y de todas sus peculiaridades lo que menos le agradaba era su trasero pequeño y plano. En contraposición sus pechos eran demasiado grandes, más de lo que le hubiese gustado, y aunque podía presumir de ellos se afanaba en lucirlos lo más discretamente posible. “Menos da una piedra” le decía siempre su madre. De ella había heredado sus ojos marrón oscuro, nada llamativos a su parecer, y la nariz afilada. Sin embargo la boca le venía por parte de padre, algo carnosa, con unos dientes bien colocados y una sonrisa atractiva. Una vez en una fiesta un tipo muy atrevido (y bastante ebrio por cierto) le dijo que pese a ser una sosa tenía la sonrisa más preciosa del mundo. Ella le hizo un desaire y se lo quitó de encima del modo más antipático que pudo. Sus palabras le habían dejado confusa y molesta a un tiempo, y sin embargo, se alejó con un deje de orgullo pensando que aquello era lo más bonito y sincero que le habían dicho en su vida.

Su pelo moreno y con pronunciadas ondas no le traía demasiados quebraderos de cabeza. Solía desenredarlo justo después de salir de la ducha y recogerlo inmediatamente después de haberlo secado. Por lo general no era demasiado coqueta, y se peinaba y maquillaba lo justo para no salir a la calle hecha un adefesio. Pero aquel día era diferente; iba a quedar con un chico que le gustaba y, como al parecer alguien en el mundo había estereotipado que tener la cabellera como una tabla era sexy, se alisó la melena con el secador durante cuarenta minutos interminables mientras maldecía para sus adentros no haberse regalado aquella plancha las navidades pasadas. No se maquilló teniendo en cuenta las horas de viaje que le quedaban por delante. Así, cuando pensó que ya no quedaba nada en sí misma con posibilidades de arreglo, cogió su maleta y se fue.

Llovía a mares y el atasco por la M-30 a las ocho y media de la mañana, hora punta, era poco menos que un infierno pasado por agua. Iba con retraso. Llegó al hospital casi una hora más tarde y aparcó su pequeño Citroën justo cuando algún gracioso de la emisora de radio local había puesto “Singing in the rain”.

En recepción le informaron de que Manuel Alcázar seguía en la misma habitación del día anterior. Iba caminando por el pasillo con buen humor, incluso saludó a su vieja amiga la máquina de chocolatinas y refrescos. Pensó que estaría bien dejar alguna marca en ella, como cuando era más joven y pintaba su nombre en los lavabos del instituto. Pero ahora lo importante era ir a ver a su amigo y puesto que no le había comprado ni flores ni bombones creyó un buen detalle llevarle una chocolatina de la máquina a modo de broma. Echó unas monedas y cuando iba a recoger el pequeño paquete del cajetín le sobrevino un desagradable mareo.

Reconoció sin dudarlo el mismo vértigo de la noche anterior.

Ni siquiera había vuelto a acordarse de él hasta ese momento pese a lo desapacible que había sido. Era irracional y absurdo. Regresaba la sensación de tener taponados los oídos mientras una ráfaga de tristeza y miedo le daban a entender que algo iba mal. Recordó de pronto, mientras se frotaba las sienes con los dedos, la habitación que la había atraído el día anterior, en la que todo volvió a la normalidad.

La habitación dieciocho tenía la puerta abierta.

Convencida de que sería alguna especie de paranoia pasajera y de que se resolvería, en base a una suposición absurda, del mismo modo que la noche anterior, se acercó despacio, incluso extrañada de su propio comportamiento, a la susodicha habitación. Poco a poco y con la cabeza dándole vueltas, su ángulo de visión se fue enderezando para dejar al descubierto una habitación corriente de hospital.

Y el mareo cesó.

Un anciano algo gordo y acomodado en una cama cercana a la puerta, dejó de mirar la televisión con el volumen al máximo y le saludó.

- Buenos días.

- Buenos días. – dijo algo tímida. Señaló al televisor frente a él, sujeto a la pared por una percha a dos metros del suelo - ¿No tiene eso muy alto abuelo?

Verónica, como prueba sólida de que tenía razón, tuvo que repetir un par de veces la pregunta que le había hecho.

- ¡No pasa nada! — dijo quitando importancia— a él no le molesta — y señaló el biombo que había a su derecha y que lo separaba de su compañero de habitación. Verónica ni siquiera se había fijado en la mampara. Parecía que cumplía muy bien su cometido, separar del resto del mundo a quien se encontrase al otro lado. Era como si detrás no hubiera nadie. En el rostro del viejo apareció una expresión preocupada. Esta vez bajó el volumen del aparato. — ¿A usted le molesta? Lo siento mucho. No era mi intención.

- ¡No, no! —se apresuró a calmarlo ella— por mí no se preocupe. Yo ya me iba.

- ¡Ah bueno! Es que estoy un poco sordo hija… tengo que ponérmelo alto porque si no, no me entero. Mi Rosamari, que en paz descanse, siempre me regañaba porque ella tenía el oído muy fino. ¡Qué te vas a quedar sordo! Me decía. Y ya ve usted. ¡Si hiciéramos más caso a las mujeres!

Verónica por toda respuesta se echó a reír y se despidió del hombre abandonando la habitación rápidamente antes de que al buen señor le diera por seguir contándole su vida.

La sensación desagradable se había aplacado y gracias a la charla se perdió de nuevo en el olvido.

Pasó casi toda la hora siguiente en la habitación de Manuel, regañándole y riéndose a partes iguales. Aquel chico le parecía graciosísimo, se reía con él aunque estuviesen hablando de algo serio, tuviera ganas o no. Y se ponía el mundo por montera.

- ¿Yo? Yo no fui. Lo que pasó es que me pusieron una señal de curva rápida y resultó ser una curva lenta.

- ¿Y el coche Manuel?

- Habrá que comprarse otro, digo yo.

- Pero que coja bien las curvas ¿no?

- Sí, las rápidas y las lentas, las dos.

Verónica le contó sus planes de semana santa que por supuesto provocaron bromas.

- Búscate un hombre más cerca mujer.

- Por aquí no me quiere nadie Manuel.

- Porque yo ya estoy “pillao” por mi Sarita, si no te ibas a enterar tú de lo que vale un peine.

- Tú te quedas aquí a sufrir por hacer el tonto. — dijo ya sonrojada — Por cierto que tienes un viejillo unas puertas mas allá que seguro que te da conversación, aunque parece estar sordo como una tapia.

- Quita, quita… que por aquí la gente está muy zumbada. Anoche oí a uno gritando que lo querían matar, que lo estaban torturando decía. Con los chutes de sedantes que te meten aquí duró poco antes de que lo dejaran KO. En estos sitios la gente se desquicia mucho, al parecer esta planta es donde están los peores. Los que tienen enfermedades realmente jodidas y lo están pasando muy pero que muy mal. Pero tu tranquila que ya me han dicho que mañana me cambian seguro.

- Bueno, no te puedes quejar mucho. Al menos estás tú sólo en la habitación.

- Si, supongo que tengo suerte. Toquemos madera y que de aquí a mañana que me cambien no me metan a nadie.

En ese momento llegaron los padres de Manuel y Verónica decidió que era hora de irse.

- Ya voy con retraso y me quedan horas de viaje.

- ¿A dónde vas? – preguntó la madre.

- A Barcelona a ver a un amigo.

- Si, si… a un amigo. – dijo Manuel.

- Tú cállate y ponte bueno ¿eh?

- Si yo ya estoy bueno mujer ¿no me ves?

Besos, gracias, cuidado y buen viaje. Verónica odiaba las despedidas porque siempre se le hacían muy largas. Le encantaba cuando veía en las películas americanas que la gente colgaba el teléfono sin un triste adiós. Aunque le parecía una mala costumbre y no creía de verdad que no se despidieran, en el fondo le hacía mucha gracia.

De vuelta al pasillo y ya con miras a marcharse de viaje, volvió a tener de nuevo la sensación de vértigo.

“A ver – se dijo- esto tiene algo que ver con todos los momentos malos que has pasado aquí. Es una especie de fobia o algo así y es normal. Sal de aquí y se te pasará”.

Sin embargo no estaba muy convencida de que tuviera algo que ver con el pasado, ni siquiera con algún tipo de trastorno o enfermedad. ¿Por qué si no le ocurría únicamente cuando franqueaba ese pasillo? Y no podía ser un ataque psicótico selectivo ¿verdad?

En cualquier caso ella no era médico pero sí que podía interpretar sus propios instintos que tiraban de ella en una misma dirección. El impulso o lógica interna, que hacía de explicaciones absurdas para todos los demás, una certeza inamovible para Verónica. Cuando pasó por delante de la habitación número dieciocho experimentó la absoluta convicción de que aquel problema tenía algo que ver con la persona de detrás del biombo. Parecía ilógico y sin embargo en ese momento tenía tanto sentido para ella como el hecho de poder respirar.

- ¡Hasta luego!- le dijo el viejo cuando la vio en la puerta de nuevo.

- Hasta luego.

“Sal de aquí ahora mismo”. Pensó.

Se paró en las máquinas a comprar chocolatinas para el viaje. “¡Vete de aquí!” - protestaba la vocecilla de la razón. “¡O acabarás haciendo una estupidez!”. Por algún motivo su curiosidad que nunca había sido demasiado intensa le pedía, le suplicaba, que fuera a aquella habitación y mirase detrás de la pantalla. “¡Qué no, cojones!”

Salió todo lo rápido que pudo del hospital tratando de no ser alarmista y una vez montada en el coche respiró hondo varias veces y se convenció de que todo había pasado. Arrancó el coche y puso música. En la emisora, “How to save a life” de “The fray” empezó a sonar. Pero aunque tararease la musiquilla como hacía siempre que escuchaba una canción en inglés que no entendía, aunque se regañase por haberse demorado demasiado tiempo con Manuel, la duda y la incertidumbre la reconcomían por dentro.

 Cogió la salida y cuando iba a doblar la esquina para incorporarse a la carretera, contra todo pronóstico de buen juicio, dio media vuelta.
Aparcó cerca de la entrada de visitas en un reservado para discapacitados porque no esperaba estar allí más de dos minutos. “¡Tonta, tonta, tonta!”. Se bajó del coche y subió de nuevo a la cuarta planta. “¡Idiota, idiota!” le decía Verónica Racional. “¡Qué te calles!” Contestaba Vero Impulsiva. “Ves lo que hay detrás del maldito biombo y te largas. A veces pasan estas cosas, la gente tiene un pálpito y cuando te quieres enterar resulta que el que está al otro lado es un primo tuyo. Mejor mirar y salir de dudas que pasar diez días dándole vueltas al tema ¿no?” la vocecita de la razón aplastante no contestó. Puesto que el sentido común no tenía mucha cabida en estas situaciones la Verónica Racional decidió irse a dar un paseo.

“Ya me pedirás que vuelva”.

- ¿Otra vez aquí? – dijo el viejito muy contento - ¡Qué suerte, tengo una admiradora!

Verónica le dedicó una sonrisa, su mejor atributo, y se encaminó decidida al fondo de la habitación.

- ¿Le conoces? – preguntó extrañado el hombre.

- No lo sé. – murmuró.

Se puso rápidamente detrás del panel para que el viejo no pudiera espiarla mientras saciaba su curiosidad.

Decididamente no conocía al enfermo. Era un chico y parecía bastante joven, no llegaría a los veinte años. Tenía algunos arañazos en la cara y en los brazos. Pálido y con unas ojeras marcadas, su pelo era castaño claro y estaba rapado tan corto que dejaba ver otra herida a un lado del cráneo. Un pulsímetro conectado a una máquina desde el dedo índice marcaba con monotonía las constantes y un goteo de suero estaba inyectado a una vía del brazo. No le conocía de nada y sin embargo le daba una infinita pena.

Se preguntó como un chico tan joven no tenía ahí pendientes de él a una familia entera preocupada. No parecía la clase de niño que anda solo por la vida aunque, bien mirado, a simple vista ella no lo podía juzgar.

Sin reparos le cogió la mano. Era alargada y llena de nudillos, las manos de un adolescente que probablemente se comía las uñas. Raspones aquí y allá.

- ¿Qué te ha pasado? – murmuró.

La mano se cerró suavemente en torno a la suya y Verónica dio un respingo. Se tranquilizó un poco al ver que el chico seguía dormido. Le acarició la mano con el pulgar en un gesto impulsivo de cariño.

De súbito volvió a tener la sensación de mareo, de tristeza, de honda pena… pero sólo durante un breve momento en que casi creyó desmayarse. Estaba mareada y perdió un poco el equilibrio.

- ¿Quién eres? – la sobresaltó.

Traspuesta como estaba no se había dado cuenta de que el chico había abierto un poco los ojos. Dudó.

- Lo siento si te he molestado. – “¡idiota, idiota!”- he pasado por aquí y… pensé que como estabas solo te vendría bien un poco de apoyo. – se felicitó por sus reflejos. Se sentía muy incómoda y estúpida, pero pronto vio la reacción de él, y volvió a sentir mucha lástima. El chico le apretó un poco la mano y ella vio como unas lágrimas se le acumulaban en los ojos. Se las limpió con la mano donde tenía el pulsímetro e hizo una mueca de dolor al mover el brazo.

- No llores – dijo ella sin saber muy bien que decir.

- ¿Todavía estoy en el hospital?

- Si.

- Tengo que salir de aquí. – dijo intentando incorporarse sin éxito debido al dolor.

- ¿Qué? – exclamó alarmada- oye no te muevas. Te tienes que…

- Escucha… - el chico contrajo la cara y empezó a sollozar. Parecía que hiperventilaba y que se iba a poner a gritar pero de pronto empezó a respirar hondo y poco a poco se calmó.

- ¿Te duele algo? Es que no se qué te ha pasado. Si quieres llamo a la enfermera.

- ¡No! – suplicó casi gritando y con los ojos aterrorizados - ¡No, por favor no!

- ¡Vale, vale! Tranquilo. No la llamaré pero tranquilízate y no llores. A ver… - dijo tratando de asumir el mando- ¿Qué te ha pasado?

- Tuve un accidente en el centro de Madrid y- estaba temblando pero trataba de no llorar.- Cuando me trajeron aquí yo no tenía nada pero se empeñaron esos psicópatas en que había que operarme y me dejaron medio dormido ¡Dios, fue horrible! ¡Fue horrible! – dijo meneando con violencia la cabeza como si quisiera borrar esos recuerdos de golpe.

- Te entiendo — le tranquilizó —, pero puede que no tuvieran más remedio que hacerlo y…

- ¡No, qué no! – su voz era ronca y tenía un nudo en la garganta.- Te digo que se ensañaron conmigo. Escucha – y le apretó la mano- terminaron la operación y… y… siguieron cortando. Te juro que es verdad, no me invento nada. ¡Incluso se reían de mí!

- No sé… — Verónica empezó a tener miedo. Le daba la sensación de que a aquel chico se le escapaba la cordura y que pronto no podría controlarlo — oye tal vez has tenido fiebre y eso…

- Por favor, si no me crees mira mis heridas.

- No, ni hablar. Me arriesgo a…

Él se incorporó levemente y atrayéndola hacia si de un tirón le habló frente a frente con desesperado.

- Necesito que alguien me crea y me ayude a salir de aquí.

La miraba con tal cara de angustia, parecía tan desvalido, desesperado y seguro de sí mismo a un tiempo que la hizo dudar, la conectó con esa parte de sí misma que le decía que ella en su situación haría exactamente lo mismo.

- Pero, podría hacerte daño, abrirte algún punto o algo así y no…

- Por favor, - suplicó – sólo míralo. Si consideras que está bien no te insisto más. Pero necesito que alguien me crea, sé que no me lo estoy inventando y tengo que salir de aquí antes de que vuelvan o esto será peor. ¡Podrían matarme!

Aquel chico no parecía loco del todo, solo trágicamente desesperado. Recordó lo que había dicho Manu sobre un tipo que decía que lo estaban torturando y que lo tumbaron con tranquilizantes. No sabía si era él pero desde luego tenía claro que si ella estuviese en su lugar y hubiera pasado por todo lo que aquel chico relataba, aunque solo se tratase de una pesadilla muy vívida, también gritaría pidiendo que alguien la creyera. Se humedeció los labios y se dio cuenta de que tenía la boca seca.

- Vale, venga… dime donde tengo que mirar.

- Gracias. – dijo él  con lágrimas en los ojos. Verónica le compadecía, aquel gracias era más digno de un salvamento de un bebé en un incendio que de un favor tan nimio como mirar unas heridas. – Gracias, de verdad.

- No te preocupes, – dijo quitando hierro al asunto- vamos a mirar antes de que nos pille alguien y me la monten.

- Si… es en la espalda ¿me ayudas a ponerme de lado?

El muchacho apenas se podía mover sin soltar un quejido y sin que se le saltaran las lágrimas. Después de un par de esfuerzos en los que Verónica tuvo que tirar de él y hacer casi todo el trabajo para moverlo, el chico pudo mantenerse de lado agarrándose con una mano a los seguros laterales de la cama. En la espalda tenía una gran compresa de gasa con gotas de sangre.

- Tendré que despegar esto.

- No me importa, hazlo de verdad.

- ¡Eh! ¿al final es amigo tuyo o no?

Era el viejo de la otra cama, no oía nada pero sabía que la chica estaba al otro lado del biombo. Parecía que desconfiaba de ella y empezaba a ponerse nervioso.

- ¡Sí, sí! – contestó ella mientras se entretenía en quitar los esparadrapos - ¡es mi primo! ¿Cómo te llamas? – le susurró.

- Hans.

- ¿Cómo Hansel y Gretel?

- Qué graciosa…

- ¡Es mi primo Hans! – le gritó al viejo sordo – yo soy Verónica. – murmuró al chico.

- Te daría la mano pero estás ocupada.

- En la casita de chocolate no sé, pero en España damos dos besos.

- Te daré los que quieras ¡ay! Cuando me saques de aquí.

- Esto ya está. – Verónica quitó aquello como el que descorre un telón - ¡Dios mío! – dijo muy bajito y con la garganta seca.

Hans dentro de su sufrimiento pareció sentirse algo aliviado de ver que alguien le creía, mientras que Verónica repasaba todas las posibilidades para catalogar aquello de negligencia médica. Por desgracia no encontró ninguna. La herida que tenía ese pobre chico en la espalda era algo más que un puro despiste o una pequeña ignorancia. Se dijo que incluso su sobrina de cinco años daba unas puntadas más acertadas. No sólo era el hecho de ver como habían suturado dos cortes inmensos con lo que parecía la técnica de cerrar el pavo relleno de navidad. Había mucho más: estaban los cortes innecesarios sin cerrar, los puntos colocados de manera arbitraria donde no había herida y…

- ¿Qué es esto? ¡Por dios! ¿Qué te han hecho?
Las lagrimas resbalaban por las mejillas de un Hans emocionado mientras Verónica seguía la línea de lo que parecían palabras grabadas a golpe de bisturí.

- Nos vamos de aquí ahora mismo. – sentenció.

Tapó la herida lo mejor que pudo y ayudó al chico a incorporarse a la fuerza. A Hans le dolía horrores, se le escapaban lágrimas, quejidos y palabrotas en otro idioma.

- ¿No te han dado calmantes?

- Estas de broma ¿no? Ya te he dicho que apenas me durmieron en la operación. Lo justo para mantenerme inmovilizado y calladito.

- Dios mío… que hijos de perra. Toma. – le tendió un pastilla que sacó de su bolso.- es un antiinflamatorio. Supongo que te calmará un poco. Es lo que me tomo yo para la regla.

- ¿Tienes más?

- Si, toma. – le pasó el bote y vio como se tomaba otras tres. No tuvo valor para frenarle y le dio una chocolatina – será mejor que comas algo o se te quedará el estómago hecho un colador.

Al parecer Hans tenía mucha hambre y pese a todo solo pudo tomar un par de bocados antes de anunciar que estaba lleno. Verónica encontró una bolsa en el suelo.

- ¿Es tu ropa?

Hans se encogió de hombros.

- No lo sé, puede que sí.

- ¿Te ayudo a ponértela?

Hans se echó a llorar. Ella no supo cómo consolarle y le abrazó como pudo, con delicadeza y cuidado de no hacerle daño, acariciándole la cabeza igual que cuando consolaba a su sobrina si se había caído jugando. Al poco tiempo él pareció serenarse y se apartó un poco.

- Me vestiré yo solo, no te preocupes. – dijo al fin.

- Hans… - ella iba a protestar pero se contuvo – está bien. Si necesitas ayuda estaré aquí detrás.

- Gracias.

Verónica se fue tras el biombo y se sentó en una silla al lado del anciano.

- ¿Está bien el chico?

- Oh, sí… se encuentra mucho mejor. – mintió - Me lo llevo a una clínica privada. Ya sabe…

- Claro, claro… - asintió, aunque en realidad el hombre no parecía tener ni idea de lo que debía saber. Se oyó un gemido y una palabrota.

- ¿Estás bien? ¿Te ayudo?

- ¡No, no! ¡todo bien!- y añadió entre dientes – estupendo…

Verónica, algo incómoda por la situación, escuchaba cómo el chico se ponía la ropa, unas veces con un golpe, otras con un quejido, y de vez en cuando oía cómo soltaba alguna palabrota seguida de un lloriqueo. Estaba a punto de preguntarle de nuevo si necesitaba ayuda cuando le oyó protestar.

- ¡Mierda!

- ¿Qué? ¿Qué pasa? – preguntó Verónica alarmada.

- ¡Mi móvil y mi cartera no están!

- ¿Qué dice tu amigo? —preguntó el viejo desde su cama.

Ella ignoró al hombre y se acercó de nuevo tras el biombo para ver lo que pasaba. El chico estaba de pie junto a la cama, con la camiseta y las zapatillas deportivas sin poner y la bolsa de basura vacía en una mano mientras miraba desesperado encima de la cama lo único que quedaba de sus pertenencias: un flyer de una discoteca, un metrobús y un reloj.

- No te preocupes, los tendrán en recepción. Ahora nos pasamos y…

- ¡Oh, claro! ¿Estás loca? –la acusó irritado- ¿Cómo crees que los voy a pedir? ¡Señorita deme mis objetos personales que yo me voy porque aquí me torturan! – y se echó las manos a la cabeza con desesperación, lo que al parecer le provocó una punzada en los omóplatos. Daba igual, ya estaba llorando desesperado otra vez.

Verónica se acercó sin miramientos y lo miró muy seria.

- No te puedes marchar así como así.

- ¿Y qué esperabas? ¿Crees que me van a hacer una fiesta?

- ¿Qué pasa? - dijo el viejo al otro lado del biombo.

- Tienes que decir que te vas — le increpó ella en susurros — ¿Qué harán tus padres si preguntan por ti? ¿Quieres que les digan que has desaparecido sin más?

- Estoy seguro de que nadie sabe que estoy aquí y desde luego lo que no voy a hacer es arriesgarme a cruzarme con uno de esos médicos. ¡Como los vea los inflo a hostias y entonces sí que acabaré en la cárcel!

Ella estaba desesperada. Trataba de hacerle entrar en razón pero estaba segura de que el asunto se le estaba yendo de las manos.

- ¡Pero no puedes! ¡Estoy segura de que marcharte sin más tiene que ser ilegal o algo así!

- ¡Ilegal es lo que tengo en la espalda! – gritó. Pero en ese momento él miró hacia la puerta y en un segundo se le descompuso la cara - ¡Oh no!

Detrás de Verónica entraba por la puerta muy decidido un hombre vestido con bata blanca y cara de pocos amigos, con una jeringuilla en ristre llena de mucha cantidad de lo que fuera. El médico debía de haber oído la disputa mucho antes de entrar en la habitación por que ya tenía cara de loco enfadado cuando apareció por la puerta e iba directo hacia Hans.

- ¿A dónde coño te crees que vas?

- ¡Ni te me acerques cabrón! - Hans estaba pegado a la pared junto a la ventana pero iba reculando rápidamente buscando protección entre una silla plegable y la mesita al lado del cabecero de la cama.

Verónica reaccionó rápido y se interpuso en el camino del médico.

- ¿Este es uno de los tíos que te operó? – dijo Verónica deteniéndole a los pies de la cama. - ¿Usted le hizo esa masacre en la espalda?

Ella, aunque intimidada por su aspecto impoluto y atractivo, le había frenado con una mano y la cara más amenazadora que pudo encontrar.
“G. Buer” rezaba el bordado en el bolsillo de su bata. El hombre parecía molesto y a penas prestaba atención a la mujer bajita que se le ponía por delante. Parecía taladrar al chico con la mirada, furioso porque estuviese consciente y a punto de marcharse.

Cuando intentó avanzar y vio que algo se lo impedía miró a la mujercita que tenía delante, más cómo si fuese una piedra en el camino que una persona. La miró severo desde su diferencia de altura, con cara de desquiciado y el ambiente pareció cargarse con una aflicción claustrofóbica y mareante que a Verónica le dio ganas de vomitar. El médico apartó a Verónica de un leve empujón que la puso contra la pared y llegó al pequeño pasillo entre la cama y la ventana en el que se encontraba Hans muerto de miedo.

- Ven aquí. – le dijo con voz cruel y autoritaria. Hans se encogió aún más en el rincón.

- ¡Eh! – gritó Verónica - ¡No me pase por encima sin más que le he hecho una pregunta! ¿Se cree que por ser medico de este hospital tiene derecho a tratar así a la gente?

- Voy a llamar a la enfermera, voy a llamar a la enfermera… - repetía el viejo sin saber que más decir intentando alcanzar el interruptor.

- Estate quieto. – le señaló el siniestro médico con el dedo. El viejo no se movió más, salvo para taparse con las sabanas hasta la nariz como un niño pequeño.

Entonces Giovanni Buer se volvió de nuevo hacia Verónica que estaba a dos metros de él guardando las distancias. Él la miraba algo confuso y con obvias ganas de darle un puñetazo o de hacerla daño como fuera. Verónica sin duda era un problema que tendría que resolver más tarde. Ahora ella sabía que habían hecho algo malo con el chico y no podía largarse sin más.

- Qué clase de mierda es usted que tortura a niños y le mete miedo a un pobre viejo. – jadeó ella fuera de sí.

- Más te vale niña – dijo con una sonrisa siniestra - que salgas de aquí ahora mismo antes de que empieces a tener miedo de verdad.

A la consternada Verónica no le dio tiempo a contestar porque en ese momento algo golpeo al médico en el pecho con tal brutalidad que lo lanzó contra la ventana haciendo un estruendo terrible. El impulso fue tan fuerte como para que el hombre rompiera el cristal atravesándola y lo mandarse por el aire cuatro pisos más abajo junto con una silla plegable.

Al otro lado de la ventana estaba Hans, que se miraba las manos como si no fueran suyas, como si no supiera muy bien como lo había hecho ni de dónde había sacado la fuerza necesaria para asestar semejante golpe.

- Creo que se me han saltado varios puntos de la espalda y me parece que estoy sangrando. — tartamudeó en tono ronco.

- ¡Pero qué has hecho! – gritó Verónica - ¡Si lo has matado!

- No…

Hans temblaba de miedo mientras un par de enfermeras entraban por la puerta preguntando qué pasaba.

- ¿Cómo que no?- las ignoro ella.

- ¿Te lo has cargado? – preguntó el viejo aún tapado con las sabanas - ¡Bien hecho chaval!

- Pero… - balbuceo ella.

Más personas se congregaban en la puerta y una de las enfermeras se fue a avisar a seguridad y a algunos médicos de urgencias.

- Creo que no está muerto – dijo la otra enfermera señalando hacia afuera.

El cuerpo Buer estaba en una posición muy fea y un tanto antinatural. Aún así movió lentamente la cabeza y parecía que miraba a la ventana donde ellos se encontraban.

- ¡Pero si se ha tenido que partir el cuello! -  murmuró Verónica.

- Ese tío va a estar de muy mala leche cuando se recupere. – y mientras decía esto Hans ya desaparecía por la puerta con el resto de su ropa en la mano.

Abajo se oía ruido de cristales y un cúmulo de gente empezaba a congregarse alrededor del caído. Verónica al principio pensaba que debía hablar con la policía, que huir de la escena de un crimen puede ser un agravante para que un juez decidiera meterla en la cárcel. Pero ya conocía el sistema judicial, eso de que la ley no siempre está de parte de los inocentes, y toda aquella situación era tan rara que nadie sabría muy bien por dónde cogerla. Era probable que castigaran a Hans por un delito que a todas luces cometió en defensa propia y lo que es peor, que la inculparan a ella como cómplice por estar allí defendiéndole de aquel psicópata. No se detuvo demasiado tiempo en pensárselo dos veces, se dijo que para ella la prioridad era sacar al chico de allí a toda costa. Protegerle dado que nadie más parecía hacerlo. Decidió que la mejor opción pasaba por largarse de allí cuanto antes.

Un grupo de enfermeros cargados con equipos de reanimación iban corriendo hacia el médico. Fue solo un momento pero Verónica, que estaba aún asomada a la ventana, tuvo la impresión de que el hombre tumbado ahí abajo la estaba mirando.

- Si… mejor nos vamos. – murmuró.

Hans la esperaba en el pasillo. Ella pensó que no la esperaría, que no confiaría en ella para que le siguiera ayudando, pero se sintió aliviada al ver que la esperaba en el pasillo mientras se ponía la camiseta y los zapatos. Estos últimos en realidad los había tirado al suelo y estaba cazándolos con el pie para evitar tener que encorvar la espalda que por lo visto le dolía horrores.

Los padres de Manuel el amigo de Verónica, habían salido al pasillo pero con suerte ella se las ingenio para que no la vieran escabullirse entre el gentío. Hans la esperaba junto a unas escaleras en el otro extremo del pasillo lejos de donde estaban el mostrador de recepción y la entrada principal. Entraron en las escaleras y empezaron a bajar a toda prisa mientras oían en la lejanía el alboroto del exterior.

- Oye, no serás un delincuente ¿verdad? Lo digo más que nada porque todo esto es muy raro. No me gustaría ayudarte a escapar y descubrir que eres un psicópata homicida, un ladrón o un preso político – trotaba detrás de él escaleras abajo, lo más deprisa que podía para seguirle el paso.

- ¿Me has visto bien? ¿Tengo cara de delincuente? —dijo parándose en un rellano para mirarla.

- Pues… — ella asintió — tienes cara de zumbado, lo siento.

- ¡No sé cómo puedes decirme eso en una situación así! —la increpó disgustado.

- ¡Me pueden meter en la cárcel sabes!

- Pues si quieres te puedes ir ¿vale? Ya me has ayudado, te relevo de tu obligación de cuidar de mí.

- ¿Es esa tu forma de dar las gracias? Me la estoy jugando sólo por estar aquí hablando contigo. No sé nada de ti, te conozco sólo de hace diez minutos y ya te he visto intentar matar a un hombre, y aún así estoy aquí como una tonta intentando ayudarte.

- Pero…

- Creo que por lo menos podrías ser un poquito más agradecido ¿no?

Se notaba que Hans estaba nervioso otra vez y volvía a tener los ojos llenos de lágrimas. Parecía impotente y desvalido ante esta situación.

- Lo siento. – dijo cabizbajo – Yo sólo quiero salir de aquí. Te agradezco lo que estás haciendo, de verdad, pero creo que esta gente es muy peligrosa, incluso me parece que la policía está comprada y… en fin, mira son muchas cosas así que te las cuento todas fuera.

- ¿Por qué dices que la policía está comprada?

- Te lo cuento fuera, te lo juro. Pero ahora confía en mí ¿quieres? — vio que Verónica dudaba y la habló en un tono más amable— Si no quieres venir lo comprendo, te agradezco lo que has hecho por mí pero yo tengo que irme.

Se dio media vuelta y siguió bajando las escaleras dejando a Verónica con la palabra en la boca. A ella no le costó demasiado decidirse. Estaba dispuesta ayudarle costara lo que costase. Algo en él le recordaba de algún modo a su hermano Antonio, siempre metido en problemas que él solo no era capaz de resolver. La diferencia estaba en que su hermano no le agradeció nunca lo que hizo por él y Hans sólo unos minutos después de haberle conocido ya lo había hecho dos veces.

Estaban en el rellano de la segunda planta. Una pareja de enfermeras salieron de pronto de la puerta que daba a la planta y la sobresaltaron.

- Que susto – susurro Verónica cuando se fueron.

Hans mientras tanto ya estaba un piso más abajo y ella trotó tras él para alcanzarle.

- Déjame que te ayude. Tú sólo no llegarás muy lejos en tu estado y yo tengo el coche en la puerta, puedo llevarte donde quieras, no me cuesta nada.

- Gracias. Muchas gracias. – dijo sincero.

- No te preocupes. Vamos.


******

Cuando Hans y ella alcanzaban el coche de Verónica hacía varios minutos que la habitación desde la que había caído Buer se había quedado vacía, a excepción del viejo que tenía que esperar un rato a que lo trasladasen. El hombre tenía frío con la ventana rota, pero no parecía que nadie le prestase demasiada atención con el lío que se había formado. Ni siquiera iba el personal de limpieza a recoger los cristales rotos.

- Esto es intolerable, ¡una vergüenza es lo que esto!

Al cabo de un minuto apareció un policía con aspecto de bruto. Tenía el pelo largo recogido en una coleta y una perilla rojiza. Medía casi dos metros y parecía que llevase el uniforme hecho a medida porque se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. No dedicó más que una fugaz mirada al anciano que le miraba con recelo y no estaba muy seguro de querer saludarle. El policía se fue directo a la ventana rota y se asomó todo lo que pudo. Desde ahí podía ver perfectamente cómo, a unos doscientos metros, el coche de Verónica salía de la entrada principal del parking y tomaba la curva con dirección a la carretera. Pese a lo lejos que estaba, el policía leyó claramente el número de la matrícula.

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