lunes, 22 de abril de 2013

LA FELICIDAD DEL IGNORANTE




CAPÍTULO 5


Era noche cerrada y la única luz que interrumpía la penumbra del salón provenía del televisor encendido. Frente a él y sentado en un sofá de terciopelo marrón, había un hombre prácticamente estático, con la mirada fija en la pantalla. Apenas pestañeaba, y sólo ejecutaba pequeños y precisos movimientos con las manos en un mando de videoconsola. La música del juego estaba a un volumen muy bajo y sin embargo el hombre del sofá opinaba que si alguien la escuchara durante demasiado tiempo acabaría por volverse loco.



La melodía era terriblemente adictiva, tanto o casi como el videojuego en el que centraba toda su atención. Llevaba unas diez horas jugando y no pensaba dejarlo hasta haberlo completado del todo. Su temática y finalidad eran muy sencillas; un pequeño hombrecito, que él manejaba, debía empujar un pelota en la que poco a poco se iban adhiriendo cosas, primero pequeñas, como gomas de borrar o chinchetas, y a medida que el bolo crecía lo que debía recoger sería más grande, edificios o camiones. Una especie de escarabajo pelotero con afán de conquista mundial. Todo ello aderezado con una presentación multicolor y pseudo-hippie al más puro estilo “Yellow submarine”. Y el guión, así como los diálogos, podrían dar a entender a cualquiera que hubo un gran consumo de estupefacientes en el equipo de realización.

O quizá sería como pensaba el hombre del sofá: que en la sencillez radica el éxito.

Y no es que el juego en sí necesitase de mucha pericia, pero aquel tipo lo manejaba realmente bien, con movimientos certeros y perfectamente coordinados no se le escapaba nada. Pese a llevar tantas horas jugando su postura no había variado apenas, estaba sentado correctamente y sus hombros anchos alineados con la espalda. Era de complexión grande y ancha, rondaba el metro noventa de estatura, y aunque él decía haber engordado demasiado en los últimos tiempos no parecía tener mucha grasa sobrante. Tampoco tenía arrugas, ni siquiera las justas para un hombre que rondase los 35 años como él aseguraba que tenía. Su pelo rubio oscuro, largo y rizado en apretados bucles, lo llevaba recogido en una coleta. Tenía los ojos muy vivaces y atentos, de color castaño claro. Su nariz era muy recta, casi alineada con la frente, como en el perfil griego, y bajo ella, en la comisura de su boca, colgaba un cigarrillo del que apenas quedaba ya el filtro que empezaba a quemarse y a desprender un olor acre. La ceniza resultante se amontonaba olvidada en su regazo.

No se sobresaltó cuando a su lado en el sofá empezó a tintinear una simpática melodía en un teléfono móvil. Le gustaba aquella canción que aparecía en un anuncio de salchichas y siempre dejaba que sonase un poco antes de contestar. No esperaba la llamada pero si estaba asombrado no lo demostró. Con calma lánguida dejó en pausa el juego y contestó.

- ¿Oui?

- ¿Sacher? Soy Gerard.

- Hola, ¿es que no estás en Madrid?

El hombre al otro lado de la línea pareció quedar algo confuso por la pregunta y mientras él aprovechó para tirar la colilla quemada y encender otro cigarro.

- Sí, ¿por qué lo preguntas?

- Porque son las cuatro de la mañana Jerry, sólo por eso. A estas horas los niños buenos como tú deberían estar durmiendo.

- Perdona – dijo algo risueño- Espero no haberte molestado, aunque supongo que a estas horas no tendrás mucho que hacer ¿verdad?

- Podría estar durmiendo.

- Claro… - reprimió una carcajada – Oye, ahora en serio, te llamo porque aquí se está formando un lío muy gordo Sach. Ni siquiera estamos muy seguros de lo que ocurre pero la gente quiere hablar contigo. Dicen que te quieren de portavoz o algo así, y supongo que a mí me toca convencerte para que vengas.

Sacher no movió un musculo, su mirada estaba fija en el alegre muñequito verde que bailaba en la pantalla del televisor esperando que volvieran a ponerlo en marcha. Dentro de él empezaban a agolparse un montón de preguntas y no podía imaginarse las respuestas.

- ¿Portavoz para qué? Qué palabra tan fea, Jerry. Los portavoces siempre acaban cargando con culpas que no tienen y problemas que no les incumben.

- Sacher, por favor, la situación es delicada. —carraspeó Gerard al otro lado de la línea— Hemos tenido una proyección a escala mundial y los profetas están un poco nerviosos. Nadie sabe muy bien dónde meterse ni con quién hablar. Sólo se nos ha ocurrido llamarte a ti para ver si tú puedes hacer algo… - suspiró resignado- Aunque sólo sea decirnos en que cubo debemos meter la cabeza. Estoy hasta arriba Sacher, necesito un respiro.

- ¿Y el Comité de Emergencias?

- No hay, se han echado atrás. Pero hemos pensado…

- ¿Cómo que se han echado atrás? – lo interrumpió sorprendido – No pueden echarse atrás, son el “Comité de Emergencias”. Están para casos así. Para que cuando haya algo gordo os ayuden. Es como si tú llamas a los bomberos y cuando uno de ellos ve el incendio decide que no le gusta su trabajo, es ridículo.

- Lo sé, lo sé… - dijo poco paciente - Pero ya te he dicho que es algo complicado.

- No me lo estás contando todo.

- No, claro que no. – estalló frustrado - Y no te voy a contar nada más hasta que no te tenga delante. La línea puede no ser segura y ya hemos tenido suficiente con que Idos nos dé largas por teléfono, no sé si soportaré que tú también me falles – hizo una pausa y respiró hondo para calmarse-. Mira, prefiero que vengas y charlemos. De ese modo quizá podamos llegar a una solución razonable. Y a lo mejor si esta gente te ve aquí al menos dejarán de presionarme. No tienes ni idea de lo horrible que son un montón de profetas histéricos y cargados de razón.

- Te equivocas. Sí que lo sé.

Le llamó especialmente la atención que Gerard estuviera tan alterado. Aunque era un hombre joven y no llevaba mucho tiempo en esto, no era típico en él perder los papeles ni mostrarse tan nervioso. Por lo general procuraba ser discreto y sosegado, dar su opinión cuando le preguntaban y no perder la calma en momentos de crisis, cualidades que a Sacher le parecían dignas de admiración sobre todo viniendo de un profeta. Estos solían ser orgullosos, como si fueran los elegidos para una labor trascendental que les colocaba por encima del resto del mundo, debido seguramente, a los dones que creían que la madre naturaleza les había dado. Dones que en el fondo, al modo de ver de Sacher, no tenían tanta importancia... Como ellos había habido miles y habría muchos más.

Respiró hondo, e intentó resignarse a una situación de la que por el momento no entendía gran cosa, tan solo sabía que iba a tratar con gente muy excitable. El síndrome de Casandra era el peor mal del profeta… y era inevitable. Como inevitable era también la frustración de aquellos hombres. En la antigüedad el mito de Casandra contaba que fue maldita por Apolo y condenada a ver el futuro sin que nadie la creyese y sin poder hacer nada al respecto. Aunque en la realidad la mayor parte de los profetas fuesen hombres, y aunque la credibilidad de sus vaticinios nadie la pusiese en duda, sí que era cierto que el síndrome de Casandra hacía estragos en ellos en tanto en cuanto sus profecías no podían ser evitadas. Era un mal que provocaba ansiedad, estrés, inquietud, depresión… a veces incluso les llevaba al suicidio. Sacher lo sabía. Sabía a lo que se iba a exponer, y mientras tanto, en frente suya, el pequeño muñeco verde del videojuego seguía bailando en la pantalla, repitiendo siempre los mismos movimientos alegres y dinámicos. Esa frivolidad con que se tomaba la vida era digna de admiración. Condenado a empujar pelotas de basura cada vez más grandes y aún así se mostraba feliz.

Sacher sonrió.

Se sentía identificado con el muñeco porque, en el fondo, todo ese lío profético le daba igual. A su modo de ver, el mundo seguiría dando vueltas aunque se desatara una catástrofe como la tercera guerra mundial. Y lo que lo hacía más patético es que aunque los profetas estuvieran tan alarmados por haberlo visto venir con antelación tampoco se podía hacer nada para evitarlo. Estaba seguro de que Idos también pensó lo mismo puesto que los había dejado plantados. Aquello era su particular pelota de basura y no le importaba seguir empujando. Cada cual afronta la vida con un prisma distinto.

Unos sufren ante la adversidad y otros tratan de sacar siempre algo positivo de los problemas y se ponen a bailar. Y él cayó en la cuenta enseguida de que aquella era una buena oportunidad para salir de casa y estirar las piernas. Miró el reloj. Las cuatro y media de la madrugada.

- Estoy en mi casa, en Blois, así que supongo que no llegaré a Madrid hasta por la tarde.

- Perfecto, vale. Supongo que estarán todos más aliviados cuando se lo diga.

- ¿Crees que no se hundirá el mundo hasta que llegue? – preguntó con sorna.

- No, que va. – contestó Gerard algo más relajado – Si no ya lo sabríamos ¿verdad?

Ambos se echaron a reír. Esta era una de esas situaciones en las que se podían dar los chistes fáciles y dada la tensión acumulada lo mejor había sido aprovecharla.

- Te llamaré cuando esté llegando.

Sacher colgó el teléfono después de despedirse y suspiró cerrando los ojos en la oscuridad. Después tiró el móvil de cualquier manera en la mesita de café que tenía delante y se estiró cuan largo era recostándose en el sofá.

No podía imaginar porqué el Comité de Emergencias les había dado la espalda pero estaba casi seguro de saber la respuesta; y es que el Comité de Emergencias no valía para nada.

“Demasiado han tardado en tirar la toalla.” Pensó.

Dejando a un lado lo ridículo del nombre, había sido una innovadora propuesta para intentar sacarles partido a los dones de aquellos hombres. Una idea planteada por un profeta desesperado, como no, que no era la primera vez, ni sería la última, que se hacía a lo largo de la historia. Pero el Comité en cuestión ya intuía lo que iba a pasar porque había pasado más veces. Cedieron a la idea sólo porque les convencieron de que con las nuevas tecnologías de que disponían habría alguna posibilidad de intentar evitar las desgracias que vaticinaban las profecías. Pero después de lo del 11-S, los atentados en Irak, en Beslán, el maremoto en la India… Estaba claro que no funcionaba y la sostenibilidad del Comité hacía tiempo que se tambaleaba.

Lo más probable fuese que al llegar a Madrid Sacher no pudiese hacer nada. Que todas esas esperanzas depositadas en que él viajase hasta allí y solucionase sus problemas fuesen, de hecho, el intento desesperado de un grupo de viejos charlatanes para evitar alguna especie de masacre que no se podía impedir.

Pero eran profetas, maldita sea. Tenían que estar acostumbrados a las masacres.

Prefirió no darle al asunto más vueltas de las que merecía. Encendió otro cigarrillo puesto que del anterior ya sólo le quedaba una exigua colilla. Miró de nuevo al muñeco bailarín de la pantalla y se despidió mentalmente de él. No estaba seguro cuál de las dos actividades le apetecía más; si seguir jugando a la consola o salir al mundo a ver que le ofrecía. Pero le reclamaban así que los demás ya habían decidido por él.

Apagó el aparato y se levantó del sofá. Ni siquiera se sentía entumecido después de diez horas sentado y, dadas las circunstancias, más le valía no estarlo puesto que tenía por delante otras diez horas más de viaje en coche.

La cocina americana estaba a tan sólo unos metros de él, diseñada en estilo art decó, con fogones y cerámica cocida a mano, pero no se le había dado demasiado uso. Fue directo a la nevera de la que sacó un par de garrafas de plástico de cinco litros. Estaban llenas de agua salada casi congelada.

Antes de salir de casa pasó delante de su colección de cd’s. Decidió que después de la volcánica música del videojuego quería relajarse un poco y escuchar algo más tranquilo. Eligió “The Reminder” de Feist y “Festival from India” de Ravi Shankar. Le sobraría tiempo para oír la radio y hacer un par de llamadas.

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