lunes, 29 de abril de 2013

PIDE AYUDA... QUE NO TE LA VAN A DAR




CAPÍTULO 8


Eran las cinco de la tarde cuando Sacher llegó a Madrid. Hacía cuatro horas que había salido de Burgos y desde entonces no había parado de llover a mares. El temporal, sumado a la inminente Semana Santa cristiana, había alargado su viaje al provocar colapsos en las carreteras y un aparatoso accidente en cadena en la A-1 que había frenado el tráfico hasta casi detenerlo. “Viernes de dolores”, pensó. Pero sus conocimientos sobre meteorología le recordaban que aquellos nimbostratos no estarían allá arriba para siempre, ni siquiera durante mucho tiempo. La primavera se acercaba inexorable y con ella la locura meteorológica. “Nunca llueve eternamente”, se dijo, “en un par de días volvería a salir el sol”.



Hacía mucho rato que se había cansado de escuchar las interferencias de la radio y también los dos discos que se había agenciado al salir de casa. Aún no estaba acostumbrado a los largos viajes en coche y pensó que para la próxima vez debía coger alguno más. En ningún caso estaba dispuesto a oír las noticias, dado que desde su punto de vista la humanidad no hacía más que quejarse. La única alternativa, y solía usarla a menudo, era cantar él mismo lo que le apeteciera, que para el caso era algo así como tener su propia gramola en la garganta. No se ponía pegas a sí mismo pues era bueno con las escalas y arpegios, e incluso salió airoso de un concurso de yodel tirolés al que se había presentado por puro azar. Nadie que le oyera podía decir que se le daba mal cantar.

Aparcó maniobrando muy deprisa, como hacía siempre, y mientras entonaba el “Baila morena” de Zucchero golpeó levemente el coche de atrás al despistarse con el crescendo del estribillo. No se preocupó demasiado por el choque pero decidió callarse. Salió de su Audi A3 llevándose consigo el cenicero lleno de colillas para vaciarlo en una papelera cercana. Volvió a colocarlo en su sitio y tras cerrar las puertas del coche encendió otro cigarro.

En la calle apenas caía ya un ligero chirimiri, tan sutil como irritante que no llegaba a mojar, y aún así la gente se cubría con paraguas o se arrebujaba en sus abrigos, siempre corriendo arriba y abajo para resguardarse.

Tenía la sede europea de los profetas justo en frente. Se encontraba en una vía ancha que delimitaba las dos poblaciones de San Sebastián de los Reyes y Alcobendas, ambas ciudades dormitorio a las afueras de Madrid. La sede no se diferenciaba en nada a un edificio de viviendas de la zona. No tenía un cartel ni llamaba la atención, incluso parecía que hubiesen puesto el telefonillo automático de adorno porque este ni siquiera funcionaba. Por dentro tampoco era muy distinto de un portal convencional aunque en este caso las puertas de los pisos siempre estaban abiertas. Había sido adquirido en su conjunto por un único propietario con la finalidad que ahora lo ocupaba. Las reuniones se llevaban a cabo en la última planta, en un gran ático diáfano que era el resultado de la unión de los tres que se construyeron en origen. Las otras tres plantas tenían las viviendas abiertas, cuatro por piso, con cada cuarto habilitado para el alojamiento de los visitantes ocasionales. Nadie solía quedarse allí mucho tiempo salvo Gerard, el celador, que tenía una casa con jardín interior en la planta baja.

Pero Sacher ni se molestaría en pasar por la sede. Aquello era una nube tóxica de inseguridades que podría explotarle en la cara, y como referencia se veía a sí mismo cuatro años atrás en una situación similar, mientras le rodeaban cincuenta desquiciados y era devorado a preguntas. No estaba dispuesto a soportar él solo otra asamblea como aquella y puesto que los profetas habían designado a un portavoz se limitaría a hablar únicamente con él.

Había llamado a Gerard media hora antes para quedar en la cafetería de la esquina. No era un sitio acogedor, la decoración se componía de unos pocos cuadros viejos de plástico y un par de plantas de tela cubiertas de grasa. Las mesas y sillas eran de metal y el suelo al lado de la barra estaba lleno de servilletas, palillos y huesos de aceituna. “Pero al menos,” pensó, “se está caliente y ponen buen chocolate con churros”. Una mujer chocó con él nada más entrar. Se disculpó fugazmente con un “Perdone, no le había visto” bastante improbable teniendo en cuenta la envergadura de Sacher. Un hombre alto, ancho de espaldas, con cazadora de cuero y peinado tan característico no era fácil que pasara desapercibido. Sin embargo aquello le pasaba a menudo.

Los seis paisanos que había en la cafetería estaban pendientes de las noticias que daban en una pequeña televisión. Incluso Gerard situado al fondo del todo estaba mirándola, encogido en su silla como si con sólo proponérselo pudiera desaparecer del todo. Era un hombre bajito, a duras penas llegaba al metro setenta, de delgadez inexplicable dado todo lo que comía y con el cabello moreno pulcramente peinado. Tenía por costumbre vestir camisas a cuadros y pantalones de pana, y las finas gafas de carey no restaban intensidad a su aguda expresión. Sacher sabía que era un hombre avispado, incluso inteligente, y que su apocada postura y servilismo se debían sobre todo a una estricta educación machista atravesada con el descubrimiento de su homosexualidad a muy temprana edad. Hacía muchos años que se había alejado de sus padres y descubrir en los últimos tiempos que poseía el don de la profecía sólo enfatizó las ganas de no volver a verlos. Cuanto más diferente se sentía menos tenía que ver con su familia.

- Hola – dijo Sacher poniéndole una mano en el hombro. El hombre dio un respingo.

- ¡Qué susto, no te había visto! – murmuró.

- Ya… suele pasar. ¿Qué tal estás?

- Preocupado, - dijo dulcemente sin quitar la vista del televisor mientras Sacher se sentaba – ¿has visto eso?

Miró hacia la pantalla en la que aparecía una reportera pero lo que alcanzó a oír de la noticia no fueron más de tres segundos.

- ¿Qué ha pasado?

Gerard se volvió hacia él con aire preocupado y suspiró.

- Es el hospital de Fuencarral. Ya sé que hablaste con Idos por el camino así que supongo que te habrá contado los pormenores del asunto. – Sacher asintió y el suspiró– Pues hace un rato han empezado a dar esto en las noticias y la sede se ha puesto como loca. Pensábamos que era la noticia y ya nos estábamos tirando todos de los pelos cuando han dicho que un médico del hospital ha salido volando por una ventana.

- ¿Te refieres a que se ha caído?

- Me refiero a que lo han tirado a través de una ventana cerrada. – subrayó intrigante - Y el médico es Buer así que juzga tú mismo.
Sacher abrió mucho los ojos y soltó un silbido por la sorpresa. Buer era una plaga, un cabrón con pintas al que nadie se atrevía a chistar. Es más, Buer era el principal motivo por el que el Comité de Emergencia se había quitado de en medio en todo aquel asunto.

- ¿Me estás diciendo que Buer ha salido por la televisión? ¡No me lo puedo creer!

- Él físicamente no, claro, pero sí su nombre. Le han nombrado en todos los telediarios de todas las cadenas. Incluso han llegado a decir que estaba muerto. Pero el cadáver por supuesto no sale, ni él ni la identidad del que al parecer le ha tirado por la ventana. Dicen que le ha empujado un viejo perturbado que había en la habitación, pero claro, eso no se lo cree nadie. Lo que yo no me explico – continuó deductivo- es que hayan ha filtrado el nombre a la prensa, me parece muy descuidado viniendo de él. No es propio.

Sacher intentaba juntar toda la información que tenía y ordenarla de tal forma que tuviera algún sentido.

- La filtración no es demasiado importante Gerald – dijo tratando de quitar hierro al asunto - . Buer llevaba mucho tiempo erigiéndose públicamente como director del hospital y ni siquiera se molestaba en ser discreto, así que todos lo sabíamos. Seguramente alguna enfermera lo identificó y dio la voz de alarma, por lo que deduzco que el espectáculo ha tenido que ser a lo grande  – negó con la cabeza –. No tío, lo que me preocupa es quién ha tenido los huevos para hacerlo y por qué, teniendo en cuenta la que se nos viene encima.

- ¿Y no te has parado a pensar que quizá tenga relación con el incendio?

- Sí que parece estar relacionado pero no puedo imaginar cómo.

- Quizá sea el motivo que lo provoque. Es decir que tenemos a un montón de profetas en todo el mundo que ven un incendio monumental en ese hospital ¿me sigues? Un incendio en el que mueren del orden de entre 2000 y 3000 personas.

- ¿No te pasas un poquito?

- Sach… tú no lo has visto, no lo has sentido. Pero te juro que el pánico que da la visión es espeluznante. No se ve más que el incendio del edificio pero aún así tiene tal intensidad el sueño que se me ponen los pelos de punta solamente de contártelo. ¡A Julio le dan arcadas cada vez que lo hablamos!

- Vale – dijo frotándose los ojos con las manos.- ¿Y qué más?

- ¿Qué más? – contestó indignado tratando de no alzar la voz– Pues que el Comité de Emergencia se ha retirado porque ese tío y sus secuaces les causan pavor y…

- ¡Eh, eh… para el carro! no se trata de miedo Gerald, se trata de respeto. Por mucho que no nos guste lo que haga en su hospital no es asunto nuestro. Y antes de que te pongas como una hidra te diré que se ha investigado y no hemos encontrado nada a simple vista que diga que esté haciendo algo fuera de lo normal en ese hospital tan cutre que se ha montado.

- ¿Y eso no te extraña? Es decir, ¿me estás diciendo que no te parece raro que Giovanni Buer no haga nada “fuera de lo normal” en un hospital?

- Me extraña… - titubeó- Claro que sí, es raro… pero por ahora no es asunto mío. Lo que sí me concierne es que 3000 personas según tú vayan a morir dentro de unos días por el incendio de ese hospital. Y la relación entre eso y el incidente de hoy no acabo de entenderla.

- Pues quizá sea tan simple como que al no poder seguir dirigiendo el hospital los Djínn acaben por quemarlo entero y mandar a la mierda a todo el que esté dentro. – contestó algo fuera de sus casillas.

- Esa sí que sería una actuación típica de Buer.

- ¿Y qué piensas hacer?

- Nada – dijo encogiéndose de hombros.

- ¿¡Nada!? ¡Esto es indignante!

- ¡Cálmate ¿quieres?! – dijo mirando incómodo a su alrededor- No se puede hacer nada, ya deberías saberlo, de hecho todos deberíais saberlo. No se puede cambiar nada de vuestras visiones Gerald, no se puede salvar la vida de alguien que has visto morir. Las profecías no funcionan así. Lo que tú veas se va a cumplir sí o sí y no hay más vuelta de hoja.

- Pero es que nosotros no hemos visto gente muriendo Sacher, sólo hemos visto el incendio y todos coincidimos en ello. ¿Y si resulta que no hay muertos? ¿Y si da la casualidad de que si actuamos, de que si hacemos algo al final no muere nadie?

- Eso es una contradicción Gerald.

- ¿Por qué? – preguntó desesperado.

- Porque si no fuese a ocurrir algo terrible entonces no habrías tenido esa visión y tú y yo no estaríamos hablando. Vuestras visiones se basan en la capacidad que tienen los actos que predecís para influir en las personas y en el Cambio. Los hechos en sí no son significativos para quien aparece en ellas, lo que realmente importa es la onda expansiva de emociones que genera ese único acto, la repercusión que tiene en los demás. El muerto, muerto está, pero el dolor que deja tras de sí en los demás, los acontecimientos que se suceden a partir de un solo segundo es lo que hace que vosotros podáis adelantaros al momento. Y si sólo lo ves tú es que el implicado es allegado a ti, y si lo ven muchos alrededor del mundo es que es importante para todos.

- Sí eso ya lo sé. - contestó Gerard exasperado- Toda esa teoría ya la sé aunque estoy seguro de que algo se nos escapa.

- ¿Cuándo has tenido una visión sobre algo irrelevante Gerard?

- Nunca Sacher, nunca. - dijo a sabiendas de por dónde iba su amigo- Pero en toda visión hay variables. Yo puedo ver morir a una persona asfixiada pero en mi visión no se concreta si sufre o no. Si está consciente o no.

- ¿Y qué sugieres entonces? ¿que matemos con sedantes a todos los pacientes del hospital para impedir que sufran? - él lo miró con sorna- ¿No te parece eso un poco grotesco?

- Yo no he dicho eso, sólo digo que en varios incidentes muy serios se evitó la muerte de mucha gente sólo con cambiarles la hora al despertador, retrasando un tren… ¡yo que sé!

- ¿Se puede saber por qué estás tan alterado?

- Mira Sacher, lo que más me fastidia es vuestra fácil disposición a no hacer nada en este caso. Quizá si sólo se revisaran las alarmas del hospital…

Sacher frunció el ceño.

- No.

- O el sistema de los aspersores de incendios. – Sacher negaba con la cabeza y Gerard suspiró- Pretendéis que nos quedemos sentados de brazos cruzados ¿no? ¡Qué lo veamos en las noticias mientras comemos palomitas!

- Escucha Jerry, si tu suposición es cierta y son los mismos Djinn quienes le prenden fuego al edificio… - se encogió de hombros – entonces no hay nada que hacer. Y si por el contrario el incendio es accidental, entonces… bueno, es su territorio y por lo tanto tampoco podemos meternos. Sea como sea no se puede hacer nada.

Gerard bajó deprimido la cabeza y la hundió entre las manos al borde del llanto. No es que esperara sacar nada en limpio de aquella reunión, pero siempre había conservado una mínima esperanza de que Sacher les echara un cable intercediendo por ellos ante el Comité de Emergencia. Ahora le parecía haber hecho el ridículo, algunos de sus colegas del gremio le habían advertido de que no había nada que hacer. Vio que estaban tan alterados cuando el Comité se negó a hacer algo al respecto que se presentó voluntario para hablar con Sacher en nombre de todos. Pensó que con esa idea al menos él actuaba en lugar de discutir y poner verde a otros. Los más viejos se rieron en su cara y le tacharon de novato, no obstante le dejaron hacer lo que le viniera en gana, a sabiendas de que no conseguiría nada con ello. ¿Pero qué otra alternativa tenían, llamar a los bomberos, a la policía? Ni siquiera sabían el día ni la hora exacta y no serviría de nada dar la alarma a destiempo.

- Tranquilo chico, – le dijo Sacher con irónica paciencia mientras encendía un nuevo cigarrillo – ya suponía yo que me hacías venir para nada. ¡No te enfades! – dijo al ver su mirada – En realidad he venido a animarte un poco y a tomarme una caña contigo que falta te hace. Tienes que tomarte estas cosas más a la ligera. Incluso esos viejos cascarrabias del gremio le dan a estas alturas menos importancia de la que quieren dar a entender. Lo que pasa es que están mayores y necesitan meterse con alguien, ya sabes... Con alguien que no sea ellos mismos.

Gerard pensó que tal vez su amigo podía tener razón pero que aquellas palabras sólo hacían que se sintiera aún más estafado. Por un lado, según él, los profetas resultaban ser carcamales que se quejaban de injusticias a sabiendas de que la situación no tenía arreglo, aquella actitud le parecía terriblemente inmadura en personas que se las daban de profesionales. Por otro lado estaba el Comité de Emergencia que, lejos de poner algún remedio, salían corriendo en dirección contraria. Y ahí delante tenía a Sacher… Bueno, en realidad Sacher no le defraudaba porque ya sabían todos que él no se complicaba la existencia. Había ido a hacer exactamente lo que se esperaba de él: Nada.

Le miró un momento fijamente a los ojos, de color ámbar oscuro y reconoció en él a un hombre joven y atractivo, de extrañas facciones, con aquella nariz tan recta en su cara ovalada. Se dijo que quizá si no le conociese, si las circunstancias hubiesen sido otras, podría haberse enamorado de él.

Sacher le sonrió divertido y Gerard se sonrojó al darse cuenta de que él sabía lo que estaba pensando.

- Lo siento — dijo mirando hacia otro lado.

- No pasa nada — contestó quitándole importancia.

Calló en la cuenta de pronto de que Sacher estaba fumando.

- ¿Desde cuándo te ha dado por fumar? -  preguntó muy sorprendido.

- ¡Bah! Es por una apuesta que hice… Y estuve pensando en fumar en pipa pero es demasiado engorro. Tienes que ir cargando el tabaco y todo eso. Así es más fácil, abres el paquete y enciendes. No te preocupes hombre –dijo riendo al ver la cara de sorpresa de su amigo-, es sólo temporal. Hasta que pille un cáncer.

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