lunes, 22 de abril de 2013

VIEJOS RECUERDOS, NUEVOS TEMORES



CAPÍTULO 4


La lluvia y el viento quedaron fuera del portal como huéspedes indeseados, pero igualmente el frío desagradable la acompañó hasta el tercer piso donde estaba su apartamento. Su pelo largo y rizado estaba totalmente empapado al igual que la ropa que llevaba, porque llovía tanto y desde tantos frentes distintos que llevar paraguas no le había servido de nada. Había tenido un día de perros, pues su trabajo y el mal clima solían ir cogidos de la mano; cuando hace viento y cambian las temperaturas las telecomunicaciones siempre funcionan mal ¿y qué hace entonces la gente cuando se queda en casa y no puede conectarse a internet? Llaman al servicio técnico, a los teleoperadores, aquellos que deben saber todo, los que todo deberían arreglar al instante.



Y Verónica era eso, una sencilla y mal pagada teleoperadora.

Necesitaba con urgencia una ducha caliente. Dejar fluir el problema. Que se fuera el malestar por el desagüe mientras se regodeaba en la idea de que ya estaba de vacaciones. Entró en la casa cálida y acogedora, pero tan sólo había disfrutado un momento de la tibia calefacción mientras guardaba las llaves en la entrada, cuando su compañera de piso Sara salió a recibirla muy nerviosa.

- Tranquila que no soy un ladrón. – la tranquilizó ella al verla alterada.

- No es eso. Perdona. – Sara tenía mala cara. – Es que me acaban de llamar… Manu se la ha pegado con el coche ¿me puedes llevar al hospital?

Se quedó impactada y sin saber muy bien qué decir ni cómo reaccionar. Manuel era el novio de su amiga y además conducía como un lunático ¿cómo no iba a estar alterada? Decidió que Sara no parecía estar para preguntas y accedió.

- Si, venga vamos.

Su compañera cogió temblando el abrigo, era puro agobio y no dejaba de maldecir a su pareja por ser tan imprudente.

- Gracias Vero, ¡que Dios te lo pague con un buen novio! – bromeó sin ganas mientras bajaban las escaleras del portal.

- No pasa nada mujer. – contestó ésta resignada – ¿A qué hospital vamos por cierto?

- Al de Fuencarral. Como ha sido en la carretera de Burgos lo han llevado allí.

Sara no pudo percibir el sobresalto en su amiga, pero al oír el nombre del hospital un resorte saltó en el interior de Verónica y la trajo viejos recuerdos amargos. El día parecía ir a peor.

“Otra vez al coche y a tragar mas lluvia. ¡Y al hospital encima! Tenía que ser ese hospital…”

Había sido allí donde años atrás habían ingresado a su hermano. Sabía lo que era la sala de espera de una urgencia y más concretamente de esa, pero aún así no podía negarse ¿Y qué podía decirle a su amiga? ¿Qué te lleve otro?

De vuelta en la calle tuvieron que mojarse más de la cuenta hasta llegar al coche de Verónica, un Citroën C3 de segunda mano, que había tenido que dejar unas calles más lejos, porque en aquella zona era casi imposible aparcar después de las ocho de la tarde. Una vez dentro, el automóvil se resistía a arrancar y Verónica vio como su amiga empezaba a mover las piernas de forma rítmica y nerviosa.

- Calma, seguro que no es nada. – intentó tranquilizarla- ¿te han dicho si tiene algo?

- Me ha llamado su hermana pero yo de esa no me fio. Lo mismo le han dicho que se ha roto el cráneo y esa no sabe ni lo que es. – Verónica se echó a reír, su amiga parecía más cabreada que preocupada, aunque tenía los ojos húmedos.- como vuelva a pasarse del límite me va a oír… eso si no se ha cargado el coche claro.

Verónica pensó que había cosas peores que el coche de las que preocuparse pero creyó más apropiado no decir nada. Consiguieron arrancar y ponerse en marcha. La lluvia, el tráfico y las conflictivas obras de la M-30 hicieron que un trayecto de 20 minutos se demorara casi una hora interminable para la preocupada Sara.

Cuando llegaron resultó que Manuel estaba fuera de peligro… aunque había destrozado el coche. Siniestro total. Caput. Según comentó su hermana, que ya había hablado con él, la excusa que había puesto Manu era que llovía demasiado y el pobre e inconsciente chico no sabía pisar el freno cuando se trataba de una curva. Decía que no era su estilo. Los médicos informaban de que estaba consciente y bien. En un momento dado dijeron que quizá tuviera algún hueso roto en el pie pero faltaba aún saber cuál era.

Todo el mundo parecía estar aliviado, e incluso feliz hablando en la sala de espera. Para Verónica estar allí tenía otro significado y no se sentía muy sociable. Recordaba la llamada del médico a casa que le dijo de cualquiera manera, como quien da el parte del tiempo, que su hermano estaba en coma, ingresado por sobredosis. Nunca perdonaría a ese hombre su falta de tacto.

Veía a los padres de Manuel, a su novia, a sus amigos, casi despreocupados. Que Manu se la hubiera pegado con el coche y que fuese culpa suya era una faena; pero dejando a un lado obviedades, no es lo mismo moralmente ir a un hospital porque has tenido un accidente de coche que porque seas un drogadicto. La gente no lo acepta de igual manera.

La tarde que Verónica y su familia pasaron sentados en aquellas mismas sillas no había nadie más que ellos tres. Tener un hijo y hermano toxicómano no es algo que te apetezca compartir con más gente. Los pocos amigos que Antonio tenía en aquella época eran iguales o peor que él, así que lo mejor era que no se presentaran si no querían que se montara un follón.

Fue una espera triste y solitaria porque ni siquiera entre ellos tenían ganas de darse ánimos. Cuando lo estabilizaron y por fin lo subieron a la U.C.I. las visitas siguieron en una pequeña habitación donde se turnaban para pasar las noches junto a él. Sus padres parecían más unidos que nunca.
Verónica en cambio se sentía cada vez más distanciada.

Después vino el despertar de Antonio y con él más drama.

Ciclos de recuerdos terribles se repetían una y otra vez aquella tarde varios años después. Trataba de atender a las conversaciones de Sara, socializar con algunas personas que no conocía, incluso había risas de vez en cuando.

Claro, Manuel estaba fuera de peligro, lo había dicho el doctor.

Tardaron tres horas eternas en dejarles pasar a verlo y darles el informe médico definitivo. Horas interminables para todos, familia y amigos que estaban allí congregados esperando por el loco de Manuel.

Poco a poco los amigos se fueron marchando y a las doce de la noche lo subieron a una habitación. Y qué casualidad que estaba en la misma horrible planta donde había estado ingresado el hermano de Verónica durante dos semanas.

Los médicos, en un alarde de piedad, dejaron que los pocos visitantes que quedaban entraran unos minutos para ver como estaba y despedirse. Verónica espero fuera pacientemente para llevar a su amiga a casa. No le parecía correcto entrar ella en un momento tan íntimo cuando la familia y su novia estaban todos tan preocupados. Ya volvería al día siguiente a decirle al Manu cuatro cosas. Necesitaba un momento de soledad para asimilar tanto recuerdo amargo. Se acercó a unas máquinas dispensadoras de aperitivos y bebidas que ya conocía de tiempos pasados.

“Hola compañeras, ¿Cómo os ha ido?”

Oía muy amortiguada la conversación al final del pasillo. Manuel debía de estar bien a juzgar por los gritos de su padre. También se oían risas. Verónica sintió algo así como envidia sana, incluso una sonrisa se le dibujó en los labios.

Saco una botella de la máquina y de repente, cuando estaba abriendo el botellín,  esa pequeña alegría que había sentido la abandonó sin saber porqué.

Fue algo instantáneo y muy raro, como cuando nos dan un susto y se nos cae algo de las manos. Una fuerte impresión y luego desasosiego y tristeza. Miro a su alrededor, y pese a que aquel pasillo no le inspiraba buenos recuerdos, tuvo que admitir que en aquel momento la extraña sensación que la embargaba no tenía relación con el pasado. Era algo nuevo, parecido al miedo e iba más allá. Aunque había pequeños ruidos y murmullos lejanos, la impresión podría definirse como silencio acechante, lo oía todo amortiguado como si se hubiera tapado las orejas con las manos, se le erizó el bello de la nuca y tuvo la sensación de que algo malo estaba a punto de suceder.

Tenía miedo de estar allí.

El pasillo estaba vacío salvo por las enfermeras del mostrador del fondo, pero ellas estaban lejos y Verónica se vio muy sola ante aquella nueva situación. Trató de calmarse aunque muy pronto se dio cuenta de que todo aquello no tenía que ver con la calma. No estaba histérica solo había algo que iba mal.

Avanzó con la intención de acercarse a las enfermeras porque pensó que quizás un poco de calor humano la calmaría. A cada paso que daba sentía un ligero mareo, como si su cabeza estuviera llena de líquido que se moviera a un lado y a otro al caminar. Tuvo la tentación de sentarse pero lo vio inútil. Aquella alucinación tan incómoda creía que sólo podría ahuyentarla si hablaba con alguien, si alguien la distraía.

Sin saber muy bien porqué, mientras avanzaba por el pasillo hacia el mostrador, se colocó delante de la puerta de una habitación, giró sobre sus talones y la encaró de frente, con su nariz a solo unos centímetros de distancia. Allí la sensación frenó en seco.

Como quien se despierta de un sueño, las palpitaciones en la cabeza y el malestar habían desaparecido. Ya no sentía la angustiosa sordera aunque su respiración estaba muy agitada. Sacudió un poco la cabeza para despejarse y se separó de la puerta con recelo. Al otro lado se oía el murmullo de un televisor.

Pensó que el estrés la estaba volviendo loca. Aquel hospital cargado de malas nostalgias, el duro día de trabajo, la proximidad del viaje que iba a realizar la mañana siguiente. “¡Qué mareo más tonto!”. Esperaba que no le volviera a pasar porque había sido muy desagradable.
Contempló los números de la puerta; habitación dieciocho. Pensó que quien quiera que se alojase allí debía de estar sordo como una tapia porque el volumen del televisor era exageradamente alto.

- Bueno, al parecer está bien.- dijo Sara apareciendo a su lado - ¿Qué miras? – preguntó muy extrañada.

- Nada. – dijo en tono cansado - ¿Se ha roto algo?

- ¡Uf! Dos costillas y un esguince en el pie. Su padre dice que ha tenido suerte después de cómo ha quedado el coche. ¿Oye estas bien? Tienes mala cara.

Verónica era muy blanca de piel aunque solía sonrojarse. En cuanto se acaloraba un poco, las pecas de sus mejillas quedaban camufladas entre la rojez y ya no se podían ver. No obstante en aquel momento estaba terriblemente pálida y bajo los ojos se dibujaban unas incipientes ojeras.

- Sí, solo estoy un poco cansada… Como todos supongo.

- Sí, vámonos. Por cierto que Manu me ha dicho que te eche la bronca por no pasar. Le he dicho que habías prometido venir a verle mañana.

- Claro, mañana vengo a verle.

Y volvió. Si lo había prometido no tenía más remedio que volver.

Verónica había conocido a Ismael por internet y no le gustaba reconocerlo. Pensaba que la idea de conocer a gente por correspondencia tenia implícito cierto matiz de desesperación. Era casi admitir que puesto que no eres capaz de encontrar pareja por los métodos tradicionales tenias que recurrir a tácticas en las que desde un principio no se daba la cara, como si tuvieras algo que esconder. Cuando le preguntaban cómo era posible que tuviera un novio barcelonés siempre escurría el bulto diciendo que lo había conocido en un viaje.

Esa noche cuando llegó a casa se tuvo que quedar hasta las dos de la mañana haciendo la maleta. En un principio pensaba salir muy temprano hacia Barcelona pero había prometido pasarse por el hospital a ver a Manuel, así que tuvo que hacer reajustes en el plan. El horario de visitas empezaba a las nueve por lo que dedujo que no saldría de Madrid antes de las diez o diez y media de la mañana. Mandó un mensaje a Ismael con el cambio de planes y la respuesta llegó unos minutos más tarde con estas abreviaturas.

“Uns oras – sn brt? Cn lo q t exo d-… spero q tdo bien. Tq. Bss”

Muchas veces ni entendía lo que le ponía en los mensajes.

Pero "Tq" sí que lo entendía, es decir: te quiero. Luego él le preguntaba que por qué ella nunca decía que le quería.

Era fácil eludir esa pregunta si se animaba a hacerse la interesante, decía que le habían hecho mucho daño, que no se fiaba de nadie y bla, bla, bla… el clásico rollo de persona inaccesible. La verdad, según ella, siempre es más cruel, y es que Verónica tenía claro que no se puede querer a alguien a quien conoces de dos semanas o incluso de dos meses. En ocasiones es necesaria toda una vida para que un día y sin más durante el desayuno decidas decirle a tu marido que le quieres. Así que en realidad cuando alguien la decía que la quería, y Verónica se ponía en su papel de tía dura, lo que en realidad trataba de ocultar era que esa persona le daba pena. No se puede ir queriendo sin más a la gente por ahí, si no ¿qué clase de mundo seria este?

Conocía a Ismael desde hacía dos meses. Tenía el pelo moreno y aunque de cara no era muy atractivo su cuerpo era de los que quitaban el hipo. ¿Qué tipo de persona con un físico así se echaba novia por internet? Verónica todavía estaba tratando de averiguarlo. No estaba enamorada pero tenía planeado enamorarse en las próximas dos semanas de vacaciones que iba a pasar en casa de él. Era un buen partido y no lo podía desaprobechar. Gracias a dios no era de esos solteros que a los 30 años aún viven con sus padres, nada de eso. Ella sabía que Ismael tenía un buen puesto en una empresa de “no sé qué” haciendo “no se sabe”. Ya pondría más en empeño en averiguarlo esos días. Había prometido llevarla a la playa así que metió el bañador aunque estaba convencida de que haría un frio de muerte.

Llamaron a la puerta de su habitación.

- Me voy a dormir ya, – dijo Sara soñolienta y en pijama. Al verla con las maletas se sobresaltó. - ¡Ah! Si te ibas mañana ¿no?

- Sí, estoy terminando de hacer el equipaje y me voy enseguida a dormir.

- Ponte ropa picarona. – dijo pellizcándola el brazo.

- Para ser picarona no me hace falta ropa. – contestó devolviéndole el pellizco con simpatía – Por cierto que me pasaré mañana por la mañana a ver a Manu para que luego no venga quejándose.

- ¡Va! – dijo haciendo un desaire con la mano – no te preocupes. Seguro que dentro de dos días lo mandan a casa.

- Vaya susto te has dado ¿eh?

- Calla, prefiero no pensarlo. – dijo con una chispa de pena - ¡Ese sólo me da disgustos! – exageró echándose las manos a la cabeza. Y se echaron a reír.

-Bueno, de todos modos me hubiera gustado verle así que me pasaré mañana.

- Te he visto un poco rara, – le recordó – ya sabes, en el hospital.

- Es que los hospitales no me gustan nada y menos ese. Las salas de espera me dan mucho yuyu.

- Jo, vaya, no lo sabía… si no quieres no vayas mañana, seguro que Manu lo entiende ¡y si no que se aguante!

- No… he dicho que iría y voy. – cortó tajante- además no me gusta dejar que me puedan las neuras. Prefiero enfrentarme a las cosas antes que pensar que soy una miedosa.

- Ya, bueno... ¡Yo en cambio soy una miedica!

- Lo sé. – dijo riendo Verónica- Pegas un brinco cada vez que hago ruido con los cacharros de la cocina.

- ¡Pero no me importa reconocerlo! Cada uno es lo que es y cuando algo me da miedo prefiero no hacerlo y punto. ¡Que lo haga otro!

- Anda que… - no sabía que añadir ante las convicciones de su amiga.

- Bueno, me voy a acostar –concluyó-. Que tengas buen viaje mañana.

- Gracias guapa. – y se dieron dos besos.

Verónica terminó de hacer la maleta y se metió en la cama. No sabía que le gustaba menos, si la perspectiva de seis horas en coche o tener que madrugar para volver a ese hospital. Se tapó la cabeza con las sábanas y barajó la posibilidad de quedarse en la cama los siguientes quince días.

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