sábado, 4 de mayo de 2013

EN EL LÍMITE DEL BIEN Y DEL MAL




CAPÍTULO 10

Al salir Carlos se abrazó a sí mismo con fuerza cuando el aire de la calle le dio en la cara helándolo hasta los huesos. Apenas llovía ya, pero había un poco de viento frío haciendo estragos entre los transeúntes. Él solía llevar puesto el uniforme bajo la gabardina cuando hacía el trayecto entre su casa y la comisaría, otros no lo hacían así y lo dejaban en la taquilla o sólo se ponían parte del mismo cuando estaban fuera del trabajo.



Quizá fuera por vergüenza o quizá por pura comodidad. En su caso era una cuestión de pulcritud porque no le gustaba ensuciar más ropa de la necesaria.

Sin embargo aquel día tuvo que cambiarse por completo y llevarse el uniforme en una bolsa para poder tenderlo en casa porque estaba empapado. La tromba de agua que había caído durante la tarde fue suficiente para calarle hasta los huesos en los pocos minutos que pasó a la intemperie. Tuvo suerte por haberse acordado de dejar ropa de repuesto en su casillero. También tenía allí un pequeño paraguas.

Cuando se metió en el metro los andenes estaban abarrotados de gente. Normalmente el trayecto a casa lo hacía en coche, para él era lo más cómodo, pero aquella mañana vio que llovía y al imaginarse los atascos que le esperaban decidió usar el transporte público aunque este no le gustase demasiado.

Carlos pensaba que el metro sacaba lo peor de cada persona. Todos empujaban frenéticos en las puertas al salir y sobre todo al entrar, de ese modo los primeros ansiosos en llegar podían coger los anhelados pocos asientos que aún quedaban libres. Empujones, gritos, robos, codazos, pisotones… Carlos no soportaba la mala educación, la odiaba. Le ponía de mal humor ver cómo mucha gente miraba a otro lado cuando una persona mayor entraba en el vagón. Era vergonzoso.

Dos paradas antes de llegar a su destino se subieron al tren un grupo de cuatro adolescentes. Gritaban, hacían ruido, y ahora que el vagón estaba más vacío, se colgaban de las barras o se empujaban insultándose. Carlos se estaba poniendo nervioso. No es que fuese un viejo carcamal, sólo tenía cuarenta y tres años, pero esa manía de causar alboroto, como por ejemplo cuando ponían música estridente a través del móvil o empezaban a cantar a coro cuando estaban en un lugar público, no la soportaba y le daba vergüenza ajena. ¿Acaso no tenía el ciudadano derecho a viajar con un poco de paz? ¿A leer un libro tranquilamente? ¿A meditar en sus cosas?

¿Dónde estaban los padres de semejante rebaño?

Carlos se había negado en rotundo a tener hijos. De ahí que Isabel se marchara. No podía soportar la indiferencia de él ante una necesidad tan perentoria, tan vital. Ella era cariñosa y vivaracha, quien tiraba de él para hacer las cosas, para salir, para relacionarse. Eran dos personalidades opuestas y aún así compatibles el uno con la otra. Ella aportaba el cariño y él la serenidad. Ella organizaba todo y el disponía los medios. Hacían un buen equipo incluso en la cama. Todo era perfecto salvo que lo único en lo que Carlos nunca cedió fue en darle hijos. Ni siquiera uno. Pero ella no estaba dispuesta a pasar la vida sin descendencia. Sin un par de patitas cortas que corretearan por la casa, como ella decía. Al final esa diferencia entre ellos fue irreconciliable. La ruptura, por extraño que pareciese, no fue traumática para él. Todo pasó demasiado deprisa; un día estaban discutiendo y al siguiente no se volverían a ver jamás. Isabel le acusó de no quererla y una vez que se hubo ido, él pensó que a lo mejor ella tenía razón. No sentía nada cuando la recordaba, apenas un poso de triste nostalgia de vez en cuando.

Se sintió decepcionado consigo mismo por esa displicencia. Pensó que había pasado demasiado tiempo con una mujer que no le inspiraba nada y ni siquiera se había percatado. Cuando se encontró solo no se veía diferente a cuando tenía pareja. Descubrió sobre sí mismo que en realidad siempre se había sentido sólo, con Isabel y sin ella, y nunca le había parecido tan importante como para ponerle remedio.

Quizás es que no conocía nada mejor.

Pero el hecho de que su actual novia fuese psicóloga era una casualidad. Él no había buscado consuelo en ningún gabinete psicológico, ni lo haría si podía evitarlo. No le preocupaban en absoluto su falta de empatía o su limitada capacidad para sufrir. Él era así y no iba a cambiar.

Cuando conoció a Elena fue ella a buscarlo a la comisaría. Se sentó enfrente de su escritorio con una historia absurda y una petición ambigua. Para empezar estaba segura de poder relacionar dos casos que no parecían tener nada que ver entre sí. No quería poner una denuncia, sólo quería que alguien lo investigara.

Él pensó que, dejando a un lado su patente belleza física, la chica era una pobre ilusa.

Hacía dos años que aquella mujer había entrado en la comisaría silenciosa como un gato. Ni siquiera la había visto hasta que estuvo sentada delante de su mesa, con sus manos finas de dedos largos sujetando el pequeño bolso sobre sus rodillas, la melena rubia sujeta en un complicado moño y su mirada azul, tan impactante y eléctrica que casi se sentía intimidado.

Decir que era bonita se quedaba corto.

Carlos nunca entendió cómo Elena, con una belleza tan serena y dulce, no se había dedicado al modelaje en lugar de tratar a niños perturbados. Puestos a dudar, tampoco entendía por qué le había elegido a él como pareja.

A ella le gustaba llevar vestidos caros, ir siempre a la moda, moverse independiente, ir de viaje con las amigas… Él no ponía pegas a todo eso pero era consciente de que Elena vivía por encima de las posibilidades de una joven psicoanalista. Por extraño que parezca ella nunca le dijo su edad, siempre contestaba con evasivas, pero Carlos estaba seguro de que no llegaba a los treinta. También podía ser una niña de papá, eso tampoco lo sabía, aunque lo cierto era que Elena no tenía ese típico talante prepotente que para Carlos marcaba la diferencia de las niñas bien. Era una muchacha humilde y respetuosa, le gustaba ayudar incluso a los miembros más andrajosos de la sociedad, se volcaba mucho en su trabajo y era perfeccionista con todo lo que hacía. Y lo que a Carlos le llamaba más la atención es que era increíblemente lista. Podía mirarle a la cara y saber al instante que algo iba mal… o bien según el caso.

El día que la conoció lo primero que ella le dijo fue que él era la persona idónea para contarle sus sospechas. Lo primero que pensó él fue que era una pena que una chica tan guapa tuviera tantos pájaros en la cabeza.

Empezó contándole, como quien no quiere la cosa, una historia sobre una amiga suya que había perdido un hijo. Era algo muy triste no cabía duda. El chico, de trece años de edad, había salido un día de excursión con sus amigos a montar en bici por el parque Juan Carlos I, se calló y se torció la muñeca con el consecuente esguince. Los amigos, ante el dolor que el niño padecía, ni se molestaron en llamar a su madre, directamente hablaron con un guardia del parque y este a su vez pidió una ambulancia. Cuando le llevaron al hospital le pasaron directamente a observación y le tuvieron allí cuatro horas, algo realmente insólito, sin que nadie pudiera pasar a verle y sin que ninguna enfermera supiera decirles a los chicos qué tal estaba.

Al final, avanzada ya la tarde, a uno de sus amigos se le ocurrió por fin avisar a sus padres. Llegaron al rato y exigieron ver al niño. Al principio no les dejaron, y para cuando el retraso ya empezó a hacerse alarmante, un médico muy desagradable al trato salió para avisarles de que el niño había muerto. Todo el mundo quedó desconcertado.

Lo que dijeron los médicos fue que el niño había sufrido una caída de la bicicleta más grave de lo que los otros niños querían dar a entender. Al parecer el impacto había dañado alguno de sus órganos provocando una peritonitis y en consecuencia un fallo multiorgánico que no pudieron frenar a tiempo.

Los padres estaban destrozados. La propia Elena se ocupó de que los dos tuvieran buena asistencia psicológica, pero al cabo de un par de semanas su amiga fue a verla para decirle que sospechaba de los médicos. Para empezar, en el informe forense se detallaban dos grandes cortes que los médicos le habían practicado en la espalda y los de la funeraria le confirmaron que así era. ¿Por qué iban a rajarle la espalda si la operación del peritoneo se llevaba a cabo por delante? No tenía ningún sentido.

También estaban las declaraciones de los niños.

Ellos aseguraban, juraban, que su amigo ni siquiera llegó a caer del todo de la bicicleta, que lo que en realidad pasó fue que perdió el equilibrio y al caer se apoyó con fuerza sobre la mano que se había dañado. La madre argumentaba como prueba de que esto pasó así el hecho de que no había rozaduras en el antebrazo ni en las rodillas, y que de haber sido de otro modo lo primero que su hijo habría apoyado serían los brazos, que estarían a su vez llenos de golpes y heridas.

Ninguna explicación satisfacía a los padres del chico que denunciaron al hospital por mala praxis.

Perdieron el juicio y encima tuvieron que pagar las costas. Lo que pasó con ellos ya es otra historia.

- ¿Y qué? – le preguntó él a su afligida interlocutora – Ellos ya lo denunciaron. Lo que les pasó es horrible pero no se puede hacer nada más.

- Tengo otra historia que contarle – dijo ella con dulzura. Carlos miró el reloj –. Tranquilo, seré breve.

Eduardo tenía 15 años y era uno de los chicos que acudían cada semana a las sesiones con Elena. Tenía un TDA severo y estaban trabajando duro para enfocarlo de un modo positivo y paliar sus problemas de aprendizaje. Llevaba cinco años asistiendo a terapia y no obstante su actitud había mejorado mucho en los últimos tiempos, hasta el punto de que ella estaba dispuesta a darle el alta de su consulta en un par de meses.

Pero un día dejó de ir a una cita ya concertada. Algo que Eduardo nunca había hecho antes.

Asombrada de que no hubiesen llamado para avisar de que no iba se puso ella misma en contacto con sus padres. Apenas quisieron hablar dos minutos pero lo que le dijeron era terrible. El chico había dejado una nota. Su madre no entró en detalles pero en ella Eduardo decía que se iba y que no volvería jamás. Poco después Elena se presentó en la casa directamente. La familia estaba destrozada y al parecer en la nota hablaba también de suicidio.

No parecía probable viniendo de Eduardo, un chico que hacía sólo unos días gastaba bromas a sus padres y salía tranquilamente con su nueva novia. Nadie se lo podía creer.

- De esto hace más de un año. Nunca encontraron a Eduardo ni su cadáver.

- ¿Y se puede saber que tiene esto que ver con la otra historia?

- Al parecer sus padres le llevaron al médico una semana antes por que el chico había vomitado sangre una mañana.

Carlos suspiró algo molesto.

- Supongo que al mismo hospital al que llevaron al otro ¿verdad?

- Sí. – dijo muy ufana – Los médicos se lo llevaron a una sala aparte para diagnosticarle y para cuando la familia se quiso dar cuenta ya lo habían metido en un quirófano, incluso irrumpieron allí cuando ya le estaban embadurnando la espalda con Betadine. Sin consultar a sus padres, sin avisar, sin firmar ningún consentimiento… Nada. Es más no tenían motivos para lo que estaban haciendo. Dijeron que le habían encontrado una úlcera y que le iban a operar. Los padres accedieron pero pidieron ver las pruebas y los análisis que le habían hecho.

- ¿Y qué?

- Que al final no le hicieron nada. — contestó cargada de razón—Ni en la espalda ni en ningún sitio. Le hicieron un pequeño corte en la tripa que suturaron con dos puntos y dijeron que habían operado por ahí… ¡valiente tontería! Se le hicieron pruebas en otros hospitales porque aquel, como es lógico, no daba confianza a la familia. – Ella se encogió de hombros –. No tenía nada.

- Y usted cree que ambos casos tienen relación.

- Sé que la tienen —dijo cargada de razón.

Aquel día argumentaron y dedujeron un rato más. Lo que ella quería en definitiva era que alguien indagase a ver si se daban más casos como aquel para poder poner una demanda en firme.

Carlos no se molestó en alentarla. La policía funciona así: o denuncias o no se investiga. Si lo que quería era una investigación tenía dos opciones: o denunciar al hospital para que la policía se hiciera cargo del caso o bien contratar a un investigador privado para que revolviera entre la basura a ver qué encontraba. Y él desde luego no le recomendaba ninguna de las dos alternativas.

- Meterse con un organismo tan grande que depende del estado no es moco de pavo. Puede usted acabar más escaldada de lo que empezó.

Ella pestañeó sorprendida.

- ¿Aunque sea un caso grave de corrupción?

- Usted puede hacer lo que quiera. Puede poner una denuncia si le apetece pero…

- No quiero denunciar, ya se lo he dicho. Lo que quiero es que con esta información alguien – dijo ese alguien mirándole fijamente a los ojos – se inquiete un poco y mire en esas maravillosas bases de datos a ver qué encuentra.

- Lo siento señorita pero aquí no trabajamos así y, por muy guapa que sea y por muchos morritos que me ponga, no puedo ayudarla. Lo siento. —sonrió seductor.

- No se juega nada, ni pierde nada por intentarlo. – dijo empezando a levantarse-  No le digo que me lo cuente a mí, sólo que lo haga… como hobby por ejemplo. Buscar rarezas es una buena forma de pasar la tarde.

- Ya le digo que…

- Hasta luego oficial.

Ella se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás.

Carlos no volvió a acordarse de aquella conversación hasta varias horas más tarde.

Desde que Isabel le había dejado no le gustaba estar en casa. Por alguna razón y aunque no la echase de menos, encontrarse con el piso vacío le provocaba cierta desazón, como si las paredes y los muebles pudieran reprocharle el haberla dejado marchar. Aquel día decidió quedarse archivando papeles atrasados y entre unos y otros, aparecieron las notas que había tomado aquella tarde en su entrevista con Elena.

“¡Qué chica más bonita!” pensó.

No había podido dejar de mirar su boca mientras hablaba. La curvatura que hacía el labio superior era sensual y perfecta, sin picos, sólo un voluptuoso arco que se asomaba sutil al exterior de su cara, dividiendo en dos reinos la pulpa carnosa del labio y el pálido nacarado de la piel.
Aquella cara le inspiraba poesía. ¿Cómo serían sus ojos vistos al bies del sol de medio día?

No pensaba romper las normas por una mujer. Mucho menos por una que probablemente no volvería a ver jamás. Pero le picaba la curiosidad. ¿Cuántos casos habría relacionados con ese hospital? Tuvo que buscar entre las notas para ver de qué hospital se trataba. En realidad, por muy melódica que fuera su voz, no la había estado escuchando. De los ojos pasó a los labios, de estos al cuello, a los pechos, a las manos, a la figura, al…

El Hospital de Fuencarral.

Ese era el antro en el que cogían a los niños y les hacían operaciones injustificadas para vete tú a saber con qué fin.

La tarea que ella le pedía no era nada fácil. Lo único que se le ocurría era poner un patrón sobre niños desaparecidos que aún no se habían encontrado. El chico que había sido paciente de Elena se fue de casa después de dejar una nota, podía darse el caso de que hubieran ocurrido cosas similares en otros sitios de España.

Según las aproximaciones oficiales cada año desaparecen 12.000 personas en este país. No obstante, pese a lo alarmante que pueda parecer, la mayoría, es decir alrededor del 93 por ciento, desaparecen por propia iniciativa y vuelven a aparecer pasados unos días e incluso unas horas después de poner la denuncia. Unos pocos, el desgraciado 0,7 por ciento, los encuentran sin vida.

El resto, algo menos del 7 por ciento, no vuelven a ser vistos.

Es escalofriante la cifra final. Unas 800 personas de las que jamás se vuelve a saber de ellas. Personas que salen de casa y no vuelven. Personas de las que sus familias no han vuelto a saber nada.

La cifra es aún más terrible si tenemos en cuenta que aproximadamente la mitad, 400 personas, son casos de menores. Y eso solamente en España. En Italia rondaban los 1800 en el 2005 y en Reino Unido fueron 846 los casos entre el 2002 y el 2003 de niños que nunca más volvieron a casa.

La mayoría de las veces los menores son alejados del entorno por alguno de los padres debido a conflictos familiares. Otras, el trágico 1 por ciento, es un rapto en contra de su voluntad que suele acabar en tragedia. De encontrarlos algún día lo más probable es que sólo hallasen los cadáveres.

Así, en España, desaparecen 4 niños al año sin justificación razonable, y se especula que casi siempre el secuestro tiene que ver con un componente sexual.

Datos y más datos. Espeluznantes datos.

La desaparición de Eduardo, el paciente de Elena en Madrid, figuraba en la propia página web de la policía, junto a la de otros dos niños en Canarias, otros tres en la zona de levante, dos más en Andalucía… La lista seguía a medida que miraba más atrás en el tiempo.

Pero en la ficha de ningún modo se relacionaba el secuestro de Eduardo con el dichoso hospital. Y si miraba la denuncia en la base de datos de la policía tampoco se mencionaba nada. ¿Cómo comenzar a buscar algo si no sabía por dónde empezar?

Buscó las denuncias hechas contra ese hospital. En la base de datos se recogían alrededor de cincuenta por negligencias médicas. Sólo diez de ellas tenían que ver con personas menores de edad.

Pero revisando cada uno de esos casos encontró que al menos dos de esos niños figuraban como desaparecidos por diferentes causas y otros tres, entre los que se encontraba el hijo de la amiga de Elena, habían muerto días más tarde de visitar el hospital o en el mismo día en extrañas circunstancias.

No quería ponerse paranoico pero si aquella chica llevaba razón, aunque parecía poco probable, entonces era posible que se estuviese llevando allí algún tipo de actividad delictiva. Debía asegurarse bien antes de decir nada a nadie. Era un asunto muy complicado.

Para empezar uno de los niños que había desaparecido era hijo de padres divorciados y al padre tampoco se lo había encontrado por ninguna parte. Es muy común, cada día más, que se den casos en los que un hijo cuya custodia está a nombre de uno de los padres, normalmente la madre, acabe siendo secuestrado por la otra parte en una visita parental. Esto no es nuevo, de hecho en estos casos en los que ambos, padre e hijo, desaparecen, poco o nada se suele conseguir, ya que por norma la huída se produce hacía el extranjero.

Estos incidentes no suelen levantar alarma social aunque se den por desgracia cada día más.

Así pues, aunque las recientes visitas al hospital antes de los sucesos se encontrasen como un trasfondo común, no había forma de demostrar la relación entre estas y lo que pudo pasarles a esos chicos.

Aquel día, después de pasar la tarde dándole vueltas, salió de trabajar a la una de la madrugada con la cabeza como un bombo y ante las miradas sorprendidas de sus compañeros del turno de noche.

Pero tampoco le dio demasiada importancia una vez hubo salido del trabajo. Ni siquiera se acordó del asunto hasta cinco días más tarde, cuando aquella mujer regresó a la comisaría.

Pensaba que no volvería a saber de ella y, sin querer, se alegró demasiado para su gusto de verla otra vez.

Él no iba a contarle nada sobre el hospital, ya le avisó de antemano. De hecho le dijo que no se había molestado en buscar nada del tema. Se escudó en que aquellos archivos eran confidenciales, estaban controlados y no podía usarlos aunque quisiera para un asunto íntimo. Igualmente, después de ser tan categórico, no se cortó en invitarla a tomar un café después del trabajo. Se sorprendió cuando ella aceptó de buena gana. Pensó que por mucho interés personal que tuviera, él ya la había disuadido dejando claro que no tenía intención de ayudarla.

Pasaron una tarde agradable, hablando de ellos mismos, de sus aficiones y aspiraciones. Elena se desvivía por la gente con la que trabajaba, incluso se había jugado la vida yendo a centros de desintoxicación, cárceles y centros para menores. Ella decía que los jóvenes podían ser muy peligrosos a veces incluso más que los adultos. Él, que había visto de todo, no tuvo más remedio que darle la razón.

Tomaron por costumbre empezar a verse todos los días. De una relación tranquila surgió un amor pausado, dulce y con una pasión que varaba a veces en la contemplación del uno en el otro.

Ella nunca le hizo preguntas acerca del caso que la llevó a la comisaría. Fue él, casi un año más tarde de empezar la relación, el que le contó lo que había averiguado.

Pero las sospechas que ella tenía iban mucho más allá de un par de muertes o desapariciones. Los casos que había relacionado Carlos correspondían a denuncias de los últimos cinco años contra el hospital, pero más de la mitad de las negligencias médicas no se denuncian, por lo que muchas de las muertes y desapariciones en general relacionadas con niños podían tener algo que ver con ese centro y no haber modo alguno de averiguarlo. Incluso estaba convencida de que aquella organización, quienes quieran que fuesen, operaban también en el extranjero.
Carlos tachó aquella actitud de fantasiosa y desproporcionada. Una cosa era sospechar que un hospital hacía experimentos ilícitos con niños, con “algunos” niños, y otra extrapolarlo al ámbito universal.

Nunca había creído de verdad aquella teoría que abanderaba su novia, ni siquiera le había dado demasiada importancia. Para él sólo era la causa de que conociera a una mujer maravillosa. Tampoco Elena, a Dios gracias, era proclive a hablar de ello. De vez en cuando y sacada a colación de otros temas era una anécdota más dejada en el tintero.

Dos años después Carlos pensaba en ello, compadeciéndose de esos adolescentes ruidosos que escuchaban música bacalao a través de un teléfono móvil en el vagón del metro, con un puñado de gente irritada a su alrededor mientras ellos permanecían casi ajenos al odio que generaba su descontrol. Y eran “casi ajenos”, porque el adolescente medio se siente odiado, ni niño ni hombre, rechazado por la infancia a la que ya no pertenece, ninguneado por los adultos que no le comprenden. Sólo sobreviven los que son capaces de olvidar al resto del mundo y sus reproches, los que hacen oídos sordos a las increpaciones y tiran para adelante haciendo que todo y todos les den igual.

“Al final lo único que nos queda es compadecerles” se dijo.

Salió del metro con un poso de tristeza. Englobaba en aquellos chicos todas las desgracias cometidas contra los menores de edad y veía reflejado en sus rostros la culpabilidad de los adultos que no cuidan de nuestros niños. Viven ignorantes sin saber que otros los manipulan, los maltratan, abusan de ellos o los utilizan.

El día había sido duro y aquel maldito hospital volvía de nuevo a su vida.

Nunca creyó lo que Elena le decía hasta que lo tuvo delante. Nunca pensó que fuera una amenaza real.

El día anterior lo habían llamado temprano por un accidente en Gran Vía. No se había registrado algo así en años. Un todoterreno se saltó un semáforo en la intersección de la plaza de Callao lo que dio lugar a una terrible colisión en cadena que se llevó por delante a varios peatones. Uno de los coches estalló en mitad del asfalto. Aún no estaban en hora punta pero había tráfico moderado y eso en mitad de Gran Vía, en un día laborable se traducía en una constante afluencia de coches arriba y abajo. El tráfico quedó parado durante ocho horas y siete ambulancias se desplegaron en el atestado. Seis coches de policía y un camión de bomberos se sumaron para ayudar en el incidente.

Un demencial infierno.

Del coche que explotó no se logró sacar a los dos ocupantes con vida. Un peatón y el conductor del vehículo que embistió el todoterreno, también fallecieron. Había en total 13 heridos, cuatro de ellos en estado crítico y otro en pronóstico grave.

Las oportunidades que había tenido Carlos de ver un suceso similar se podían contar con los dedos de una mano, y de todos modos le parecían demasiadas. La situación a la que se enfrentó esa mañana no era comparable a la de los dos atentados en los que Carlos tuvo que actuar, pero igualmente las escenas de pánico, los gritos de los enfermeros moviéndose de un lado a otro, el fuego, el olor a goma quemada, los mirones, las víctimas… Todo parecía repetirse, todo era lamentablemente igual.

Él y dos compañeros más de la comisaría se volcaron en ayudar a los sobrecargados enfermeros para mover a la gente menos magullada. Muchas personas que se encuentran en situaciones similares no saben cómo actuar y necesitan que los más veteranos tomen las riendas y les inspiren un poco de seguridad. Le llamó la atención un policía que en mitad del tumulto permanecía sin moverse con la mirada serena, como si estuviera en mitad de un parque y reinara la calma. Dos veces se cruzó con él, un tipo con coleta pelirroja, y las dos veces seguía en el mismo sitio sin moverse. Aunque aquel hombre por su aspecto parecía mayor que él, su actitud le delataba como alguien que está en estado de shock. Quedaba claro que para el pobre hombre era la primera vez que veía un escenario tan dantesco.

Llevaban tres horas sacando a la gente de los coches y moviendo heridos cuando alguien empezó a gritar y después se le unieron un coro de voces. En ese momento Carlos salía de una de las ambulancias y pudo ver que los gritos provenían de un grupo de enfermeros cerca de la marquesina del Avenida, un viejo cine ya cerrado que había sufrido el impacto de uno de los coches y que había descolgado un gran cartel que parecía a punto de caer. El coche, que estaba dado la vuelta y ligeramente ladeado hacia afuera, aún echaba humo, y encima de él estaba el policía traspuesto que no se había movido en toda la mañana y que parecía hacer oídos sordos a los gritos de los compañeros. Carlos estaba sorprendido porque aquel hombre debía haber perdido la cabeza. Pero el policía no hacía caso y se metió entre el coche siniestrado y un hueco en la pared del edificio, para después retirar a pulso un poco el coche haciéndolo girar sobre sí mismo. Nadie entendía semejante riesgo hasta que un minuto después el hombre resurgió de detrás del coche llevando a un chico joven en los brazos.

No hubo vítores ni aplausos. No era una proeza lo que acababa de hacer. Todos los que estaban allí sabían, era de pura intuición, que el más mínimo movimiento en falso del coche podía haberlos sepultado a los dos bajo los escombros de la marquesina del cine. El cartel que estaba a punto de caer se desprendió horas más tarde cuando retiraron el coche. Aquel idiota parecía un novato. Se había saltado a la torera toda norma del procedimiento para hacerse el héroe.

Había que admitir que al inspeccionar los coches durante las primeras horas de la mañana habían pasado por alto al chico que estaba atrapado, pero eso no era motivo para lanzarse desenfrenadamente a ir a buscarlo.

El chico aunque estaba inconsciente no parecía tener heridas grabes, sólo un par de magulladuras en los brazos. Igualmente lo subieron a una de las ambulancias para llevarle al hospital y hacerle unas pruebas. Su salvador no se separaba de él. Todos estaban recelosos y Carlos decidió acercarse y poner las cosas en su sitio.

- ¿Habéis mirado si tiene documentación?

Peguntó adrede a los enfermeros pasando por alto al otro policía. Quería restarle importancia a lo que había hecho para ver si así se le bajaban los humos.

- No llevaba nada… creo. – dijo dudando el joven enfermero mientras alternaba su mirada de un policía y a otro.

-No llevaba nada. – contestó quedamente el héroe.

- Entonces – se dirigió de nuevo al enfermero - dime a que hospital le vais a llevar para ir luego yo a tomarle las huellas.

- Voy a ir yo. – intercedió el otro muy seco – Seguro que a ti se te amontona el trabajo con la que hay aquí montada. Tranquilo, que yo me ocupo.

- ¿De qué distrito eres? — inquirió molesto— Es la primera vez que te veo por aquí.

El aspecto de aquel hombre no le gustaba nada. Con esa perilla rojiza y los ojos agresivos. No se le veía en la cara el engreimiento del típico paleto que acaba de salvar a alguien de morir, ni siquiera parecía satisfecho de sí mismo. Carlos se dio cuenta de que lo suyo era una absoluta falta de empatía con la catástrofe que les rodeaba.

- Me envían de Fuencarral como refuerzo.

- Vale pues no te preocupes más por “reforzar”, de este chico ya me encargo yo.

- ¿Tienes algún problema?

- ¿Yo? No, que va —dijo a punto de perder la paciencia—. Pero subiéndote a ese coche podías haber matado una persona y haberte matado tú. Aparte de que llevas toda la mañana sin mover un dedo me parece que ya has hecho suficiente.

Aquel policía miro a Carlos de una manera particular. Entrecerró los ojos como si le estuviera midiendo y después levantó sonriente las manos mientras se apartaba de la ambulancia.

- Todo tuyo. – dijo frívolo.

Carlos vio cómo el policía se alejaba y se metía en un coche patrulla.

- ¿A dónde le vais a llevar? – preguntó al enfermero que aún estaba allí perplejo por la discusión.

- Él insistió mucho en que le lleváramos al hospital de Fuencarral. – dijo encogiéndose de hombros - Supongo que para tenerlo más cerca si está allí la comisaría.

Algo en la mente de Carlos saltó como un resorte. Desde que conoció a Elena  le era imposible no recordar su extraña historia cada vez que alguien nombraba ese hospital. No quiso entonces adelantar acontecimientos, pero la idea de llevar a ese adolescente a la problemática clínica no le hacía ninguna gracia. En su lugar dio orden al enfermero y a su compañero de que lo llevaran al Gregorio Marañón. Posiblemente cuando fuese a ver al chico ya estaría consciente, pero era necesario tomar declaración y, en caso de que no hubiese despertado, coger sus huellas para identificarle.

La mañana en Gran Vía fue muy dura, pero cuando sentía que lo peor ya había pasado, las cosas empezaron a empeorar de nuevo.
La tarde del jueves después de pasar un montón de papeleo y dejar otro tanto pendiente por no dar abasto, se decidió a estirar las piernas y dar una vuelta por el Gregorio Marañón a ver si el chico del accidente había despertado. Cuál no fue su sorpresa al llegar y descubrir que no estaba allí. Las recepcionistas negaron haber recibido ese ingreso. Reconocieron no obstante que habían entrado otros heridos del accidente en Gran Vía, pero la descripción de un adolescente indocumentado no coincidía con ninguno de ellos.

Carlos empezó a ponerse nervioso.

Hizo una llamada a uno de sus compañeros en comisaría para que se pusiese en contacto con la empresa de ambulancias y preguntasen a los enfermeros de por la mañana acerca del paradero del joven. Tardó su compañero en contestarle menos de quince minutos cuando ya estaba de camino al Hospital de Fuencarral. La respuesta era la que esperaba y sólo le faltaba la confirmación. Al parecer, y no sabían cómo, los dos ambulancieros acabaron llevándolo allí. Se dieron cuenta de su error cuando llegaron, y puesto que era una urgencia lo dejaron allí definitivamente. Carlos estaba realmente enfadado.

Cuando entró en el hospital le dijeron que no sabían nada. Tuvo que moverse arriba y abajo toda la tarde, incluso pidió a uno de los conductores de la ambulancia que fuera allí aunque no se presentó. Su jefe en comisaría no tenía muy claro si debía enfadarse con él por su insistencia con aquel incidente o si debía desplazarse hasta allí a ver qué ocurría. Mandó llamar al supervisor de urgencias y a las enfermeras que estaban de guardia por la mañana. Al principio la encargada de las urgencias que se presentó parecía dispuesta a colaborar, no así cuando Carlos le pidió hablar con el resto de enfermeras y ésta se negó.

Una hora más tarde llegó el subcomisario y al final, ahora sí, la supervisora cedió a dejarles hablar con las demás enfermeras al ver la que se le venía encima. Una de ellas reconoció haber visto al chico en una camilla a primera hora de la tarde, aunque no recordaba habérselo encontrado después. Las demás no sabían nada. La supervisora estaba furiosa con la enfermera que había dado la información porque decía que podía ser falsa.

El subcomisario amenazó con llamar a una patrulla de los GEOS para registrarlo todo si no se encontraba alguna información del chico en media hora. La amenaza era desproporcionada y de todo punto imposible, pero los doctores y encargados que había por allí no parecían saber sobre los GEOS más de lo que habían visto en los telediarios, así que se pusieron manos a la obra. Cuarenta minutos más tarde y cuando el jefe de Carlos le murmuró que lo mejor era dejarlo estar, apareció la supervisora diciendo que había habido una confusión en el papeleo y el muchacho había acabado en cuidados intensivos debido a una rotura de bazo.

Lo sentían mucho y pedían disculpas.

Ambos, policía y subcomisario, subieron a ver al chico. Carlos se había temido desde el primer momento que les presentasen ante otra persona distinta, pero le reconoció, definitivamente era él y seguía inconsciente. Todavía no quería poner en antecedentes a su jefe, pero pensaba contarle sus sospechas en relación a aquella clínica de mala muerte al día siguiente. Tuvo que contenerse mucho para no obligar a la enfermera a que le enseñara la espalda del paciente. Tenía que andarse con mucho ojo después del revuelo que había causado aquella tarde. Una cosa era quejarse de la administración del hospital y otra decir que sospechaba del funcionamiento médico por una antigua historia. Mejor era dar tiempo al asunto y hablar con su jefe al día siguiente y en privado.

Aquel día pasó apenas quince minutos con el chico. Lo justo para pedir sus objetos personales y revisarlos, y para tomar sus huellas dactilares. Era cierto que no llevaba documentación pero le llamó la atención más aún el que no tuviese teléfono móvil. ¿Qué adolescente no lo tenía?
Quizá ese chaval era de esos que escuchaban en alto música repetitiva en el metro pero Carlos nunca había odiado a los niños tanto como para negarse a ayudarlos.

Estaba preocupado por él y cuando llegó tarde a casa aquel jueves no dudó en contarle lo ocurrido a Elena.

Nunca le hablaba de trabajo. En eso era muy reservado. Ni se llevaba el trabajo a casa ni lo que pasaba en su vida privaba se mezclaba con el trabajo. Nunca iba a las reuniones de Navidad ni a las fiestas que organizaban en comisaría acompañado de Elena. No es que fuese una actitud machista pero la quería sólo para él, adoraba la intimidad a su lado y no le gustaba pensar que otros pudieran juzgarla.

Elena también estaba preocupada. Le pidió por favor que diera prioridad a aquel asunto por encima de cualquier otra cosa. Le dijo que fuera al hospital al día siguiente y que tratara de encontrar a los padres del chico. Es más; si estaba en su mano, él debía solicitar el traslado del menor a otro hospital.

Quizá fueran paranoias, quizá la actitud de ambos se debía solamente a una mala experiencia pasada, pero ninguno podía quitarse de la cabeza la idea de que mientras hablaban, mientras cenaban, mientras se iban a dormir… aquel niño estaba rodeado de una manada de lobos hambrientos a punto de devorarlo.

Desde la noche anterior habían pasado muchas cosas y ninguna parecía tener sentido.

No sabía cómo iba a reaccionar Elena pero era seguro que el asunto no le iba a gustar nada. ¿Cómo tomarse una resolución así?

Pero recordó entonces que ella era una caja de sorpresas. Podía mantenerse tranquila durante terribles episodios y sin embargo alterarse en la cosa más nimia. Era bastante ambigua. Carlos nunca podía estar seguro de cómo iba a reaccionar.

Mientras abría la puerta del portal se dio cuenta de que aunque había compartido interminables charlas con su compañera él en el fondo no la conocía.

No sabía casi nada de su vida privada. No hablaba de sus padres. Carlos ni siquiera estaba seguro de que los tuviera. ¿Cómo no se le había ocurrido preguntarle por sus padres? No es que le importara demasiado pero en dos años de relación nunca, en ningún momento había preguntado por la infancia de ella.

Aplicando las pocas dotes de psicología de que él mismo disponía dedujo que quizá, después de haber evitado tanto el tema, lo que más temía es que ella le mintiera.

Al abrir la puerta de casa le llegó un leve aroma a quemado. Elena no era muy buena cocinera.

Pasó casi de puntillas por la entrada y el salón, y se fue directo a la ducha. No quería encontrársela tan pronto, no quería que lo asediara a preguntas o verse obligado a contar su terrible jornada sin antes haberse relajado un poco.

Se desvistió y miró al espejo como hacía cada día, constatando cómo poco a poco la edad le iba ganando terreno. No tenía tripa, gracias a Dios, pero sus pectorales ya no eran como antes, no eran tan firmes y al volverse más descuidado no se molestaba siquiera en afeitarse el pecho, lo que le dejaba una nutrida mata de pelo negro que tapaba la poca musculatura que podía lucir. Tambien llevaba dos días sin afeitarse la barba, cosa rara en él. Sabía por experiencia que cuando empezaba a descuidar su aspecto físico era porque estaba estresado. Tenía que acabar con ese entuerto cuanto antes.

Al meterse en la ducha experimentó esa sensación de paz que tanto buscaba. Siempre que se encontraba muy cansado o nervioso, buscaba cuanto antes el momento de ducharse, dejar el agua casi hirviendo correr por su espalda. Una de las cosas que siempre había querido tener, y que compró nada más separarse de Isabel, fue una buena cabina de hidromasaje. Había costado mil euros, pero mereció la pena.

- Ni siquiera has venido a decirme hola.

Él ni siquiera le había oído abrir la mampara. Cuando se dio media vuelta ella le agarró impúdica el pene fláccido que empezó a llenarse de sangre. No era solamente el gesto o el roce lo que a él le excitaba. Cuando Elena estaba en casa su ropa se reducía a una escotada camiseta y un ligero culote que dejaba al descubierto más de la mitad de su apretado trasero. El detalle de ponerse calcetines gruesos de lana a él le hacía mucha gracia.

- Perdona… necesitaba una ducha cuanto antes. – y se inclinó para besarla.

- ¡Oh, un beso húmedo! — dijo contenta.

Entonces ella se metió directamente en la ducha, incluidos los calcetines de lana.

Carlos era de los que piensan que hacer el amor en la ducha puede resultar un riesgo para la salud debido a los resbalones. Con todo, no podía hacerle ascos a un poco de sexo dulce y desestresante.

Aquella fue una buena forma de olvidar los problemas durante un rato, pero cuando salieron de la ducha y mientras él se secaba la cabeza con la toalla, la pregunta ineludible salió a colación.

- ¿Has ido a ver al chico esta mañana?

Elena recibió por toda respuesta un sí y un resoplido.

Ya sabía ella que Carlos no estaba bien. Ella siempre parecía saberlo todo. Se había quedado mirándole fijamente, algo que hacía a menudo y que a Carlos le incomodaba aunque no se atrevió nunca a decírselo. Parecía mirarle más allá de él mismo, como si estuviera abstraída pensando mientras sus ojos lo enfocaban a él. Se quedaba muy quieta y tiesa como un palo, para después, normalmente cuando él le preguntaba si le pasaba algo, ella reaccionara pensativa desviando la mirada.

- ¿Qué? – preguntó algo intimidado.

- Nada.

Entonces ella se marchó a la habitación, dejándole a él solo con un poso de vacío, sintiéndose culpable por una brusquedad que ella no merecía. ¿Cómo podía ser tan frío con un ser como ella? Era dulce y buena, sexy, trabajadora, tenía una piel perfecta, la cara de una niña y el cuerpo delicado de una bailarina de ballet.

¿Por qué demonios no era modelo en lugar de tener una profesión tan cruel?

Quizá se consideraba demasiado inteligente para vivir del cuerpo, o puede que necesitase ayudar a otros, que sintiese que tenía esa obligación.
A menudo Carlos se preguntaba por qué sabía tan poco de ella después de tanto tiempo de convivencia. ¿Por qué no le hacía todas esas preguntas? Pero nunca encontraba el momento.

Se dirigió al dormitorio donde ella estaba poniéndose un nuevo modelo de andar por casa.

Era preciosa. Por delante y por detrás. Al hablar y al estar callada. ¿Qué más podía pedir?

- He tenido un día horrible.

Ella se acercó, le condujo hasta sentarlo en la cama y después se sentó en sus rodillas para besarle. Pese a lo alta que era la notaba increíblemente liviana. Como una niña se abrazó a él para reconfortarlo.

- Pobrecito. – dijo con voz de terciopelo.

- No merezco tu compasión.

- Estás triste. – suspiró – Algo horrible te ha tenido que pasar.

- Lo he perdido Elena… lo he perdido.

Ella cogió su cara y le obligó a mirarla a los ojos.

- ¿Qué ha pasado? – preguntó serena.

Carlos no sabía por dónde empezar.

No había ido al hospital por la mañana como había prometido. En la oficina había mucho papeleo por completar y ni siquiera había tenido tiempo la tarde anterior de llevar las huellas para que las procesaran. Tuvieron dos avisos a lo largo de la mañana que le mantuvieron aún más ocupado. Estuvo archivando hasta las cinco de la tarde sin salir a comer y cuando terminó fue entonces que cogió el coche patrulla y se dirigió al hospital.

Allí tampoco habían tenido un gran día.

Al parecer por la mañana un viejo loco había tirado al director del hospital desde una ventana del tercer piso. La señorita de recepción se mostró indignada. ¿Es que acaso no había visto las noticias? ¡Salía en todos los canales! Tuvo que insistir acerca del chico para que la recepcionista se dignara contestar a lo que se le preguntaba. Era gorda y parlanchina. Argumentaba que llevaban todo el día con policías arriba y abajo por lo del incidente y había tomado a Carlos por uno de ellos. Como si no fuera normal que en la urgencia de un hospital se presentase la policía.

No dejaba de hablar.

Tras cinco minutos de insufrible charla lo único que consiguió fue que le mandara a la planta de observación donde había estado el día antes. Curiosamente en la funesta tercera planta desde la que calló el director del hospital. Allí encontró la habitación cerrada a cal y canto, y a las enfermeras que le dijeron que no sabían nada del chico. Buscando en los archivos y las fichas  hallaron una nota de una compañera del turno de mañana que decía que el paciente sin identificar había salido por su propio pié durante el altercado. Y hurgando un poco más en la historia corroboraron que estaba en la misma habitación del viejo desequilibrado que agredió al director.

Parecía que allí nadie hilaba una cosa con otra, pero si el chico había salido corriendo del hospital después de que el administrador fuera lanzado a través de una ventana de su habitación… sólo había que sumar dos más dos.

¿Por qué la policía no había deducido que aquel adolescente era el verdadero culpable? ¿Por qué culpar al viejo?

¿Y el viejo qué tenía que decir?

- Nada. Está muerto. – dijo la joven recepcionista – Supongo que tuvo un ataque de escrúpulos.

Se creía muy lista.

Así que Carlos tenía un hospital sospechosamente corrupto, el asesinato de un director por un chico que huye y el único testigo o supuesto culpable muerto. Aquello era un laberinto sin salida.

¿Qué motivo tendría aquel muchacho para empujar al médico por la ventana?

Le daban ganas de tirarse de los pelos por no haberle mirado la espalda el día anterior.

- Así, que Buer ha salido en las noticias.

- ¿Quién? – preguntó Carlos como quien sale de una ensoñación al terminar su relato.

- El director del hospital – aclaró Elena –. Un tiburón empresarial jugando con la sanidad pública. Le investigué hace años por lo que le pasó a Eduardo. Si realmente es culpable de torturar a niños se merece lo que le pasó esta mañana.

- Ya, bueno. Esta tarde cuando he vuelto a comisaria le he contado las sospechas a mi jefe. Dice que toma nota, lo cual en su lengua quiere decir que no hará nada por muy raro que parezca todo – suspiró hondo -. Supongo que meterse con un órgano público es complicarse la vida.

- La policía es un órgano público Carlos y la misión de todos esos organismos es dar servicio al pueblo y protegerlo.

- Esa es la teoría, pero en la práctica la cosa cambia.

- No debería ser así. – murmuró alicaída.

- Por favor Elena baja ya de tu nube ¿quieres? A estas alturas nadie se cree que la estructura social sea un negocio limpio. En las administraciones quien más y quien menos se llena los bolsillos a costa de otros.

- ¡Niños Carlos! ¡Estamos hablando de niños! — increpó alterada pero sin alzar la voz.

- ¿Y qué? ¡No hace falta que te diga que hay gente perturbada y sin escrúpulos! Tú que trabajas con desequilibrados o con sus hijos deberías saberlo mejor que nadie.

Carlos se levantó y empezó a pasear de un lado a otro, poniéndose el pijama con ira como si le doliera pronunciar sus propias palabras.

“Al final todos quieren que el mundo sea tal y como dice Elena, justicia abanderada bien alto, libertad que no se pide sino que se siente.” Pensaba con tristeza, “pero la verdad es bien distinta. La verdad es que la humanidad está podrida. La verdad se nos lleva a todos por el camino de la amargura.”

- Siempre hay opción de ser buena persona, Carlos. Siempre.

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