jueves, 2 de mayo de 2013

RASCA Y PIERDE




CAPÍTULO 9


Eran las cuatro de la tarde cuando Verónica aparcó el coche ante la casa del pueblo de su padre. Era un caserón familiar en un pueblo de Guadalajara que había quedado vacío tras la muerte de sus abuelos y por sentimentalismo nadie de su familia había querido venderlo. Por lo general no tardaba más de dos horas en recorrer el trayecto en coche hasta allí pero las carreteras estaban imposibles. No había imaginado ella que les costaría tanto llegar.



De entre todas las opciones de un refugio seguro la que más confianza le daba era aquella casa. No podían volver a su piso porque lo más probable era que estuviese vigilado, y llevar a Hans a la casa de sus padres no era la mejor opción; ya podía ver la cara que pondrían cuando les contase lo ocurrido, la tacharían de irresponsable y de meter a la familia en problemas por ayudar a un desconocido. Quería ahorrarse una situación tensa en la que sus padres le montaran el numerito delante de Hans e hiciera el ridículo. Se tuvo que reconocer a sí misma que si había optado por viajar tan lejos era precisamente para no tener que sentirse avergonzada de su familia ni darles explicaciones.

Y mucho menos a su hermano. Lo que de verdad quería evitar a toda costa era dar pie a Antonio a que pudiese criticarla. Eso no lo soportaba.
Debía centrarse en lo más importante en ese momento que era cuidar de Hans y para eso sus padres habrían estorbado. Para empezar había que curar sus heridas y ocuparse de que no estuvieran infectadas. En el caso de que le parecieran muy grabes podría llevarle al ambulatorio local para que le echaran un vistazo. Por muy mafiosos que fueran aquellos médicos no creía de verdad que sus redes llegaran a una clínica de un pequeño pueblo.

Tenía prisa por mirar esas heridas. Hans no había dejado de sudar y tener fiebre durante el viaje. Pasó casi todo el trayecto encogido en su asiento tratando de dormir un poco, pero moviéndose de vez en cuando a un lado y a otro sin encontrar una postura cómoda. Incluso había echado mano otra vez a las pastillas que habían comprado en la farmacia.

Verónica estaba muy preocupada por él. Según el chico aquellos hombres del hospital le habían quitado algo de la espalda que aparecía claramente reflejado en una radiografía. No podía estar segura de lo que era, pero en su opinión la placa podría estar manipulada para justificar una operación a todas luces ilegal, por mucho que a Hans le hubieran dicho que era un tumor. Lo que de verdad la tenía en vilo era pensar que le pudieran haber quitado algún órgano. Esa era la idea que le estaba rondado desde hacía dos horas y no podía quitársela de cabeza, porque si era así le estaba auto medicando en una situación muy delicada. Existía la posibilidad de que el muchacho se muriera sin más mientras estaba a su cargo y entonces… Sólo de pensarlo le daban escalofríos.

La actitud de aquellos hombres era de auténticos mafiosos, con la policía comprada y los padres de Hans desinformados. Eso sin tener en cuenta lo que habían dicho en las noticias.

Durante todo el trayecto la radio estuvo sintonizada en un canal informativo. Entre los accidentes de coche y las cuestiones de política, a las tres de la tarde hablaron acerca de un desgraciado incidente en el Hospital de Fuencarral. Al parecer nada menos que el director del hospital, Giovanni Buer, había muerto en el acto tras ser lanzado a través de una ventana del tercer piso por un anciano demente. Durante los más de cinco minutos que le dedicaron a la noticia gran parte del tiempo fue para señalar las buenas obras del difunto, quien además de ejercer como director era el fundador de la institución al haber dedicado la fortuna familiar a levantar de la nada el hospital en la década de los ochenta. ¿Cómo era posible? Pensó Verónica, ¡si aquel hombre no aparentaba más de treinta años! Hay mucha gente que se conserva bien, pero haciendo cálculos, entre lo que se tarda en terminar la carrera de medicina y la época en la que se construyó el hospital… Por mucha fortuna que hubiera heredado un tipo con una trayectoria profesional así no podría tener menos de cincuenta años ¿verdad? Aunque quizá todo aquello eran suposiciones suyas y tras Giovanni Buer no sólo había una red de tráfico de órganos sino también un gran sentido financiero y un buen repaso de cirugía estética. Desde luego la entrega y compromiso con el paciente del que hablaban en la radio no le parecían dignos de mención tras la escenita en el hospital.

Pero muchas cosas de la noticia le inquietaron. Para empezar decían que el supuesto culpable del asesinato, el pobre anciano de la habitación que ellos ya conocían, había muerto una hora más tarde por un ataque al corazón. Le apenaba mucho el destino del viejo pero no dejaba de ser sospechoso primero que le culparan a él de buenas a primeras, y segundo que muriera poco más tarde cuando unas horas antes parecía estar como una rosa. ¿Casualidad o montaje?  ¿Habían matado al viejo para que no dijera quién había sido el verdadero culpable de la muerte de Giovanni Buer? La única respuesta que le parecía factible era que estaban encubriendo a Hans para que no lo buscaran y dieran con él, porque de ese modo el chico diría lo que le habían hecho y tendrían un problema aún mayor. La situación era realmente preocupante, sobre todo si lo veía desde del punto de vista de aquellos delincuentes, porque poniéndose en el lugar de un mafioso la única opción que a ella se le ocurría para solucionar ese entuerto era que los matasen a los dos.

Entonces definitivamente estaban jodidos.

Le entró un escalofrío de angustia.

Verónica respiro hondo y se dijo que lo estaba exagerando todo. Estaba dando por sentado que las cosas habían sucedido de un modo y no de otro, y eso era un error que quizá la  llevase a ver todo más negro de lo que podía ser. A veces se daban casos, como cuando alguien pasaba mucho rato sin contestar al teléfono y entonces ella se temía lo peor. Al final siempre resultaba que no era nada; o bien no lo habían oído o el aparato se había quedado olvidado en algún sitio. Se dijo a sí misma que aquella bien podría ser una circunstancia similar. Quizá la situación parecía muy enrevesada y peligrosa y al final todo quedaba en agua de borrajas. Para empezar podía ser que el viejo realmente muriese debido al susto de aquel encuentro. También era posible que la policía ni siquiera supiese que Hans estaba en esa habitación. ¿Pero de eso no llevan un registro las enfermeras? ¿Y entonces que hacía aquel policía en su casa?

Estaba divagando.

Lo mejor era no pensar. No quería pensar. La cabeza le daba vueltas.

Llevaba cinco minutos sentada dentro del coche parado, con la mirada fija en la vieja puerta de hierro que daba entrada a la casa como si estuviera en estado de trance. A su lado Hans se revolvía de vez en cuando en un sueño inquieto. Fue precisamente uno de sus quejidos lo que la sacó de su ensoñación.

Decidió, antes de despertarle, que no le diría nada de la muerte del director del hospital. A todos los hechos traumáticos que el chico tenía encima no quería añadirle la noticia de que había matado a un hombre. Tarde o temprano se enteraría, quizá incluso ya lo suponía, pero por el momento era mejor pasarlo por alto.

- Hans – dijo acariciándole la cabeza con dulzura. – Hans despierta, ya hemos llegado.

El chico tuvo un ligero sobresalto. Por cómo gemía había estado soñando y seguramente algo malo porque tenía lágrimas bajo las pestañas. Se desperezó torpemente y retiró la humedad de los ojos.

- ¿Ya hemos llegado?

- Sí. Vamos.

Verónica le había contado que iban a la antigua casa de sus abuelos donde ella solía pasar algunos días en verano. Lo que no le dijo es que en realidad no iba por allí desde que su abuela murió hacía casi cinco años.

La entrada de la finca, por donde entraban los coches, estaba situada a unos cien metros de la casa y tenía una vieja valla que habían encontrado abierta. Verónica no le dio importancia, es más, recordaba que en los viejos tiempos esa verja nunca estaba cerrada. Todo aquello le traía muchos y muy buenos recuerdos, sobre todo de cuando era niña y los problemas no la atormentaban. La rutina en verano estaba marcada por los juegos en el patio trasero de la casa, las bicicletas y los chapuzones en el río de una cañada cercana. Después se fue la infancia, los abuelos y la tranquilidad. Había dejado de ir porque la compañía de su familia ya no le resultaba agradable.

- Mis abuelos también tienen una casa pero la suya es toda de madera. – señaló Hans mientras salía del coche al ver los grandes bloques de granito con los que estaban hechos los muros.

- Tendrás que invitarme algún día a Holanda ¿eh? También tengo entendido que tenéis unos molinos preciosos.

Hans rió algo avergonzado. Ella pensó que si salían de aquel lío el chico le debería un favor. Un favor muy grande.

- Supongo que sí, aunque yo sólo los he visto una vez en una excursión con mis padres. No me gusta mucho ir al campo.

- Ya pues… - dijo mirando divertida a su alrededor – ¡hoy te vas a hinchar!

Hans no entendió muy bien la expresión y ella tuvo que explicársela entre risas.

El verdín y las altas hierbas cubrían gran parte de la finca. Allí extrañamente no llovía aunque el cielo estaba encapotado creando una atmósfera plomiza y húmeda. Pocos eran los insectos que zumbaban inquietos a su alrededor y por lo general apenas había ruido en el ambiente. Quizás algún pájaro que trinaba entre los árboles o el motor de un coche lejano. Aquello era la calma antes de la tormenta.

Verónica sacó del coche la bolsa con las vendas y las medicinas y se dirigió a un porche lateral de la casa después de pedirle a Hans que esperase junto al vehículo. De detrás de un ladrillo suelto en un escalón cogió una llave. Nadie sabía que ella tenía una copia allí escondida, la idea era disponer de la casa sin tener que pedir permiso ni dar explicaciones. Sólo la había utilizado un par de veces para invitar el fin de semana a algunos amigos pero en aquel momento se le antojó tremendamente útil.

Volvió donde estaba Hans y abrió la puerta de la casa. Una vaharada de aire viciado les llegó a la nariz. No era realmente desagradable; era el aroma de las casas viejas que después de mucha vida han caído en el desuso. El sonido de los pasos sobre el suelo oscuro de terrazo parecía quedar amortiguado por la oscuridad reinante y, a medida que se acercaban a los muebles, estos destilaban un aroma especial, como a madera húmeda y existencia dormida. No pasaron ni dos minutos antes de que Verónica se animase a abrir algunas ventanas, no demasiadas, ya que no se quedarían allí mucho tiempo. Pudo comprobar que en el salón faltaban varios jarrones y cuadros, pues se veían los cercos en las paredes, y también estaba la ausencia de la vieja butaca en la que el abuelo solía sentarse. No era de extrañar que los hermanos de su padre arramblasen con todo lo que pudieron cuando la abuela se fue. De hecho era sorprendente que la casa aún tuviese muebles, y más milagroso aún que no la hubiesen vendido. Se dijo que deshacerse de esa casa con casi cien años de antigüedad, sería como rechazar sus raíces, como ceder sus recuerdos a precio de saldo.  Pensó, mientras recorría el oscuro salón con mirada nostálgica, que ni siquiera su familia podía llegar a ser tan mezquina.

Condujo a Hans directamente hacia un baño de la planta baja, de dos metros por dos, donde había un retrete, un lavabo y un pequeño plato de ducha. Aquello no era el colmo de la higiene. Hacía meses que no lo limpiaban y las tuberías soltaban un olor acre a agua estancada. Verónica se agenció un plumero y una escoba con los que mató a un par de arañas y adecentó un poco el lugar.

Hans con el gesto torcido la veía trabajar. Él se imaginaba que saldría agua sucia de la ducha, poco menos que barro, y que Verónica le obligaría a ducharse con ella a falta de algo mejor, como en un tugurio tercermundista.

Cuando hubo terminado ella le pidió que se quitase la ropa de cintura para arriba.

- Bueno, vamos a ver.

Él le tuvo que echar valor para hacer lo que le pedía. Nunca había sido excesivamente recatado pero después de lo que le pasó en el hospital pensó que no volvería a superar la vergüenza de desvestirse ante un desconocido, menos aún de quedarse totalmente desnudo. Hans se sentó en el retrete mirando a la pared como Verónica le indicaba. Después de que se quitase la cazadora, lo que se podía ver era un gran rodal de sangre y varias gotas más que manchaban su camiseta verde. Tras ésta, los esparadrapos que sujetaban la compresa a su espalda se habían despegado por la parte de arriba. El apósito finalmente había quedado arrugado a mitad de la espalda, debido probablemente al movimiento durante el viaje en coche. Verónica trataba de no alarmarle pero eso era una escabechina. Para empezar tenía tal cantidad de sangre reseca y de iodo que no se podía distinguir las heridas y cortes de aquello que no lo eran.

- Vas a tener que darte una ducha o al menos lavarte bien para que eso no se infecte.

- ¿Me tengo que lavar ahí? – dijo señalando la ducha con desagrado.

- Oye que es una ducha Hans, no una alcantarilla. – dijo acusando a su pudor – Además no sé si funciona el calentador así que no lo sé. A lo mejor tengo que calentarla en una olla. Voy a mirar.

Verónica dejó a Hans solo durante los cinco minutos en los que fue a comprobar si el calentador funcionaba. El chico confiaba en que no fuera así. Mientras tanto se levantó del váter y trató de mirarse la espalda en el espejo. Aquello era repugnante y desolador. La sangre estaba pegajosa y allá donde ésta se había secado la piel le quedaba tirante. Podía ver las enormes costuras que le habían hecho y algunos cortes más que se habían quedado sin cura. Entre toda aquella confusión cruenta podía ver claramente como la piel de la espalda se hundía hacia adentro formando una ligera concavidad desagradable a la vista. Le entraron ganas de llorar otra vez.

- Bueno esto ya está. ¡Funciona perfectamente! – dijo Verónica entrando de nuevo en el baño con un par de toallas en la mano – No te mires.

- ¡Dios, es horrible! —dijo él ya con lágrimas en los ojos.

- ¡No te mires! – le instó poniéndose entre él y el espejo -. Anda, ve y date una ducha. Yo que tú lo hacía con agua templada, casi fría… Si lo haces con agua caliente te escocerá horrores.

- Vale. – asintió resignado mirando la ducha por el rabillo del ojo.

- Me quedaré al lado de la puerta por si necesitas algo. ¿De acuerdo?

Hans se desvistió y giró los grifos. Al principio el agua salió algo roja y sucia como él se temía. Estaba a punto de decírselo a Verónica cuando la tonalidad cambió a un tono más salubre y poco a poco pudo comprobar que efectivamente se volvía agua limpia. Se reprendió a sí mismo por desconfiar de la chica. Empezó metiéndose dentro del plato y cerrando las cortinillas de flores algo gastadas. Vio que había una pinza en lo alto de la pared para poder fijar la alcachofa. Ya sólo el hecho de alzar los brazos para sujetarla en la pinza le produjo un tirón y un dolor agudo. Además por descuido el agua empezó a caerle directamente en la espalda lo que hizo que no pudiera reprimir un grito de dolor.

- ¿Estás bien? – inquirió preocupada Verónica.

- Sí, sí. – contestó él tratando de no sollozar.

Llevaba todo el día lloriqueando. Cierto es que la ocasión no era para menos, pero no se consideraba un llorón, no le gustaba llorar y aquella tendencia suya empezaba a incomodarle. Por muy miserable que se sintiese al ver lo sólo que estaba y lo que habían hecho con él, no podía dejar que los sentimientos de autocompasión marcasen continuamente su estado de ánimo. Debía salir de aquella situación y llorando no iba a arreglar nada. Se mordió los labios y respiró hondo.

De un dispensador de jabón que tenía a mano cogió gel y se enjabonó todo el cuerpo. Al llegar a la espalda el escozor fue tal que tuvo que dejarlo. Decidió echarse agua únicamente, dejar que resbalase y se llevase la mayor cantidad posible de porquería. Apenas podía soportar unos segundos bajo el chorro pero se esforzó por dominarse. Cuando terminó cogió una de las toallas ásperas que Verónica le había dejado y se secó entero antes de liársela a la cintura y salir de la ducha.

Lo primero que hizo fue darse la vuelta y mirar su espalda en el espejo. La visión, por extraño que pareciera, era aún más descorazonadora entonces que antes de quitarse toda la mugre. Ahora se veían claramente los moratones, los cortes, la carne a flor de piel y las terribles costuras. La cavidad que le habían dejado tras la operación también era más evidente. Ahí le faltaba algo.

- ¿Has terminado?

- Sí, pasa… ¡No, espera un momento! – se puso corriendo los calzoncillos y los pantalones – Pasa ahora.

Verónica entró y vio aquello enseguida.

- Dios mío…

Se le cortaba la respiración. Aquel niño bonito, con el cabello revuelto y semejante aberración en la espalda. Se le hacía un nudo en la garganta.
- Estos cortes parecen letras. – dijo repasando con la mano la herida pero sin llegar a tocarla.

La palabra estaba escrita de abajo a arriba en el lado izquierdo de la espalda de Hans.

- “S”, “h”, “a”… esto parece una “t”… “Shatan” – dijo a duras penas y trabándosele la lengua. – No sé a ti pero a mí la palabra “shatan” no me gusta un pelo.

Aunque la pronunciación de Verónica había sido errónea, Hans se estremeció al entender lo que quería decir. Le extrañó que estuviese escrito en caracteres latinos y no en los del idioma original.

- ¿Por qué lo dices? – titubeó él despistado.

- ¿Por la palabra “shatan”? – contestó sorprendida de que él no lo entendiese -¿No crees que quizá tenga que ver con algún tipo de secta satánica?

Hans estaba algo confuso y mareado. Era cierto que aquella palabra podía evocar automáticamente la idea del demonio, pero para él que podía entender el significado literal de lo que decía, la palabra no era una mención a Satanás ni nada por el estilo… aunque no dejase de ser escalofriante tener la palabra hebrea “ENEMIGO” grabada a cuchilladas en la espalda.

Pero igualmente eso no se lo podía decir a ella. No podía reconocer que lo entendía sin dar pie a sospechas.

- No tengo ni idea Verónica. Creo que estoy un poco mareado.

Se sentó en el retrete y cuando iba a apoyar los codos sobre las rodillas la espalda le dio un tirón que le hizo arquearse.

- Espera, - se apresuró ella cuando soltó un quejido – date la vuelta que te voy a curar.

Hans hizo lo que le ordenaban y se puso de cara a la pared. Verónica se dio cuenta al momento de que le faltaba instrumental y salió unos minutos para ir a buscar al coche, entre su equipaje, su neceser con el estuche de manicura. Al volver pasó las pinzas y las tijeras por la llama de un mechero para esterilizarlas y después las bañó en alcohol.

Para empezar tenía que cortar y sacar un hilo que colgaba atravesado a un trozo de carne bastante grueso del omóplato de Hans. Daba la impresión de que hubieran unido con el hilo esa zona a un trozo de piel que aparecía desgarrado a un par de centímetros.

Ella le confesó que ese ensañamiento no le parecía normal ni siquiera para unos traficantes de órganos. No es que ella conociese a muchos pero regodearse en el sufrimiento ajeno de aquella manera no le parecía profesional ni siquiera para ese tipo de delincuentes.

Quitó puntos de sutura aislados que a su juicio no tenían fundamento. No se atrevió a tocar las costuras centrales por temor a provocar más mal que bien. En general cuando terminó daba la impresión de que la mayoría de cortes y ataduras eran adornos macabros, como ornamentos añadidos a la intervención central; las dos grandes rajas verticales de veinte centímetros que transcurrían paralelas a la columna y que mostraban un área claramente hundida a los lados de la misma. Verónica no podía explicarse cómo pero tenían un aire antinatural, sobre todo al caer en la cuenta de que ahí debería sobresalir la parte de atrás de las costillas, marcarse de alguna manera sin dejar que el cuerpo se hundiera de aquella forma tan pronunciada. Ella no entendía nada de medicina, aplicaba lo poco que sabía sobre la marcha, pero no le hacía falta saber sumar dos más dos para darse cuenta de que al chico le habían quitado algo. Pero ¿Qué clase de médico quita órganos desde la espalda? Verónica decidió terminar la cura porque Hans empezaba a temblar. Le untó iodo en las heridas con una gasa y le puso un poco más en crema por si el otro se absorbía demasiado rápido. Tapó toda la herida con compresas grandes y esparadrapos y después le vendó el tórax entero para evitar que se cayeran. Hans se sentía poco menos que una momia.

- Imhotep, Imhotep… - dijo con tono monocorde emulando a la película “La Momia”.

Verónica rió.

- Prefiero asegurarme de que no se te caen, así no te pasará como antes, que llevabas las vendas casi en el suelo.

- ¿Crees que podría echarme un rato en algún lado? – la cortó de pronto – Estoy algo mareado y no me encuentro muy bien.

- Sí, claro, - aceptó – pero deberías llamar antes a tus padres, aunque sólo sea dejar un mensaje en el contestador para que no se preocupen. Ya les llamaras más tarde cuando te encuentres mejor pero al menos déjales un aviso.

- Bien, de acuerdo.

En la casa apenas había cobertura así que después de que se vistiera Verónica le condujo fuera, a una pequeña loma para que pudiera hablar. Nadie contestaba así que Hans dejó un mensaje en el contestador. Él dijo unas cuantas cosas en holandés, y aunque estaba seguro de que ella no le entendía se sentía un tanto incómodo de que estuviese ahí delante observándole. Estaba claro que ella no se creía del todo la versión del estudiante perdido y quería comprobarlo por sí misma, así que no se despegó de él ni un momento. Verificar que efectivamente podía hablar en otro idioma con extraño acento alemán pareció quitarle un leve peso de encima.

Hans apenas habló un minuto y enseguida colgó. Se sentía muy mareado.

- Tu teléfono parece que se queda sin batería – le dijo después de oír un pitido y ver en la pantalla el dibujo parpadeante de una pila.

- Me olvidé de cargarlo anoche. Qué desastre  – miró a Hans que no tenía buen aspecto -. ¿Te encuentras bien? Tienes mala cara.

- La verdad es que necesito sentarme o algo así. Empiezo a tener ganas de vomitar.

- Ven. Te llevaré a un cuarto donde podrás echarte un rato.

Le llevó a una de las habitaciones con cama de matrimonio, una en la que habitualmente dormía su tío Federico con su mujer. Lo tapó con varias mantas viejas que encontró en los armarios y le dejó tranquilo.

Eran las seis y cuarto de la tarde cuando Verónica salió al pasillo. Había sido un día espantoso, tanto física como emocionalmente y estaba agotada. Quería que aquella pesadilla acabara cuanto antes y sobre todo de forma satisfactoria para ambos. No deseaba ningún mal para Hans pero la experiencia estaba siendo extenuante y ansiaba sinceramente que terminase pronto.

Decidió echarse un rato ella también en la habitación que solían ocupar sus padres. Allí se veía el cerco que había dejado un cuadro, una bonita escena de caza que se habían llevado para acabar en el salón de casa de sus padres. Aquel retrato tenía la calidez que ahora le faltaba a la estancia. Puso la alarma despertador en el móvil para una hora más tarde y se quedó dormida hecha un ovillo entre las sábanas.


Despertó sobresaltada en total oscuridad y sin saber qué hora era. No llevaba reloj y el teléfono móvil no respondía. Definitivamente estaba muerto.

Se increpó mentalmente por inconsciente, por no ponerlo a cargar en el mismo momento en que Hans le avisó de que se quedaba sin batería. En el reloj de la cocina vio con horror que eran casi las diez de la noche. No podía creerlo. Estaba tan cansada que había dormido la siesta durante más de tres horas, algo inaudito en ella. Por lo general no solía dormir siesta, ni siquiera en verano, porque le ponía de mal humor. Pero aquello se llevaba la palma.

Fue refunfuñando hasta la entrada de la casa para ir a buscar el cargador del teléfono en el equipaje. Cuál no sería su sorpresa al ver que estaba lloviendo a cantaros. Apenas se podía ver el automóvil a diez metros de distancia. Fue corriendo hasta él y cuando llegó ya estaba casi empapada. Al principio intentó encontrar el cable rebuscando en el equipaje, pero al ver que no daba con él y que la puerta del maletero no la resguardaba nada del agua, decidió tirar de la maleta y llevarla dentro de casa.

Allí la búsqueda fue igual de infructuosa. El agua chorreaba de su pelo mientras buscaba desesperada entre sus bragas, camisetas y toalla de playa. Nada.

Volvió a la habitación donde había dejado el neceser y buscó dentro. También miró en el bolso, lo vació, incluso buscó dentro de los bolsillos de su abrigo.

Lo que realmente le irritaba era que de hecho no recordaba haber cogido el cargador en ningún momento, ni haberlo metido en un sitio concreto, como solía hacer, “para que no se perdiera”.

Definitivamente se lo había dejado en casa.

- Hola. – saludó Hans soñoliento desde la puerta.

Verónica lo miro un momento, lo justo para convencerse de que aquel entuerto estaba lejos de solucionarse.

La llamada a Ismael había gastado gran parte de la batería que quedaba. Ahora se acordaba de Ismael. Encima le había mentido como una bellaca, diciéndole que su amigo Manuel estaba entre la vida y la muerte y no podía abandonarle, inventándose una historia poco menos que dantesca. Pero eso ahora ya no era realmente importante. Porque para empezar estaban a unos ciento cincuenta quilómetros de Madrid, totalmente incomunicados, sin comida, con Hans que podía estar gravemente enfermo y con una especie de secta de médicos satánicos siguiéndoles los pasos. Aquello parecía una novela de ciencia ficción que no se acababa de creer.

- Creo que la he cagado.

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